Hay libros que, al leerlos, operan como si lo que en ellos está escrito fuera capaz de mover mecanismos mal engrasados que habitan dentro de nosotros. No porque revelen algo desconocido, sino porque iluminan, con una frialdad quirúrgica, lo que ya habíamos intuido de manera más o menos inconsciente. Psicología de las masas de Gustave Le Bon es uno de esos textos.
Se trata de una lectura que, inequívocamente, desata interrogantes sobre las que merece la pena reflexionar: ¿Hasta qué punto seguimos siendo los mismos cuando somos parte de la mayoría, de la masa? ¿Qué queda de nuestra voz cuando el ruido externo lo abarca todo?
La masa como entidad emocional y sugestionable
Le Bon nos sitúa ante una realidad incómoda: el individuo, ese núcleo que creemos inquebrantable, se disuelve con facilidad en el calor de la multitud. La masa, desde un punto de observación psicológico y social, no es la suma de sus partes; es una entidad nueva, irracional y muchas veces violenta. En presencia de la masa social, la voluntad personal se debilita y lo que emerge es un «nosotros» arrollador. Una vez entendido y aceptado este concepto, cabría preguntarse cuántas decisiones, gestos o palabras que creemos exclusivamente nuestras, personales, son en realidad dictados por la masa, por el entorno invisible que siempre nos acompaña. Y, peor aún, cuántas veces nos dejamos arrastrar por ese entorno.
Uno de los conceptos más inquietantes del libro es la idea de que la masa funciona bajo el principio de contagio emocional. No hace falta reflexionar; basta con sentir, con dejarse llevar por la influencia del otro, por la euforia colectiva o por el miedo que se propaga como un incendio. La masa, dice Le Bon, es sugestionable y primitiva. No se rige por la lógica, sino por símbolos y emociones. De ahí el poder de los líderes carismáticos, esos que entienden que no es necesario razonar con las masas, sino encender en ellas una chispa. ¿Cuántas veces hemos creído que tomamos una decisión consciente cuando, en realidad, respondíamos al eco de un estímulo externo?
«El poder de los conquistadores y la potencia de los Estados están ambos basados en la imaginación popular. Las masas son conducidas especialmente trabajando sobre su imaginación. Todos los grandes hechos históricos, el surgimiento del budismo, del cristianismo, del Islam, la Reforma, la Revolución Francesa y, en nuestros tiempos, la amenazante invasión del socialismo son las consecuencias directas o indirectas de fuertes impresiones producidas sobre la imaginación de las masas.» Psicología de las masas/Gustave Le Bon.
El anonimato como catalizador del peligro
Pero no es solo el dominio del líder lo que perturba; es el anonimato del colectivo. En la masa, el individuo se siente liberado de sus responsabilidades, como si sus actos quedaran eximidos de culpa. Es ahí donde reside el peligro, en ese instante en que dejamos de ser testigos de nuestras acciones para convertirnos en parte del flujo. La multitud protege, diluye la identidad y, al hacerlo, también puede anular la moral.
A lo largo de nuestra historia abundan acontecimientos que servirían para ejemplificar la idea de anulación de la moral individual y el discernimiento reflexivo del individuo para convertirse en parte de una masa irresponsable y anónima:
- La Alemania nazi y el ascenso de Adolf Hitler (1933-1945)
Quizá el ejemplo más contundente de cómo la masa puede ser manipulada por un líder carismático que apela a emociones primitivas como el miedo, la rabia y el nacionalismo extremo. Muchos ciudadanos, que probablemente jamás habrían cometido atrocidades por cuenta propia, participaron directa o indirectamente en crímenes contra la humanidad bajo la sensación de anonimato colectivo y obediencia al régimen. - La Revolución Francesa y el Reinado del Terror (1793-1794)
Durante esta fase de la revolución, las ejecuciones masivas por guillotina se volvieron moneda corriente. La multitud parisina, impulsada por la rabia y el fervor revolucionario, asistía a las ejecuciones como si fueran espectáculos. Individuos que, fuera del colectivo, habrían sido incapaces de asesinar justificaron las decapitaciones como parte del bien común, anulando su propio juicio moral. - Los linchamientos en Estados Unidos durante la segregación racial (siglos XIX y XX)
La violencia racial, especialmente en el sur de Estados Unidos, fue marcada por multitudes que actuaban con una brutalidad desmedida en linchamientos públicos. La presencia de la masa permitía que individuos cometieran actos atroces bajo el escudo del anonimato y la legitimidad social, convencidos de que no habría consecuencias personales. - El genocidio de Ruanda (1994)
En cuestión de 100 días, aproximadamente 800,000 personas, en su mayoría de la etnia tutsi, fueron asesinadas. Este genocidio ejemplifica cómo una sociedad puede ser tomada por una ola de violencia irracional cuando la propaganda y el odio se propagan como un contagio en la masa. Vecinos que habían vivido juntos durante años se convirtieron en asesinos, influenciados por el entorno colectivo. - La Revolución Cultural China (1966-1976)
