El infinito en un junco es un título que había escuchado decenas de veces sin decidirme a leerlo. No sé por qué. Lo de leerlo, digo. Este año, como suelen suceder las cosas que no tienen mucho sentido, alguien me recomendó seguir las publicaciones de Irene Vallejo —la autora— en el diario El País y, bueno, el resto es historia.

Empezaré por confesar que no soy un lector habitual de ensayos. He leído unos cuantos, por supuesto. Algunos, verdaderamente excepcionales, como El mito de Sísifo, de Albert Camus, o Sapiens, de Yuval Noah Harari. Dos obras monumentales que cualquier persona interesada en el conocimiento debería leer.
Con el libro de Irene Vallejo me ocurrió lo que algunos llaman «amor a primera vista». Es un libro sobre libros. Eso es. Un libro sobre la historia del libro y sobre la relación que hemos mantenido los hombres, a través de milenios, con ese objeto tan extraordinario que, incluso en estos días turbulentos y confusos, sigue siendo el mayor instrumento de libertad que hemos inventado.
«Los libros nos convierten en herederos de todos los relatos: los mejores, los peores, los ambiguos, los problemáticos, los de doble filo. Disponer de todos ellos es bueno para pensar, y permite elegir».
El ensayo de Vallejo está colmado de frases como esta, que invitan a reflexionar y despiertan el impulso de compartirlas en este medio tan «necesario» como absurdo al que llamamos redes sociales.
La autora realiza un recorrido histórico desde las tablillas de arcilla de la antigua Mesopotamia hasta el actual libro electrónico. Se detiene en la Grecia clásica y nos presenta a personajes fundamentales —Sócrates, Aristóteles, Platón, Alejandro, Ptolomeo…— mientras nos abre las puertas del gran sueño literario de la humanidad: la Biblioteca de Alejandría. Solo por esto ya vale la pena leer El infinito en un junco. Pero Irene Vallejo no se detiene. La historia del libro, como sabemos, sigue escribiéndose.
La filóloga y escritora continúa su travesía por la antigua Roma y más allá, por etapas llenas de desarrollo y calamidades a partes iguales. A todas ellas —con más o menos peligro— el libro ha sobrevivido.
De El infinito en un junco se ha escrito mucho, bueno y no tan bueno, porque siempre habrá quienes no encuentren nada digno de elogio… en nada. Es un libro que ha ganado premios, que ha rodado de boca en boca, esparciendo su fama como lo haría un chisme o una buena noticia. Hace unos días, leí que ocupa el primer lugar en la lista de los 10 mejores libros españoles del siglo XXI, según librerías independientes de España.
Para mí, leerlo ha sido una experiencia fascinante, y no podría hacer menos que dedicarle unas líneas aquí, en Mediarueda, y recomendarlo con cinco estrellas. No será un libro para todos. Ningún libro lo es. Pero es, sin duda, una lectura para los amantes de los libros y de la historia; para quienes hemos sido —al menos una vez— salvados por la literatura; para quienes sabemos que las posibilidades de mundos entre los anaqueles de una biblioteca superan cualquier otra forma de libertad.
«No poseemos más conciencia que la literatura… La literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez, en este caso, pueda salvar el mundo».
Por eso recomiendo leer El infinito en un junco: para deleitarse con el camino accidentado e impredecible que ha transitado este fascinante invento de nuestros ancestros. Para verlo crecer y transformarse. Para amarlo más, protegerlo más y, sobre todo, leer más.
«Leer es escuchar música hecha palabra. Es cercanía y extrañeza. Es, a veces, hablar con los muertos para sentirnos más vivos».

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1 thought on “El infinito en un junco, de Irene Vallejo”
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