El cuento y la novela tienen grandes diferencias.
Soy lector de novelas. También las escribo y he conseguido publicar cinco. Pero lo mismo me sucede con los cuentos: los leo y los escribo, aunque de estos apenas he publicado dos. Con toda probabilidad esa desproporción refleja que son dos oficios distintos que exigen tiempos distintos, y que yo, consciente de ello o no, me he inclinado más hacia uno que hacia el otro.
Una visita o una mudanza
El cuento y la novela son dos animales de razas distintas. Se requiere de un escritor diferente para cada uno, y también de un lector distinto. Las reglas cambian, la estructura cambia y, sobre todo, cambian las expectativas. El lector que abre un cuento sabe que va a entrar y salir rápido, como una visita. El que abre una novela acepta, desde la primera página, que va a vivir ahí un tiempo. Una mudanza.
En unas pocas líneas, y con gran economía del lenguaje, un cuento narra una historia completa. Es más: en los buenos cuentos dice más lo que no se narra que lo que aparece en el papel. Hay una tensión sostenida debajo de la superficie, algo que el escritor sabe y que el lector intuye, pero nunca termina de ver. Por eso digo que el cuento es un trueno: seco, breve, contundente. No necesita explicarse. Llega y ya.
Sin embargo, confieso que no tolero demasiado tiempo ese tipo de lectura.
Leer cuentos me agota
Es poco frecuente que termine un libro de cuentos de una sola vez. Leo tres o cuatro, lo dejo y en otra ocasión regreso a él. A veces no lo hago nunca.
Cada uno exige una entrada nueva, un ajuste de expectativas, una disposición distinta y casi siempre termino con la sensación de no haber conocido a los personajes. Es como si el lector tuviera que morir y renacer con cada historia. Al cabo de unos cuantos, necesito un respiro. Me hace falta contexto, desarrollo, personajes que crezcan con el tiempo. Entonces regreso a las novelas.
La novela se permite más espacio. Desarrolla personajes en profundidad con una libertad que el cuento no puede concederse. En una novela puedes equivocarte dos veces y corregirte en la tercera. Puedes mostrar a un personaje en contradicción consigo mismo durante cien páginas y hacer que esa contradicción sea exactamente el tema. En un cuento no hay margen para eso. Todo tiene que estar calculado desde el principio, y lo que sobra hay que cortarlo sin piedad.
Yo lo sé porque escribo los dos. Y puedo decir que son experiencias que no se parecen en nada.
Cuando termino una novela y me siento a escribir un cuento, me cuesta encontrar el tono. Vengo de un lugar donde tenía espacio, donde podía desviarme un poco sin perder el hilo, y de pronto tengo que concentrar todo en unas pocas páginas. El primer borrador siempre me sale demasiado largo. Tengo que volver y cortar, y cada corte duele un poco porque en la novela ese material hubiera tenido cabida. En el cuento no. En el cuento lo que no es imprescindible sobra.
Sí, hay escritores que han dicho que las novelas están demasiado llenas de cosas que no hacen falta. Que son géneros inflados, que lo que de verdad importa cabe en veinte páginas. Hace unos años escuché la entrevista a un escritor que acababa de publicar su primera novela. Dijo con toda la seguridad del mundo que no escribiría ninguna otra. Que un escritor debería ser capaz de decir lo que tiene que decir en una sola. Desde entonces, ese escritor ha publicado otra media docena de novelas. A mí me parece revelador porque el ejemplo muestra que la novela te atrapa, aunque no quieras.
En mi caso, mientras escribo o mientras leo una novela me traslado a su universo con una facilidad que no he encontrado nunca en un cuento. Página a página voy descubriendo la historia, habitando sus lugares, conociendo a los personajes, aceptando a unos y rechazando a otros. Con la novela siento espacio; con el cuento, prisas. No es que uno sea mejor que el otro. Son dos formas distintas de entender el tiempo y la atención del lector. Y ninguno es un género menor.
Por eso digo que, si un cuento es un trueno, una novela es la tempestad en su total magnitud. Los dos forman parte del mismo cielo. Pero no son lo mismo, y quien los confunde probablemente no ha pasado suficiente tiempo bajo la lluvia.

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