Bajo el liderazgo de Mao Zedong, las «Guardias Rojas», formadas en su mayoría por jóvenes, desataron una ola de violencia y persecución contra los llamados «enemigos del pueblo». Muchos de los que participaron en saqueos, torturas y humillaciones públicas lo hicieron bajo el manto de la masa revolucionaria, anulando su identidad individual en nombre del bien común ideológico. - Los saqueos y disturbios tras el Huracán Katrina (2005)
Después del desastre natural en Nueva Orleans, la ausencia de orden y la sensación de anonimato colectivo llevaron a saqueos generalizados y actos de violencia. Muchos individuos que, en condiciones normales, nunca habrían cometido robos o actos vandálicos se vieron arrastrados por la situación de caos. - El asalto al Capitolio en Washington, D.C. (6 de enero de 2021)
Este reciente episodio mostró cómo una multitud puede actuar de forma irracional y violenta cuando se siente respaldada por una causa compartida. Personas que probablemente nunca habrían participado en actos ilegales se dejaron llevar por el fervor del grupo, invadiendo el Capitolio con la convicción de que formaban parte de un movimiento colectivo «legítimo».
Estos eventos históricos ilustran la fragilidad de la moral individual cuando el entorno emocional y social empuja a las personas hacia decisiones que, en otros contextos, habrían considerado inaceptables. Gustave Le Bon no se equivocaba al señalar cómo el colectivo puede ser tanto un motor de cambio como un detonante de catástrofes morales.
«Un orador que quiera movilizar a una masa deberá hacer un uso abusivo de afirmaciones violentas. El exagerar, el afirmar, el recurrir a repeticiones y el nunca intentar demostrar cosa alguna por medio de razonamientos, son los métodos de argumentación bien conocidos por los oradores de actos públicos.» Psicología de las masas/Gustave Le Bon.
Pero existe otro colectivo aún más sofisticado. Una masa moderna y tecnológica que ha enfrentado a la individualidad del hombre a uno de los mayores peligros y retos de los que se tenga conocimiento.
Me refiero a las redes sociales. Si hay un espacio donde la masa encuentra su versión contemporánea, es allí. Basta con ver cómo una idea se contagia, cómo aumenta a diario la vulnerabilidad del individuo como ente único, convirtiéndose en parte de un colectivo que repite y defiende ideas nacidas, casi siempre, de la desinformación o la manipulación. Esto deja el espacio abierto para que la indignación colectiva derive en linchamientos digitales. Como dice Le Bon, el anonimato permite actos que jamás cometeríamos cara a cara.

Donald Trump, Elon Musk y el impacto de la desinformación
Para ejemplificar esta realidad, basta con observar cómo ciertos personajes influyentes han logrado, a través de redes como Twitter (ahora X), Instagram o Facebook, encender movimientos masivos basados en información errónea o distorsionada. Uno de los casos más emblemáticos es el de Donald Trump y la propagación del «gran fraude electoral» durante y después de las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos. A pesar de que los resultados habían sido validados por múltiples instituciones y expertos, Trump utilizó su plataforma para lanzar una serie de mensajes que sembraban dudas sobre la legitimidad del proceso, afirmando sin pruebas contundentes que le habían robado la victoria.
El impacto fue inmediato. La comunidad digital absorbió la narrativa y la convirtió en su realidad. Los hashtags como #StopTheSteal se viralizaron, y miles de personas comenzaron a compartir teorías de conspiración que vinculaban el fraude a supuestos complots extranjeros o sabotajes internos. Esta creencia no solo permaneció en el mundo virtual: se materializó en el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, cuando una multitud enfurecida, convencida de estar luchando por la democracia, invadió el edificio en un acto de violencia colectiva. Individuos que en otro contexto no habrían atacado a la policía o destrozado propiedad pública, se vieron envueltos en la marea emocional que Le Bon describió como el contagio de la masa.
Otro ejemplo reciente lo encontramos en la figura de Elon Musk. Con su influencia y sus millones de seguidores, Musk ha sido capaz de manipular desde criptomonedas hasta percepciones sobre asuntos complejos como la inteligencia artificial y la libertad de expresión. Cuando adquirió Twitter, Musk comenzó a desmantelar políticas de moderación previamente establecidas, defendiendo su visión de una «libertad de expresión absoluta». Aunque este discurso suena atractivo a primera vista, su ejecución ha permitido la proliferación de contenido desinformativo, desde teorías antivacunas hasta conspiraciones relacionadas con el cambio climático.
