No hay que vivir en un régimen totalitario para ver a un demagogo en acción. Basta con tener ojos, algo de memoria y el mínimo sentido crítico. Lo inquietante no es que existan —han existido siempre—, sino que encuentren seguidores con tanta facilidad, incluso en sociedades que se dicen libres, educadas y modernas.
¿Qué nos atrae de los líderes autoritarios?
¿Por qué seguimos a un demagogo? ¿Qué hay en nosotros que responde con tanto entusiasmo a su tono autoritario, a sus promesas simplificadas, a sus eslóganes cargados de emoción pero vacíos de sustancia? ¿Qué tipo de hambre arrastra a una parte de la población hacia figuras que ofrecen certezas rotundas en un mundo donde todo parece incierto?
La respuesta es menos política de lo que parece. Tiene más que ver con la psicología que con la ideología.
Cuando nos sentimos confundidos, inseguros o amenazados, nuestra mente busca refugio en lo simple, lo claro, lo que suena firme. El demagogo lo sabe. Sabe que una población (sea país, grupo social, etnia o raza) cansada y desorientada no quiere explicaciones complejas, sino relatos fáciles y enemigos visibles. Y los ofrece, uno tras otro. Con tono paternalista o desafiante, con carisma impostado o furia contenida, pero siempre con una certeza fabricada para llenar el vacío de otros.
No importa si sus datos son falsos. Importa que suenen verdaderos. No importa si miente: lo hace con una convicción que a veces supera a quienes dicen la verdad.
Es esa convicción, más que sus ideas, lo que seduce. Un demagogo nunca duda. Y nosotros, tan llenos de dudas, le seguimos por eso mismo: porque nos da la ilusión de no tener que pensar demasiado.
Demagogos en la historia: ecos del mismo patrón
La historia está llena de ejemplos. Aquí algunos de los más rimbombantes:
Adolf Hitler prometió a una Alemania dudosa una restauración de su grandeza. Usó el resentimiento colectivo como combustible y ofreció una narrativa simple: los culpables eran los judíos, los comunistas, los extranjeros, los “enemigos internos”. No hizo falta que sus afirmaciones fueran ciertas; bastaba con que resonaran emocionalmente.
Más cerca en el tiempo, Hugo Chávez en Venezuela construyó su liderazgo sobre la base del antagonismo: pueblo vs. élite. Prometió justicia social, pero desde el inicio dividió al país en bandos irreconciliables. Su lenguaje directo, emocional y polarizador caló hondo en una población desesperada por una alternativa.
Donald Trump, en Estados Unidos, también ha sabido captar ese impulso. En lugar de complejidad, ofrece frases simples. En lugar de autocrítica, promesas de “ganar otra vez”. Para muchos, no importa si dice la verdad, sino que parezca decir lo que otros no se atreven. En tiempos de incertidumbre, solo eso basta.
Pero como ya dije, estos son solo algunos de los ejemplos más llamativos. Existen otros miles, y a cualquier nivel: el “líder” de un grupo de crecimiento personal o de un equipo en el negocio de mercadeo en redes, el pastor de una iglesia, el organizador de una expedición. Cualquiera de ellos podría ser un demagogo. Algunos de estos siempre lo son.
Lo que buscamos en un líder —y lo que tememos decidir
Claro que también hay otra razón más sutil por la cual seguimos a uno de esos. Sí, “seguimos”, porque yo también he sucumbido a esa debilidad humana. Y quizás también tú.
Seguir a un demagogo nos exime, por un rato, de la responsabilidad de decidir. De la incomodidad de pensar por cuenta propia. Como quien se sube a un autobús sin preguntar a dónde va, simplemente porque alguien grita con fuerza: “¡Súbanse, yo sé el camino!”
Después de todo, quizás la verdadera pregunta no es por qué ellos existen, sino por qué seguimos necesitando que existan.
¿Es miedo? ¿Es comodidad? ¿Es el deseo secreto de ceder nuestra libertad a cambio de la paz mental que ofrece una mentira bien dicha? ¿Es la necesidad de encontrar siempre un culpable externo a nuestra realidad?
Responder a eso implica mirarnos más de cerca. Y eso, lo sabemos, no es fácil. De eso ya he escrito aquí antes y, en efecto, no lo es, pero es urgente.
No creo que tú y yo podamos evitar que aparezcan nuevos demagogos, pero sí podemos trabajar para que encuentren cada vez menos eco. Al menos que tú y yo no seamos parte de su harén.
Y eso empieza en un lugar íntimo, silencioso, que ningún líder carismático puede ocupar: el pensamiento propio.
— ¿Te has sentido alguna vez atraído por una figura así, aunque fuera por un instante? ¿Cómo lo reconociste? Me encantaría leerte en los comentarios.

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