La semana pasada publiqué dos versiones del mismo cuento, uno mío y otro escrito por la IA. Luego lancé el reto de identificar cuál había escrito yo. Es la segunda, la que transcurre en ningún lugar o en todos los lugares posibles. La primera, la que comienza declarando una funeraria, la escribió una IA.
Casi todos acertaron. Falló solo uno.
Aunque a primera vista podría medirse el éxito del experimento con estos datos, la verdad es que prueba menos de lo que se espera de un ejercicio como este. Sin embargo, las razones son aún más interesantes que el resultado.
Por qué el experimento estaba viciado
Empiezo por lo que me dijo uno de los lectores que acertó. Su comentario es, probablemente, el que más desnuda el truco. “Te conozco” dijo. Con esa sola línea expuso el principal defecto del ejercicio. Los que votaron me leen y están acostumbrados a mi puntuación, mi ritmo, mi decir sin decir. Por eso no puede decirse que distinguieron una máquina de un ser humano. Un lector que nunca me hubiera leído probablemente habría jugado con desventaja.
Cinco decisiones
La máquina no escribió mal. Hay que decirlo, porque es verdad y no hace falta exagerar defectos. Le pedí que lo hiciera lo mejor que pudiera y así lo hizo. El cuento de la funeraria es publicable. Tiene frases buenas. Si lo encontrara en un taller literario diría que el autor sabe escribir.
Y aun así se delata al menos cinco veces.
Gasta la revelación en la primera línea. «La sala del funeral olía a lirios y a cera derretida.» El lector sabe que hay un muerto antes de saber quién habla y con eso mata la sorpresa. La versión de la IA no aporta nada más después de su comienzo. Ni siquiera es importante descubrir cómo pasó lo que pasó. En este cuento no hay nada de eso y por eso con este comienzo se delata y muere.
En mi versión el marido está vivo durante tres cuartas partes del cuento; uno lee la historia de un abandono a modo de monólogo, y solo cuando aparece la palabra cremación en la antepenúltima oración, entiende que estaba leyendo otra cosa. Ese es el cuento. La máquina ordenó la información con lógica estructural de gramática y composición, pero sin criterio literario.
Nombra lo que debería mostrar. «Sintió otra vez el ardor viejo de la humillación, ese que no se cura ni con los años ni con la fe.» Una frase bien construida que sobra entera. La misma información está en mi versión en «el muy malvado», en «hacerme esa babosada», en la repetición de «siempre es igual, ¿verdad? Siempre es igual». Y no es lo único que la máquina hace mal, o demasiado bien, según se vea porque antes del remate, escribe «pensó en su hijo, en el aeropuerto, en los brazos abiertos de un muchacho que esperaba a su padre». Con esto le explica al lector por qué la mujer va a decir lo que dice.
Le pone nombre para representar una idea. Me dio mucha gracia el nombre. Fue lo primero que noté, después de la funeraria que se inventó la IA. Doña Esperanza. Es una ironía que podría funcionar muy bien si se explota. Pero en un cuento corto, sin ningún otro elemento que respalde esa ironía, se trata de echar mano de un recurso manoseado. Mi versión no tiene nombre porque a la historia no le hace falta ninguno.
Usa el dialecto como adorno. En la versión de la máquina hay un solo voseo, «andá con quien querás», puesto en medio de un español neutro que no es de ningún país. Yo utilizo cipotes, chavalo, babosada, doñita, «vos te podés ir para donde quieras, con quien quieras». Mi versión intenta recrear el habla real de un país, la máquina solo rellena para dar algo de color.
Se queda con la última palabra. Mi versión termina en la pregunta de la mujer. La de la máquina sigue: «Afuera, la tarde caía sobre Miami con esa luz dorada que no sabe nada del duelo de nadie.» Un final de los que hemos leído miles de veces. No es que esté mal escrito, aunque sea soso. Es que es un lugar común y le roba el cierre al personaje otorgándoselo al narrador.
Las cinco decisiones van en la misma dirección. La máquina confía menos en el lector y no arriesga. Yo lo dejo solo.
Mi cuento se calla y deja que el trabajo lo haga el lector. Quienes leen mi versión reconstruyen a la mujer a partir de lo que esta dice en medio de una conversación que responde precisamente a las preguntas que haría el lector. Cuántos años de casada, cuántos hijos, religión, nacionalidad. En ninguna parte del texto escribo dónde transcurre la escena ni con quién interactúa el personaje. Eso solo existe en la mente del lector. La IA no se atreve a tanto.
Un molde que se repite no se elige
Pero eso no es todo, también hay errores sintácticos que cualquier observador podrá detectar enseguida:
verbo de habla + coma + y + cláusula
Tres apariciones en un cuento de dos páginas. Si no es un tic, se le parece mucho:
dijo, y las palabras salieron con el peso…
continuó, y algo se le quebró apenas…
dijo, y había en su voz un orgullo…
Un falló y un acierto
Ahora la parte que más me inquieta.
Sospecho que el lector que se equivocó eligió la versión de la máquina porque le pareció literatura. Los lirios, la cera derretida, la luz sobre Miami. Vio prosa trabajada y dedujo que detrás había un autor.
Por otro lado, una escritora acertó con el argumento de que la versión de la IA le pareció demasiado pulida, demasiado correcta, con demasiadas rayas de diálogo. Vio prosa trabajada y dedujo que detrás había una máquina.
Añado un detalle sobre las rayas. En español el guion largo es la puntuación obligatoria del diálogo en cualquier novela o cuento publicado en castellano. Ese criterio viene del inglés, donde el em dash sí funciona como firma de texto generado. Lo curioso es que el único guion largo verdaderamente estilístico de las dos versiones está en la mía. «Lo que Dios une — usted me entiende.» Esa raya no abre un parlamento, sino que marca una frase que se interrumpe porque las dos mujeres saben cómo termina. Si aplicáramos la regla con rigor, el sospechoso habría sido yo. Tiene gracia, ¿verdad?
Al final la escritora acertó, pero con un criterio que, por lo menos a medias, apuntaba en la dirección contraria.
Más allá de cualquier tic y manía de la escritura de una IA, lo curioso del experimento es precisamente lo más alarmante. El peligro de todo esto está en que nos estamos acostumbrando a decidir quién escribió algo mirando el brillo de la superficie, yo el primero. Dos lectores inteligentes pueden enfrentarse al mismo texto y sacar conclusiones opuestas partiendo de la misma observación.
Un modelo de lenguaje se entrena leyendo lo que hemos escrito todos. Escribe lo que un texto suele hacer en ese punto, con demasiada buena puntería. Sin embargo, esa eficacia es también su límite porque todo lo que hace bien lo hace por la misma razón que le impide arriesgar. Por eso no puede terminar un cuento con una pregunta y marcharse.
Yo tampoco pude hacerlo durante mucho tiempo. Cuando releo lo que escribí hace diez años lo que más me avergüenza no son las frases malas sino aquellas con las que le expliqué al lector lo que ya había entendido. Es algo en lo que sigo trabajando a diario porque escribir es aprender a callarse a tiempo.
La semana pasada les pedí que decidieran cuál cuento era mío, pero debí pedirles que decidieran cuál los dejaba solos.
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