No siempre se puede escribir. Quienes instruyen a los que nos dedicamos a esto recomiendan hacerlo a diario, aun cuando no haya nada que decir. Pero la verdad es que no se puede.
Algunos períodos son fantásticamente fértiles, es cierto. Otros no.
Hace días que intento sin éxito escribir algo. Cualquier cosa.
Ayer comencé un lamentable escrito sobre el fútbol. Hoy sobre la manoseada palabra patria. Ambos temas patéticos y el resultado mucho más.
Quizás ser escritor no sea otra cosa que redescubrirse a uno mismo cada vez que nos enfrentamos a la página en blanco. Como buenos estoicos nos adueñamos de la reacción ante el fenómeno. Leemos más, vemos más y mejor cine, asistimos a eventos, andamos las calles, escuchamos a la gente, exploramos la vida. Porque las historias están siempre a la vuelta de la esquina. No son las semillas que plantar las que escasean, sino la energía, el arado, las manos hábiles.
Con el aire acondicionado apagado, la puerta que da al balcón permanece abierta. Por allí se cuela un viento tibio y el ruido de la ciudad. La bronquitis me aplasta el pecho. Solo en casa, entre antibióticos y jarabes, leo a Voynich y a Isabel Allende. La tos me comprime los pulmones y el ánimo.
Este sería un escenario ideal en la ficción: el escritor enfermo que escribe en solitario. Un cliché tan manido como real.
En cambio, es mi situación actual, y no funciona. Aún no lo ha hecho.
Mis energías se van por donde mismo entra la ciudad a mi casa.
Y, aun así, quiero escribir.
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