Las historias han unido a los hombres desde los primeros tiempos. Cuando un grupo de sapiens se reunía alrededor del fuego y alguno emitía sonidos guturales, gesticulaba o dibujaba figuras sobre las paredes de piedra, ya estaba narrando. Ese gesto sencillo y aparentemente rudimentario fue una de las primeras tecnologías humanas: un modo de transmitir experiencias, de advertir peligros, de compartir sueños y recuerdos.
Aquella práctica tuvo un papel esencial en nuestra evolución. Narrar nos hizo humanos y nos empujó, poco a poco, hacia el mundo que habitamos hoy. Contar no solo ordenó el caos, sino que creó vínculos, identidad y pertenencia.
La escritora española Irene Vallejo, en su ensayo El infinito en un junco, lo explica con asombro y rigor, apoyándose en una documentación que recorre milenios. En uno de sus pasajes más citados escribe:
“Los libros son hijos de los árboles… Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Los primeros relatos que escuchamos llegan por el oído; después, cuando la imaginación despierta, aprendemos a darles forma mental. Ahí reside uno de los poderes de la literatura: nos permite habitar un universo que no es el nuestro.
Por eso, a veces, nos encontramos con historias que quizá no aspiren a ser literatura en sentido estricto, pero que aun así conmueven hasta la raíz. Historias que abrigan una verdad humana tan profunda que basta con contarlas.
Un relato honesto, sin pretensiones literarias.
Tal es el caso del relato escrito por el doctor Luis Peñate, El dolor de un padre (publicación independiente, 2025).
No es un texto que recorra las vías estilísticas de la ficción ni que se atenga a sus normas. Pero sí una anécdota que merece respeto, porque toca una fibra esencial: la de un ser humano enfrentado a un sufrimiento que desborda cualquier preparación previa.
El Dr. Peñate es un empresario exitoso en Miami, fundador y CEO de Peñate Medical Center. Graduado de medicina en la Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas, Cuba. Esposo, padre y abuelo.
En septiembre de este año enfrentó el mayor reto de su vida profesional y, sin duda, el más devastador en su vida personal: ver a su hijo en los brazos de la muerte y disponerse a luchar contra lo imposible para devolverlo a la vida.
El libro, disponible en Amazon, narra la odisea que vivió su familia durante días interminables. El autor nos permite asomarnos al sufrimiento que atravesaron, a la valentía del muchacho y a la incertidumbre que los envolvió sin pausa.
La narración es simple y directa, ajena a cualquier pretensión literaria, pero escrita con una honestidad que abruma.
Luisito estuvo muerto, o casi. Ningún padre está preparado para algo así. Y cuando el padre es médico, el dolor adquiere una hondura distinta: sabe lo que ocurre en el cuerpo del hijo, anticipa lo que vendrá, y comprende que las palabras de consuelo que recibe, por bien intencionadas que sean, no alivian absolutamente nada. No existe anestesia emocional para un padre-médico ante la inminencia de perder a un hijo.
Yo no soy profesional de la salud, desde luego, pero soy padre. Y solo de imaginar que podría vivir algo semejante a lo que enfrentó el Dr. Peñate, me estremezco. Leí su testimonio en apenas dos horas, con el corazón apretado y los ojos llenos de agua.
Una historia que da para mucho.
Como escritor, mientras avanzaba por aquellas páginas, se me imponían incontables posibilidades narrativas. No hablamos solo de un hombre que ve a su hijo debatirse entre la vida y la muerte; hablamos de un médico comprometido con su vocación que sabe —aunque no pueda decirlo en voz alta— que para que su hijo viva, el hijo de otro padre, en algún lugar, deberá morir. Ese conflicto existencial es tan brutal que podría alimentar historias sin fin.
Siempre he dicho que la literatura salva. Conmigo ha sido así. En una reseña literaria sobre otro libro, pero que muy bien podría referirse a este, el escritor Antonio Tocornal dijo lo siguiente: “Me pregunto si como terapia le ha sido útil al autor el proceso de escritura; sospecho que sí; seguro que sí. No hay nada mejor para combatir la oscuridad que enfrentarse a ella. Después de todo, para qué escribimos si no es para salvarnos de algo.”
El Dr. Peñate nos ha dado la razón a ambos. Su relato demuestra que alguien que, en apariencia, nada tiene que ver con la literatura puede encontrar en ella un refugio, una vía para desahogar el sufrimiento que lo consumió durante la peor experiencia de su vida.
Por eso creo que escribir y publicar este testimonio ha sido un acto de valentía. Con él, el Dr. Peñate se arriesga a mostrarnos su vulnerabilidad, a dejarnos entrar en una parte íntima de su mundo y verlo quebrarse mientras lucha con uñas y dientes por salvar a su hijo. Podría haber elegido cualquier otro medio para hacerlo. Pero optó por la palabra escrita. Ignoro sus razones, pero prefiero creer que, aunque fuese de manera inconsciente, lo hizo porque en el fondo sabe —como lo sabemos todos— que las historias unen a los hombres, que nos humanizan y que nos permiten evolucionar.
Y porque, como dije antes, la literatura salva.

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