No me gusta Bad Bunny.
Ya está. Lo dije. Y conviene aclararlo desde el principio: lo que no me gusta es su música. No me gusta el reguetón en absoluto y lo que hace el Conejo Malo, para ser sincero, ni siquiera lo entiendo. Más de una vez me ha llegado a alarmar el éxito descomunal que ha conseguido con algo que, a mi juicio, suena horrible y de muy mal gusto. Opinión, por supuesto.
No hablo desde la superioridad moral ni desde el desprecio, sino desde una distancia estética que no logro salvar.
Quizás la aceptación monstruosa de ese género a nivel mundial diga mucho de nosotros como sociedad: como consumidores de cultura, como público supuestamente instruido y de buen gusto… o de mal gusto, habría que decir sin rodeos.
Ahora bien, de ahí a negar que el tipo es inteligente y que ha sabido manejar su carrera como muy pocos, hay un trecho largo. Y sería injusto no reconocerlo.
El domingo, Bad Bunny apareció en el espectáculo de medio tiempo del evento deportivo más visto en Estados Unidos y arrasó. Tenía casi todo en contra: una presión política brutal, nacida en lo más alto de la pirámide —algo impensable en este país hace apenas unos años— y la decisión, nada menor, de cantar en español ante un público que mayoritariamente no domina otro idioma que el inglés. Pero se atrevió. En el escenario más mediático del planeta puso a bailar salsa a Lady Gaga y a medio mundo, y llevó el nombre de Puerto Rico a lo más alto, junto al de este continente mestizo y hermoso llamado América.
Benito —porque así se llama— lo ha ganado todo: premios, récor, dinero, fama, influencia. Pero, sobre todo, se ha ganado algo más difícil de comprar: el reconocimiento de millones de hispanos y, en especial, de quienes preferimos bailar antes que odiar.
No me gusta la música que hace y probablemente no me gustará nunca. Pero respeto al artista, al boricua, al hombre que no se deja intimidar ni aplastar por amenazas. Respeto al ser humano que, teniéndolo todo, sigue alzando su bandera y representando sus raíces más profundas para recordarle al mundo que es hispano y que nosotros valemos tanto como cualquier otra nación.
Nos guste o no su música, hay algo que queda claro: la única fuerza más poderosa que el odio sigue siendo el amor.
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