Le pedí a un modelo de lenguaje que reescribiera un cuento mío lo mejor que pudiera.
Abajo están las dos versiones. Decida cuál es la mía. Y fíjese en qué lo hizo decidir, porque de eso escribiré la semana próxima.
Versión A
Como Dios manda
La sala del funeral olía a lirios y a cera derretida. Doña Esperanza entrelazó las manos sobre el regazo y miró a la mujer que la acompañaba, una desconocida amable que había tenido la delicadeza de sentarse a su lado.
—Cuarenta años —dijo, y las palabras salieron con el peso de las cosas que uno ha repetido demasiadas veces—. Imagínese usted. Toda una vida.
Se conocían desde niños, en aquel pueblo donde todos se conocían desde niños. Se casaron apenas tuvieron edad para hacerlo, porque así se hacían las cosas entonces, sin preguntarse demasiado. Tuvieron un hijo, uno solo, que ya era un hombre y se había quedado en Nicaragua por una novia. Ellos habían venido solos, hacía cinco años, con la ilusión de empezar de nuevo.
—Y no más llegar —continuó, y algo se le quebró apenas en la voz—, se fue con otra. Más joven, claro. Siempre es igual.
Sintió otra vez el ardor viejo de la humillación, ese que no se cura ni con los años ni con la fe. Pero enderezó la espalda, porque una mujer decente no se derrumba delante de extraños.
—En papeles seguimos casados, ¿sabe? Lo que Dios une, el hombre no lo separa. Yo se lo dije bien claro: andá con quien querás. Pero yo no me divorcio. Dios me libre.
Su hijo la había llamado tres semanas atrás para darle la noticia. Así se había enterado ella, por teléfono, como se entera uno de todo lo importante cuando ya es tarde.
—Católica, apostólica y romana —dijo, y había en su voz un orgullo que era también una armadura.
La otra mujer le preguntó, con cautela, si había considerado la cremación.
Doña Esperanza negó despacio con la cabeza. Pensó en su hijo, en el aeropuerto, en los brazos abiertos de un muchacho que esperaba a su padre.
—No, señora. Yo me lo llevo entero.
Y después, más bajo, casi para sí misma:
—¿Cómo voy a entregarle a mi hijo su padre en una lata?
Afuera, la tarde caía sobre Miami con esa luz dorada que no sabe nada del duelo de nadie.
Versión B
Como Dios manda
Cuarenta años. Imagínese, doñita. Una vida, claro que sí.
Desde cipotes nos conocemos. Nos casamos en cuanto tuvimos edad. Así se hacía.
Uno solo. Sí, señora. Tuvimos uno solo. Ya es un hombre. Vive en Nicaragua. Nosotros nos vinimos solos hace cinco años. El chavalo se quedó por la novia. Ya usted sabe cómo es eso.
Pero fíjese usted cómo son las cosas. No más llegar, el muy malvado se fue con otra. Así, como le digo. Después de cuarenta años. Hacerme esa babosada.
Más joven, claro. Siempre es igual, ¿verdad? Siempre es igual.
Lo que pasa es que en papeles seguimos casados. Lo que Dios une — usted me entiende. Se lo dije bien claro, se lo dije: vos te podés ir para donde quieras, con quien quieras. Pero yo no me divorcio. No, señora. Dios me libre.
Hace tres semanas me llamó el chavalo para darme la noticia. Así me enteré yo.
Así soy yo. Católica, apostólica y romana. Nicaragüense, pero así es como se dice en la iglesia, ¿verdad que sí?
No, yo me lo llevo entero. Nada de cremación. No, señora.
¿Cómo voy a entregarle a mi hijo su padre en una lata?
¿Cuál es mi versión?
Déjeme su respuesta en los comentarios. La semana próxima publico cuál es cuál. Y por qué.
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