Yo quería ser cantante

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Yo quería ser cantante. Desde los tres o cuatro años soñaba con subirme a un escenario y convertirme en la versión caribeña de Julio Iglesias. Mi madre me cuenta que las chicas de la escuela secundaria que quedaba frente a nuestra casa me buscaban durante la hora del recreo para que les cantara canciones de la película La vida sigue igual.

No recuerdo mucho de mi primera actuación frente a un público mayor. Ocurrió durante un acto matutino. Cursaba el preescolar o, a lo sumo, el primer grado —no más de cinco años—. La imagen que conservo de aquella mañana es la de los estudiantes a mis pies, mientras yo, sobre una tarima, me creía en un auténtico concierto. Me dieron un micrófono y me presenté:

—Con ustedes, Rubencito Alfonso, cantando La vida sigue igual.

¿Cuál otra podría haber sido?

No sé en qué momento aquella chispa artística se vio truncada, pero nunca más volví a cantar frente a más de tres personas. Jamás.

Jean-Paul Sartre, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, analiza la vergüenza en su obra El ser y la nada (1943) como una emoción ligada a la relación entre el yo y el otro. Para Sartre, la vergüenza no es solo una reacción emocional, sino un fenómeno existencial que revela una verdad incómoda sobre nuestra condición humana.

La célebre frase de Sartre, «La vergüenza es el reconocimiento de que uno es lo que el otro ve», encapsula la esencia de su análisis. En otras palabras, este sentimiento surge cuando nos damos cuenta de que hemos dejado de ser un sujeto libre para convertirnos en un objeto en la percepción de otro.

Cuando una persona actúa en público, ocurre algo similar. Mientras uno se desenvuelve en el escenario —ya sea literal o metafórico—, existe un momento crucial donde la mirada del otro deja de ser abstracta y se convierte en algo concreto y omnipresente.

Esta desconexión entre el «yo para mí» (cómo me percibo) y el «yo para el otro» (cómo me perciben) es el núcleo de la vergüenza. El otro, con su mirada, parece tener el poder de definirnos, de capturarnos en una imagen estática que no refleja nuestra complejidad.

La primera vez que mi nieta salió a un escenario tenía tres años. Era la más chiquitita entre todas las niñas del cuerpo de baile, la que más ternura provocaba en quienes la veían con el cabello recogido en una cola y luciendo un tutú. Se sabía la rutina de cabo a rabo. Habían ensayado durante meses y ella estaba feliz con la idea de la actuación.

Las niñas ocuparon sus posiciones, el escenario se iluminó, se abrió el telón y comenzó a sonar la música. El público se emocionaba al ver bailar a sus hijas y nietas. Tomaban fotos, aplaudían y emitían frases de admiración y afecto. Todas las niñas bailaban y parecían princesas a los ojos de sus embobados familiares. Menos, Valentina. Mi nieta se congeló, se cubrió la boca con las manos y no movió ni un músculo, hasta que ya no soportó más y rompió en llanto.

«No te avergüences de tus lágrimas, ni de tu risa, ni de tus sueños. Solo aquel que no teme ser ridículo está realmente vivo.» Esta frase encapsula una idea central en la filosofía nietzscheana: la vergüenza es un enemigo de la libertad personal y del florecimiento auténtico del individuo. Para Nietzsche, la sociedad impone normas y expectativas sobre lo que es «adecuado» o «digno». Estas reglas no solo limitan el comportamiento, sino que también moldean las emociones, incluida la vergüenza.

En cierto periodo de mi vida pude ser testigo de la rebelión del hombre ante estas reglas. Un prisionero que ya nada teme ni debe, no se doblega ante la mirada del otro. Baila con aparatosos movimientos mientras camina por una pista circular y canta a toda voz una canción desafinada. Le sonríe al viento y les habla a los pájaros. No está loco. Es solo que no le teme al ridículo y, por lo tanto, vive en libertad.

Desde luego, a Valentina nadie le recriminó por no haber bailado aquella noche.

—No pasa nada —le dijimos—. Estabas muy linda con ese traje. La próxima vez saldrá mejor.

No sé qué me habrán dicho a mí a su edad, pero no fue suficiente para que me sobrepusiera a lo que fuera que me sucedió.

Cuando tenía veintitantos años, me presenté a una prueba de canto en un hotel de Varadero. El equipo de animación necesitaba un cantante. Me pararon junto a un piano de cola que me pareció enorme y me preguntaron qué quería cantar.

—Cualquier cosa —respondí.

Al final, tocaron una canción que conocía muy bien. Uno de aquellos boleros de Manzanero que Luis Miguel popularizó en los años 90. Me la sabía al dedillo. Es más, la había estado cantando antes de salir de casa aquel mismo día. El resultado no pudo haber sido más predecible: se me olvidó la letra, las manos me sudaron, la voz se me quebró y me congelé frente al enorme y odioso piano de cola.

En Así habló Zaratustra, Nietzsche describe tres transformaciones del espíritu: el camello, el león y el niño. Es en la figura del niño donde encontramos la clave para superar la vergüenza:

  • El niño representa la espontaneidad, la creatividad y la falta de miedo al juicio externo.
  • El niño no siente vergüenza de reír, llorar o soñar, porque no está atrapado en la mirada ajena.

El desafío de la adultez, según Nietzsche, es recuperar ese estado de juego, libertad y despreocupación sin caer en la ingenuidad.

A pesar de todo, Valentina seguía siendo una niña. Tiempo después regresó al escenario. Habían transcurrido meses desde aquella fallida tentativa. Otra vez, tras muchas tardes de ensayos y expectativas, mi nieta ocupó su lugar en el cuerpo de baile: su pelo estirado, su tutú blanco con vuelos rosas, sus zapatillas doradas, su maquillaje de niña grande.

El primer movimiento era un vaivén de los brazos que semejaba olas. Luego había que juntar los dedos sobre la cabeza y hacer un giro de trescientos sesenta grados. Hasta ahí llegó. Otra vez el congelamiento y el llanto. Otra vez salió del escenario.

Luego supimos que no era vergüenza lo que sentía la niña. Era decepción. Desde su posición no pudo distinguir a su amiguito entre los espectadores y creyó que no había asistido al evento porque no le importaba que ella bailara esa noche. Para el segundo número, sus padres se aseguraron de que el niño estuviera en primera fila, a la vista de Valentina. Entonces, surgió la magia: mi nieta bailó, giró, saltó y sonrió con una risa alegre de niña triunfadora.

Valentina no estaba atrapada en la mirada ajena, como dice Nietzsche. Ella solo quería que su amigo la viera bailar. Por él y para él brilló esa noche con el brillo de las grandes estrellas.

Han pasado años desde el incidente del hotel en Varadero. No volví a intentarlo nunca más. Con el tiempo me convertí en escritor, que es una manera menos expuesta de ser artista. A veces intento tocar la guitarra o le canto canciones al oído a mi mujer, pero hasta ahí llega mi incursión en la música. No superé el desafío de la adultez que propone Nietzsche. No recuperé el estado de juego, libertad y despreocupación de un niño. Sin embargo, en mis novelas y cuentos, a veces surgen personajes que sueñan con escenarios. Y en mi vida real, todavía me brota alguna lágrima cuando veo a los artistas de mi juventud y pienso que, después de todo, no he querido ninguna otra cosa tanto como quise ser cantante.


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1 thought on “Yo quería ser cantante”

  1. No importa que no hayas sido artista para un gran público, porque para aquellos que te queremos has sido nuestro artista del amor .

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