Shakespeare y el poder como espectáculo es una idea que resuena cada vez más en la América del siglo XXI. Cualquier observador medianamente atento habrá notado que la política de nuestros días en Estados Unidos se parece demasiado al teatro. No al teatro noble, al de las grandes pasiones y los conflictos humanos, sino a ese otro, más cínico y bastardo, donde lo que más importa es el efecto que produce. No lo que se construye, sino lo que se derriba ante los ojos del público.
Basta elegir una mañana cualquiera y leer los titulares de cualquier medio para comprobarlo: decretos. Anuncios. Amenazas. Rectificaciones. Nuevos anuncios. A veces incluso la anulación solemne de lo que se firmó la víspera.
La sensación, inequívocamente, no es la de un proyecto de país, sino la de una sucesión de gestos. Como si gobernar consistiera menos en administrar una realidad compleja que en ocupar el escenario todos los días, cueste lo que cueste, aunque el decorado se venga abajo.
Es ahí donde aparece Shakespeare. Porque uno siempre vuelve a Shakespeare cuando la realidad empieza a parecer exagerada, casi mal escrita.
Y el personaje no podría encajar mejor: Ricardo III.

Un tirano moderno
Ricardo III no es solo un tirano. Es algo más moderno y, por eso mismo, más inquietante: es un director de escena. Gobierna hablando al público, conspirando de cara a la platea, convirtiendo cada movimiento en un acto, cada decisión en un golpe de efecto. No le basta con mandar. Necesita que lo vean mandar, firmar, des-firmar y volver a firmar.
En la obra del dramaturgo inglés, Ricardo no avanza convenciendo, sino atropellando. No construye consensos: los vuelve innecesarios por la velocidad. Cuando los demás todavía están tratando de entender qué acaba de pasar, él ya está en el siguiente movimiento. Ejerce la política como ráfaga y el poder como sucesión de impactos.
Con demasiada frecuencia tengo la impresión de que vivimos dentro de ese mismo mecanismo. No hay tiempo para digerir una medida porque ya viene otra encima, casi siempre más descabellada que la anterior. No hay espacio para el análisis porque el escándalo siguiente ocupa toda la habitación, y tras él llegan nuevas distracciones y más caos. El vértigo sustituye a la reflexión. Y en ese vértigo, curiosamente, es donde el caos se vuelve una forma de gobierno, o al menos una coartada.
Ricardo III entiende algo esencial: el miedo es más eficaz que el argumento, y la incertidumbre más útil que la estabilidad. Sus alianzas no se basan en ideas, sino en transacciones. Hoy te necesito, mañana quizá seas un estorbo. Todo es provisional, todo es utilitario. El mundo no es una comunidad: es un mercado de lealtades. ¿Les suena?
Resonancia en nuestros días
También en nuestro tiempo la política norteamericana parece hablarnos en ese idioma: el del trato, el del pulso, el del ultimátum presentado como negociación. No importa tanto qué se decide, sino quién cede primero. La diplomacia se parece cada vez más a una partida de póker jugada con las cartas sobre la mesa y un revólver debajo, con la diferencia de que ahora la partida se transmite en vivo.
Pero hay algo todavía más inquietante en Ricardo III: su obsesión por la escenografía del poder. Los desfiles, las demostraciones de fuerza, los gestos de autoridad que no buscan resolver un problema concreto, sino recordar quién manda. El orden público convertido en coreografía. El Estado convertido en decorado. La ley convertida en utilería.
Ricardo necesita que el reino lo vea. Y, sobre todo, que lo tema.
En Shakespeare, este tipo de poder no se sostiene solo por el villano. Se sostiene porque los demás, poco a poco, se acostumbran. Porque el horror inicial se vuelve rutina. Porque lo impensable de ayer es el titular de hoy y la costumbre de mañana. Porque incluso la torpeza, cuando se ejerce desde arriba, termina pasando por estilo.

Tal vez esa sea la parte más incómoda del espejo.
Porque Ricardo no triunfa únicamente por su astucia o su crueldad. Triunfa porque el público sigue mirando. Porque el público, en el fondo, está atrapado por el espectáculo. Y porque, de tanto mirar, acaba confundiendo el ruido con la acción y la payasada con el gobierno.
Y aquí es donde la comparación entre la puesta en escena del jorobado de Shakespeare y la del anaranjado de América deja de ser un juego literario para volverse una pregunta moral.
¿Qué pasa cuando el gobierno ya no se mide por sus resultados, sino por su capacidad de producir escenas? ¿Qué pasa cuando el poder no busca estabilidad, sino atención? ¿Qué pasa cuando el país se convierte en un escenario y nosotros en espectadores cautivos de una obra que no podemos abandonar?
En Ricardo III, Shakespeare no solo retrata a un monstruo. Retrata un sistema que lo hace posible. Un mundo donde la intriga se vuelve normal, donde la brutalidad se vuelve eficaz, donde la política deja de ser un espacio común y se convierte en una lucha de egos.
Quizás lo verdaderamente moderno de esta tragedia no sea el tirano, sino el público.
Shakespeare, como siempre, no nos advierte sobre un hombre. Nos advierte sobre nosotros. Y nosotros, de lo menos que sabemos, es de nosotros mismos.
Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.



