Me propuse confeccionar el catálogo de mi biblioteca. Era una idea que tenía en mente desde hacía tiempo, pero no me decidía. El domingo, desperté tarde y me convencí de que dedicaría el día a esa tarea.

Para ayudarme, descargué una aplicación móvil llamada Libib. Al mediodía, descorché una botella de vino, preparé unas tapas y subí el volumen para escuchar a Lara Fabián como es debido. Luego, desmonté el librero y comencé a escanear con mi teléfono los códigos de barras de cada libro. La aplicación reconocía, de manera sorprendente, todos los detalles: título, autor, idioma, editorial, e incluso información relevante sobre el autor y la obra.
La dificultad surgió cuando se acabaron los libros con código de barras y tuve que ingresar los datos manualmente. Ahí la aplicación móvil dejó de ser tan práctica. Más tarde, descubrí que en la página web había herramientas adicionales que no están en la versión móvil, pero para entonces solo me quedaba por catalogar un puñado de 17 libros: los más antiguos de mi colección. Casi todos eran obras completas o seleccionadas, con las hojas frágiles y sin código de barras ni ISBN. Algunos ni siquiera mostraban la fecha de publicación; otros eran de principios del siglo pasado, y sospecho que al menos dos fueron impresos en el siglo XIX, aunque no podría asegurarlo.


Para libros con esas características, las herramientas de la web de Libib tampoco fueron de gran ayuda, así que también tuve que ingresar esos datos manualmente.
Finalmente, terminé de cargar todos los títulos en la página web y descubrí, con cierto desengaño, que no poseo tantos volúmenes como creía. Apenas llego a unos 450. Claro que esta cuenta no contempla los títulos de cada obra individualmente, sino solo los volúmenes. Si consideramos que muchos de estos son obras completas o colecciones con varias obras en un solo tomo, el número sería mucho mayor. Tampoco incluí en la lista la biblioteca digital, que, aunque no es tan extensa como la física, no se queda atrás.
Lo curioso fue que, al catalogar, encontré libros que había olvidado por completo y otros que ni siquiera recordaba tener. Descubrí que, aunque aún no es tan amplia como me propongo, mi colección tiene una temática asombrosamente variada: narrativa, novela de género, teatro, cuento, poesía, fotografía, periodismo, matemáticas, ciencias, viajes, geografía, literatura infantil, clásicos, psicología, filosofía, política, música, historia, religión, gramática, diccionarios, mitología, ensayos, epístolas, biografías y diarios. La mayoría de esos libros están en español, pero también tengo muchos en inglés e incluso algunos en francés, aunque yo no leo ni hablo francés.
Hace tiempo me propuse construir una biblioteca personal con al menos mil volúmenes. Aún no lo consigo, pero cada vez estoy más cerca. No sé si, con los años, mi colección terminará dispersa por librerías de segunda mano o, peor, en los depósitos del Salvation Army. Eso lo decidirán mis hijos o, si tengo suerte, mis nietos. Me temo que mis hijos ni siquiera se tomarían el trabajo de donar o vender los libros, a menos que recibieran una oferta realmente tentadora. Pero esa será su decisión, y yo no estaré aquí para verlo, por suerte.
Mientras tanto, seguiré coleccionando libros. Ojalá llegue a mil, o cinco mil, o un millón. Disfrutaré de su presencia, de su olor a papel viejo, de sus páginas crujientes y quebradizas. Y, desde luego, seguiré fomentando el amor por la lectura en mi nieta Valentina, quien, por ahora, es la única de mi descendencia que muestra interés por el maravilloso arte de leer. Pronto crecerán los gemelos, y otros nietos vendrán, hijos de mi hijo menor. A todos les mostraré mis tesoros y les abriré los cientos de puertas mágicas que llenan mis estantes. Crecerán, formarán sus gustos y se alejarán de muchas cosas que sus padres y abuelos quisiéramos que fuesen, porque así es la vida, porque todos lo hacemos. Pero tendrán a su alcance la inigualable magia de una biblioteca, creada para ellos por su abuelo, que creyó en el poder de las historias escritas y les dejó el mejor regalo que se puede hacer: libros.
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