Análisis contemporáneo: las fake news durante la pandemia
Durante la pandemia de COVID-19, el fenómeno del contagio emocional alcanzó una dimensión global a través de las redes sociales. Mensajes desinformativos, como los que negaban la gravedad del virus o promovían curas sin evidencia científica, fueron compartidos a una velocidad alarmante. Figuras públicas y celebridades, incluso sin conocimiento médico, aprovecharon su influencia para propagar teorías conspirativas, como la relación entre el virus y la tecnología 5G. Esta desinformación provocó consecuencias reales: desconfianza hacia las vacunas, rechazo a las medidas de prevención y, en algunos casos, ataques a infraestructuras de telecomunicaciones. La combinación de emoción, pánico y líderes carismáticos alimentó una masa global que, como predijo Le Bon, actuó más por instinto que por lógica.
Caso actual: la manipulación digital y la polarización política en Brasil
Un ejemplo reciente de la masa digital ocurriendo a escala masiva es el impacto de las redes sociales durante las elecciones presidenciales de Brasil en 2022. Los partidarios de Jair Bolsonaro utilizaron WhatsApp y Telegram para difundir contenido falso, desde teorías de fraude electoral hasta noticias fabricadas que desacreditaban a sus oponentes. Al igual que en otros escenarios de masas manipuladas, este flujo constante de desinformación inflamó las tensiones políticas, lo que desembocó en protestas y disturbios. Al igual que el asalto al Capitolio en EE. UU., este fenómeno demuestra cómo las plataformas digitales no solo facilitan el contagio emocional, sino que amplifican los conflictos.
Conclusión: preservar la individualidad frente a la multitud
El peligro no solo radica en la velocidad con la que las ideas falsas se propagan, sino en la naturaleza misma de los algoritmos que rigen estas plataformas. Diseñados para maximizar la interacción, los algoritmos priorizan el contenido emocionalmente cargado, lo que facilita que las masas se polaricen y perpetúen su visión sin ser confrontadas por la disidencia o el pensamiento crítico. Esta estructura retroalimenta el contagio emocional descrito por Le Bon, pero de manera más profunda y sofisticada.
La pregunta que queda en el aire no es si las redes sociales deberían regularse con mayor firmeza, sino si los individuos, bombardeados por estímulos constantes, tienen aún la capacidad de recuperar su voz crítica y frenar el impulso de seguir ciegamente al colectivo. ¿Podemos realmente desligarnos de esa multitud digital y reclamar nuestro derecho a pensar por cuenta propia? Tal vez, como planteaba Le Bon, la respuesta no dependa tanto del entorno, sino del esfuerzo que hagamos para proteger ese pequeño reducto donde lo colectivo no devora lo individual.
Sin embargo, no todo es desolador. Le Bon menciona, casi de forma lateral, que las masas también tienen el potencial de construir, de crear ideales comunes. No todo contagio es destructivo; algunos movimientos han generado cambios sociales profundos. Pero incluso entonces, la pregunta persiste: ¿esos ideales compartidos son producto de la verdadera razón colectiva o simplemente de otro tipo de sugestión?
Cerrar este ensayo me resulta complicado porque no tengo respuestas definitivas. Lo único que sé es que, tras leer a Le Bon, miro con más escepticismo tanto al ruido externo como a mis propios impulsos. No pretendo escapar del todo a la influencia de las masas, sería ingenuo, pero sí quiero preservar ese pequeño reducto interior donde la multitud no entra. Donde no soy parte de la mayoría. Ese espacio donde puedo preguntarme, al menos de vez en cuando, si lo que estoy pensando es realmente mío.
Pero, ¿hasta qué punto somos capaces de distinguir nuestras propias ideas de las que nos han sido implantadas? ¿En qué momento dejamos de ser críticos y nos convertimos en repetidores inconscientes del discurso colectivo? Quizás la verdadera pregunta no sea cómo escapar de la masa, sino cómo convivir con ella sin que nos consuma. Tal vez, en lugar de buscar respuestas inmediatas, deberíamos enfocarnos en cultivar ese espacio interior donde podamos resistir al contagio emocional y ejercer nuestro derecho a cuestionar. ¿Podemos, en una era saturada de información, encontrar el silencio necesario para escuchar nuestra propia voz?
Porque, en el fondo, la mayor batalla no es contra las masas ni los algoritmos. Es contra nuestra propia disposición a renunciar a la introspección.
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