José Martí viajó en 1892 y 1894 para entrevistarse con Máximo Gómez y lograr su adhesión al Plan de Guerra Necesaria, que culminó con el levantamiento de 1895. Gómez, al principio, mostró dudas: no quería verse manipulado por intereses personales o políticos y arrastraba la amarga experiencia de la Guerra de los Diez Años. Sin embargo, Martí lo convenció con argumentos éticos y estratégicos, apelando al deber moral y a la urgencia de impedir una posible intervención de Estados Unidos en Cuba.
De este hecho histórico deriva una anécdota ampliamente difundida (aunque jamás demostrada documentalmente) sobre el siguiente diálogo entre ambos patriotas:
—¿A cambio de qué? —preguntó Gómez.
—A cambio de la ingratitud de los cubanos —respondió el Apóstol.
Todo indica que se trata de una reconstrucción simbólica, no de una transcripción literal. Varios biógrafos de Martí —entre ellos Jorge Mañach y Cintio Vitier— destacan su lucidez para prever la posible incomprensión de su labor, pero ninguno consigna esa conversación palabra por palabra.
Sea real o imaginaria, la frase nos retrata con precisión.
Mientras leía una extensa biografía de Julio Iglesias, escrita por Óscar García Blesa y llena de contexto en cada etapa de la vida del español, me topé con una anécdota tan hilarante como reveladora… o, mejor dicho, ilustrativa. A continuación transcribo el pasaje exacto:
¡Comunista, castrista, hijo de puta!
Bien es cierto que aquellas primeras aventuras americanas en 1973 de vez en cuando derivaban en peculiares momentos de zozobra. Como la vez que Julio tenía previstas varias actuaciones en la ciudad de Miami y que terminaron literalmente al borde del caos. Fraile había cerrado algunos conciertos en el teatro Gusman, el mismo que en 2001 acogería la grabación del MTV Unplugged de Alejandro Sanz, y también en una pequeña sala-cabaré llamada Montmartre.
Los dos espacios eran diametralmente opuestos: el Gusman recibía a un público distinguido, mientras que el club Montmartre lo poblaba una audiencia bullanguera, en esencia miembros de la comunidad cubana en Florida. Cuando la Orquesta del Chino ejecutó el primer número, se llenó la pista de baile. El cabaré estaba totalmente abarrotado, no cabía ni un alfiler.
Esa noche Julio Iglesias haría su primera presentación importante en Miami y su debut representaba mucho para él. A las doce en punto apareció en la pista. Después de la gran ovación que le dieron al salir, cantó unos diez minutos antes de saludar al público. El local estaba repleto de cubanos exiliados del castrismo que aplaudían una y otra vez los temas del cantante español. Eufórico, vestido con un traje de terciopelo azul, tuvo que salir hasta seis veces a saludar. Agradecido por el cariño, lanzó desde el escenario un mensaje comprometido.
Sabedor del éxito de la película La vida sigue igual en Cuba por las cartas que de allí recibía, anunció a la audiencia su deseo de viajar pronto a la isla y ofrecer un concierto «delante de muchos de los que son vuestros familiares». Tan pronto pronunció «ir a Cuba», la Montmartre se convirtió en un jaleo de proporciones homéricas. Incontrolables, los asistentes comenzaron a lanzar vasos, floreros, sillas y cubos de hielo al cantante.
Una mujer que se estaba comiendo un bistec en una mesa muy cerca de la pista se levantó con el plato en la mano y le gritó al marido:
—¿No te dije, Pipo, que este tipo era comunista? —y le tiró el bistec con plato y todo.
El resto del público seguía a lo suyo. A veces le increpaban: «¡Comunista, castrista, hijo de puta!», a lo que Julio Iglesias —según recordaba Alfredo Fraile— solo pudo responder: «¡Pero si soy más de derechas que ustedes!». Julio salió de allí por los pelos y, durante los años siguientes, sufrió el bloqueo de sus canciones en las emisoras de radio de Miami. La comunidad cubana no quería ni oír hablar de aquel español al que tomaron por castrista. Con el tiempo, la radio levantaría el veto y, como es sabido, años más tarde Miami se convertiría en la residencia del cantante. «Salí del aeropuerto de Miami en un avión especial escondido en un taxi», recordaba Julio.

Irónicamente, este episodio—protagonizado por quien terminaría coronándose como el cantante español más célebre de todos los tiempos—ilustra con precisión quirúrgica lo que insinúa la frase atribuida a Martí: somos devotos del absurdo y, para colmo, profesionales de la ingratitud. Para redondear el disparate, Julio Iglesias fue vetado también en la Cuba oficial, pero exactamente por la razón opuesta a la turba de exiliados que lo abucheó en aquel cabaré de Miami; entre unos y otros, le negaron el aplauso desde ambos extremos del mismo eje.
Atrás quedaron los tiempos de José Martí y Máximo Gómez; también los años setenta con aquella multitud bullanguera e irreflexiva que abucheaba a un jovencísimo Julio Iglesias justo un segundo después de haberlo aplaudido hasta que le dolieron las manos. Pero la irreflexión y la ingratitud persisten en nuestra estirpe como una mancha indeleble.
Ya ni siquiera vale la pena escribir sobre ello: basta mirar —o mirarnos— en los Estados Unidos durante los ultimos sesenta años, o peor, en los Estados Unidos de hoy, cada vez menos «unidos».
¿De nosotros qué se puede esperar…? Bueno, eso “ya lo dijo el Apóstol” hace más de un siglo.

Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.




