Nosotros los cubanos somos un caso particular sobre el que vale la pena reflexionar. Se ha hecho antes, con muchísima mayor rigurosidad de lo que yo podría conseguir con este escrito que, además, no pretende ser riguroso o solemne en ninguna medida. Hasta existe una canción homónima al título de esta entrada, que fue muy popular hace una década y media y que recoge casi con exactitud ensayística gran parte de la mezcolanza sociocultural de mi gente.
Los cubanos nos las sabemos todas
Los cubanos nos las sabemos todas. ¿A que sí? Y si no, lo inventamos. Además, lo nuestro —lo que sea— no es bueno, es lo mejor.
Afirmaciones similares son parte de nuestra idiosincrasia callejera y las repetimos una y otra vez hinchando mucho el pecho.
Quizá las características de nuestro caso se deben a que somos una etnia hecha de música, agua de mar, café y sandunga. Una raza mitad española, mitad africana, con unas gotitas de chino. Un pueblo que no esconde su temperamento volátil, su sensibilidad artística y su muy demostrado pésimo criterio político.
Solemos llamarnos agradecidos y familiares, porque, ¿quién diría que no lo es? Sin embargo, nuestra historia pone en duda que seamos así.
La ingratitud como leyenda nacional
Circula la leyenda —no verificable— de la conversación entre Gómez y Martí cuando el apóstol le pidió ayuda al general para comandar el ejército libertador:
—¿A cambio de qué? —preguntaría Gómez, según la leyenda.
—A cambio de la ingratitud de los cubanos —le respondería Martí.
He conversado sobre ese pasaje con amigos historiadores y todo indica que se trata, como he mencionado antes, de una leyenda urbana y que tal conversación no existió nunca. Al menos no con esas palabras. Pero las leyendas siempre parten de algún puerto real. Surgen de un sentimiento, de una creencia, de una realidad. Y cuando el río suena…
A los cubanos nos asombra la manera de discutir de otros. Ya saben a qué me refiero. Dos estadounidenses, por ejemplo, pueden pasar diez minutos o más discutiendo cara a cara, diciéndose oprobios y salpicándose de saliva uno al otro sin que la cosa pase de ahí. En otros países es peor. Las discusiones entre dos o más personas ni siquiera incluyen un tono elevado de la voz a no ser que se alcance un punto de ebullición real.
Con un cubano en la ecuación, las cuentas serían otras.
Un cubano combustiona a muy pocos grados sobre su temperatura corporal, y bastan dos insultos para que vuelen las trompadas.
Por increíble que pueda parecer a otros, los cubanos nos sentimos orgullosos de esas maneras y actitudes brabuconas y matonescas. No es de extrañar entonces que nos deslumbremos frente a las flautas de los líderes “machoman”: en Cuba Fidel era El caballo y en Estados Unidos Trump es El pingú.
Cuando se trata de desaprobación, los apelativos suelen ser igual de elocuentes, aunque bastante menos repetibles.
¿Ya había mencionado que nuestro criterio político es de lo peor?
Un sentimiento de pérdida que viaja con nosotros
Sin embargo, hay algo que supera todo lo dicho. Un arraigado sentimiento de pérdida que nos acompaña a todas partes. Por eso recreamos nuestra isla en cada rincón del mundo a donde la historia nos ha escupido. Los frijoles, el lechón asado y los dulces de la abuela no faltan en nuestras mesas. En la literatura, en la música, en las conversaciones, la ropa, los barrios, la vida entera. En eso y en otras muchas cosas, los cubanos, conscientes de ello o no, gritamos a los cuatro vientos quiénes somos.
La paradoja es que, fuera de Cuba, a veces somos más cubanos que dentro. Solo a veces. Nos reconocemos en el acento, en el gesto, en la manera de exagerar una historia y en nuestra inigualable manera de hablar con las manos. Pero en cuanto aparece la política —y siempre aparece—, volvemos a dividirnos. Como si ya no existiera suficiente distancia entre nosotros y nuestros fantasmas.
Tal vez si pudiéramos ser solo eso, cubanos en Cuba, no nos miraríamos los unos a los otros por encima del hombro ni tildaríamos de enemigo al que piensa distinto. Entonces viviríamos para lo que hemos sido creados: música, agua de mar, café y sandunga.
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