Una historia real de reencuentro: cuando la vida te devuelveuna amiga del alma

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Una amistad que nació sin alardes

Este artículo cuenta una historia real de reencuentro con una amiga después de muchos años. Una experiencia marcada por el tiempo, el silencio y la memoria.

La conocí por casualidad. Era la nueva amiga de un amigo mío, pero la suya era una de esas amistades que no se exhiben mucho, ni ante cualquiera —si sabes a lo que me refiero.

Nos caímos bien desde el principio. Yo tendría veinticinco o veintiséis años; ella, poco más de veinte. Comenzamos a visitarnos, primero con nuestro amigo en común como intermediario, luego por cuenta propia. Compartíamos tardes de tertulia y noches de guitarra y tragos con otros amigos que se fueron sumando al grupo.

Pronto afloró entre nosotros la complicidad. Nos hicimos confidentes, paño de lágrimas cuando fue necesario, buzón de quejas y hasta celestinas en algún momento. Con el tiempo, nuestro amigo en común dejó de serlo para ella, pero nuestra conexión no se perdió. Ya nos unía algo que era solo nuestro, algo a lo que podíamos llamar amistad sincera.

La despedida antes de volver a abrazar una amistad

A los pocos años llegó el momento de mi partida. Me iba para no volver jamás, y lo dejaba todo atrás: mi casa, mi familia, mis amigos, mis amores, mi historia entera.

La última noche antes de irme, ella vino a despedirse. Había un apagón brutal, como casi siempre. Desde mi portal miramos el cielo estrellado, y ella me señaló la constelación de Orión.

—Mírala bien —me dijo—. Desde allá no la verás igual.

Mi entusiasmo por largarme de aquel infierno era tal que no supe entender lo que mi amiga quería decirme con aquella frase.

—No seas boba —repliqué—. El cielo es el mismo en todas partes.

El silencio de los años

Desde el otro lado intenté comunicarme con ella en varias ocasiones. No era tan fácil como ahora: aún no existían WhatsApp ni Facebook.

Nunca conseguimos volver a hablar, y mucho menos vernos. Los años pasaron, y cada vez que tenía la ocasión, preguntaba a algún conocido si sabía algo de ella.

Luego me convertí en escritor, y aquella conversación bajo el cielo estrellado en una noche de apagón fue parte de la trama —y título— de mi primera novela: La ciudad de las noches sin estrellas. Nunca imaginé que ese momento marcaría tanto el reencuentro con una amiga, muchos años después.

El rastro digital

Un día, aquel amigo que también lo había sido de ella, llegó al otro lado del charco donde yo vivía. No supo darme muchas razones: apenas la había visto de lejos, alguna que otra vez, y no sabía qué había sido de su vida.

Yo continuaba revisando, de vez en cuando, los nombres en Facebook con la esperanza de encontrarla. Nada.

Hace poco, ese mismo amigo me dijo que ella también había emigrado. Alguien se lo había contado. Pero no sabía dónde se encontraba ni cómo contactarla.

Y entonces, un día cualquiera, encontré su nombre en las redes. Fui a su perfil y allí estaba ella. Algo cambiada, claro: con familia, con una vida. Pero era ella, sin duda.

Le escribí un mensaje y aguardé una respuesta durante un tiempo que me pareció eterno. Parecía no estar muy activa en eso de las redes.

El reencuentro con una amiga del pasado

Durante días abría la aplicación con la ansiedad de un adolescente esperando una cita. Verificaba si había leído mi mensaje, si había respondido, si había publicado algo nuevo.

Cuando por fin apareció el “hola”, sentí como si una puerta se entreabriera.

—Coño, me ha costado más trabajo ponerme en contacto contigo que salir de allá —le dije.

Nos reímos, intercambiamos algunos mensajes y nuestros números de teléfono. Entonces la llamé.

Ahí estaba mi amiga. La misma voz que recordaba, la misma cadencia, el mismo acento, las mismas palabras de antes. Nos pusimos al día: ¿cuántos hijos tienes?, yo dos… y tres nietos. ¿Dónde estás viviendo?, ¿y eso por qué?, ¿no te gusta Miami? ¡No puedo creer que estuvieras en Miami el domingo pasado! En serio, yo vivo por esa zona. A ver, si me mandas fotos de donde estabas, te muestro mi edificio. Ese, el que está detrás de los arcos.

Hablamos de tantas cosas. De aquellos años de juventud bohemia y desinhibida, de los tumbos de la vida, de las pérdidas que hemos sufrido y los triunfos que hemos alcanzado. Le conté la historia de mi novela, y me emocioné al rememorar aquella noche de apagón, hace casi treinta años.

Mientras hablábamos, comprendí que el tiempo no solo borra: también cuida. Guarda en silencio lo que alguna vez valió la pena, para devolvértelo cuando ya eres capaz de apreciarlo sin prisa.

—Voy a enviarte por correo un ejemplar de la novela —le dije.

—Procura firmarla con una dedicatoria especial —me respondió—. O te mato.

Después de mandarnos un millar de besos, abrazos, otros besos, saludos a los esposos y cuanta cursilería puedan imaginar, por fin cortamos la llamada.

Esa noche, con el gustillo de la conversación aún palpitando, salí al balcón. Levanté la vista y allí estaba Orión… o casi, porque desde aquí no se ve igual. No era el mismo de aquella noche, desde luego. Pero al fin estaba un poco más cerca.

Epílogo

Es que así es la vida. Unas veces apaga las estrellas… y otras, bueno, otras veces te devuelve el reencuentro con una amiga.


¿Y tú?

¿También has reencontrado a alguien importante después de los años? Cuéntamelo en los comentarios.
Y si esta historia te emocionó, compártela con alguien que aún esté buscando a Orión en un cielo sin estrellas.

Cielo estrellado con la constelación de Orión visible, simbolizando el reencuentro con una amiga del pasado y el paso del tiempo.


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