Fahrenheit 451 es una de esas novelas que no pasan de moda. En tiempos recientes se la ha citado mucho, aunque a lo mejor siempre ha sido así. Sea como fuere, con la actual censura de libros en lugares donde hacía mucho no se temía tal aberración ni semejante debilidad en sus gobernantes, la novela de Ray Bradbury se ha convertido en frecuente material de referencia.
No obstante, sospecho que muchos de quienes la citan en estos tiempos de IA, derechos y prohibiciones a partes iguales pierden de vista una de las principales aristas de la propia tesis de la obra.
A diferencia de otras tantas distopías, en el mundo de Fahrenheit 451 la censura no aparece como el origen del problema. Antes hubo una sociedad que dejó de leer y comenzó a perseguir la falsa felicidad que proporciona la ignorancia.
En otra época, los libros gustaban a pocas personas, dispersas por aquí y por allá. Esas personas podían darse el lujo de ser diferentes. En el mundo había mucho espacio. Pero entonces el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Se dobló, triplicó, cuadruplicó la población. Las películas y las radios, las revistas, los libros fueron bajando de nivel hasta formar una especie de engrudo.
[…]
Los clásicos recortados para ajustarlos a programas de radio de quince minutos, y después vueltos a recortar para llenar una columna de libros de dos minutos, antes de terminar por fin como resumen de diccionario de diez o doce líneas […] El único conocimiento que tenían de Hamlet era el resumen de una página en un libro que afirmaba: ahora, por fin, puedes leer todos los clásicos; no seas menos que tus vecinos…
Como la sociedad del bombero Guy Montag y su jefe Beatty, a quien pertenece el fragmento anterior, muchas veces la nuestra elige el camino del menor esfuerzo. No es de extrañar, entonces, que tantos se aferren al argumento de la censura de un gobierno tiránico para referirse a lo que ocurre en la novela y ajustarlo a cualquier caso que suene más o menos similar en nuestros días.
Este es un malentendido frecuente en la literatura del siglo XX. El autor de Fahrenheit 451 explicó en distintas ocasiones que su novela es sobre cómo la televisión destruye el interés por la lectura y no sobre la censura gubernamental. Es posible que Bradbury temiera que la cultura de la imagen y la información rápida fueran capaces de vaciar las mentes de las personas hasta convertirlas en dóciles y manipulables. Sobre eso va su novela.
Así que el origen del mal, tanto en la novela como en la vida real, está en nosotros. En una sociedad acomodada y superficial que, con demasiada frecuencia, busca la exposición, la banalidad y el entretenimiento antes que cualquier forma de pensamiento crítico. No por gusto se le atribuye tan frecuentemente a Fahrenheit 451 la tesis más cómoda entre todas las posibles, la que menos duele y menos exige de nosotros mismos.
Nuestros días no son demasiado diferentes de los días de Montag, ya se sabe. Mucho menos si tenemos en cuenta la frase de Faber dentro de la novela:
Recuerde que casi no hace falta recurrir a los bomberos. El propio público abandonó la lectura.
La censura sí está presente en Fahrenheit 451, desde luego. Y también en los Estados Unidos, aunque suene absurdo, según el índice de prohibiciones de PEN America. Pero la raíz está en una sociedad que ha aprendido a prescindir voluntariamente de aquello que podría hacerla pensar.
Visto así, la censura no es más que estupidez a voluntad.
Puede que un día veamos al fin, como Montag. Entonces no existirán gobiernos tiránicos alimentados por masas obtusas e ignorantes que culpen por su propia falta de seso al mismo gobierno que eligen. O tal vez no. Tal vez nos suceda como explica Granger en la novela, y al final seamos como la mítica ave fénix que, cada cierto tiempo, se autoincinera solo para renacer. Granger creía que nosotros, a diferencia del fénix, recordaríamos; nuestros días parecen darle la razón al pájaro. De ser así, entonces este escrito es apenas otra manera de perder el tiempo
Pero no se puede hacer que la gente escuche. Tienen que tomarse su propio tiempo, preguntarse qué pasó y por qué el mundo les explotó en las manos. Dijo también Faber, y no hay mejor frase para nuestros días.
Queremos, más que cualquier otra cosa, ser felices, sí, pero pretendemos comprar la felicidad en un supermercado. O mejor, por internet. Y así vamos por la vida ignorando que no sabemos nada y dando con la puerta en las narices de la sabiduría.
¿Qué le diste a la ciudad, Montag?
Cenizas.
¿Qué se dieron entre ellos los demás?
Nada.

Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.




