El desplante de la Piaf

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Mencionar a Édith Piaf es invocar instantáneamente una leyenda: la cantante francesa de voz inconfundible, con una historia de vida tan dramática como sus canciones memorables —La vie en rose, Padam, padam, Non, je ne regrette rien, Milord… Incluso una película, La Vie en rose (2007), cuyo título original es La Môme, protagonizada por Marion Cotillard, que ganó dos premios Oscar y recibió un total de sesenta y una nominaciones.

Aquellos que, por cualquier razón, no conocieran el nombre de la afamada intérprete apodada «La Môme Piaf» («La pequeña gorrión»), seguramente reconocerían sus canciones con solo escuchar un fragmento de alguna de ellas.

Y es que Édith Piaf no solo fue una cantante, sino una leyenda que dejó un legado duradero. Murió en 1963 y, hasta el día de hoy, su tumba en el cementerio Père-Lachaise en París sigue siendo un lugar de peregrinación. Es difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar de ella.

Lo que tal vez no tantos saben es que hay un musical titulado Piaf! The Show, que celebra la vida y música de la cantante, y que, desde su estreno, ha realizado más de 1,000 presentaciones en más de 50 países, superando el millón de espectadores en todo el mundo. En el show, la cantante francesa Nathalie Lermitte interpreta a Piaf, ofreciendo una representación que ha sido aclamada por su autenticidad y emotividad, según se puede leer en internet.

A ese show decidimos asistir el pasado jueves, mi esposa y yo.

El Lauderhill Performing Arts Center era el lugar. A veintisiete millas de mi casa y a cincuenta minutos en coche a la hora punta, que, como cualquiera que conozca el área sabe, se extiende desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche.

Lia salió un poco antes del trabajo. Comimos cualquier cosilla para no perder tiempo. Luego vino la historia del vestido, el pelo, los zapatos… Por fin subimos al coche y nos sumergimos en el delicioso tráfico de la I-95. Después de casi una hora entre atascos, luces parpadeantes de patrullas y conductores que miraban más sus móviles que el asfalto, finalmente llegamos al teatro.

El estacionamiento estaba desolado y oscuro, y el teatro, cerrado. Creímos que tal vez habíamos llegado demasiado temprano. Pero eran las 7:15 y el show comenzaría a las 8:00, así que tampoco era para tanto. A esa hora, ya debían estar abiertas las puertas. Estacionamos y enseguida llegaron otros coches de donde salieron personas evidentemente vestidas para la ocasión. Mientras algunos charlaban entre ellos o esperaban dentro de sus coches —como era nuestro caso—, hubo quienes tuvieron el tino de acercarse a las puertas del teatro.

La noticia se expandió por el estacionamiento, dejando atrás una estela de desilusión. Sin previo aviso, el show había sido pospuesto para otra fecha. Un anuncio impreso en un mísero trozo de papel, pegado en los cristales de la puerta, así lo informaba:
PIAF! The Show has been postponed until June 10, 2025.

Ahí estábamos Lia y yo, emperifollados, perfumados e ilusionados con ver el aclamado show, en medio de un estacionamiento oscuro y triste que no ofrecía otra alternativa que regresar a casa como un perro apaleado.

No era la primera vez que sucedía algo similar. Hace unos años, en París, ocurrió lo mismo con el espectáculo del Moulin Rouge, cuando algunas bailarinas se contagiaron de COVID y se suspendió la función. Aquella vez, Lia y yo terminamos la noche frente a una botella de champaña en Rouge Bis, un modesto bar de esquina frente al cabaret, que nada tenía que ver con el espectáculo que habíamos ido a ver, pero que sirvió para que la noche fuera, al menos, divertida y chispeante.

—Tenemos mala suerte con los shows franceses —me dijo mi mujer de regreso a casa después del desplante que acababa de darnos Piaf—. ¿Será que tendremos que irnos a vivir a París para tenerlos todos a nuestra disposición y no volver a perdernos uno?
—No es una mala idea —le dije.

Esta vez no estábamos en París y, por lo tanto, no teníamos el pretexto del Rouge Bis. Por si fuera poco, era jueves y al día siguiente había que ir a trabajar. En cuanto llegamos a casa, lanzamos la ropa sobre la cama y los zapatos por el aire. Mi mujer se desató el pelo y los dos nos pusimos shorts, camisetas gastadas y sandalias cómodas. Nos fuimos al balcón con cerveza, gin tonic y una tabla de jamón ibérico, manchego y frutos secos. Hablamos de nuestro próximo viaje a París, pero no escuchamos ninguna canción de Édith Piaf: seguíamos despechados por su traición.


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1 thought on “El desplante de la Piaf”

  1. Pingback: Piaf! The Show: Un homenaje inolvidable a Edith Piaf que emociona al mundo

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