“El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”
La cita, que se le atribuye a Miguel de Unamuno sin que resista una investigación medianamente seria, refleja una opinión aceptada por muchos. Incluso yo mismo compartí en mis redes sociales una imagen de Unamuno con la cita y agregué mi propia dosis de aceptación con una sola palabra: “Indeed”.
A fin de cuentas, las citas bonitas rara vez se investigan. Y en redes sociales, mucho menos.
¿De verdad lo dijo Unamuno?
En Wikiquote en español existe una página con discusiones sobre esa frase. Allí se debate que la variante con “racismo” se le atribuye a Unamuno solo por algunas fuentes secundarias sin respaldo documental, pues es un término que no aparece en ninguna obra suya identificada. Además, el uso del término ‘racismo’ —tomado del inglés ‘racism’ o del francés ‘racisme’— era todavía poco común en el mundo hispanohablante durante los años treinta, cuando Unamuno escribía. Es decir, cronológicamente resulta sospechoso que lo usara con la naturalidad que sugiere la cita.
Todavía hay algo más.
Existe una frase, también presumiblemente apócrifa, atribuida a Pío Baroja y que reza de la siguiente manera: “El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo se cura viajando”. Si cambiamos “carlismo” por “fascismo” y “nacionalismo” por “racismo” y luego le adjudicamos la autoría a Unamuno, tenemos una frase mucho más actual y con firma elegante.
Ahora bien, que sean o no reales las firmas que se les acreditan a las frases, no le resta importancia al mensaje. Todo el mundo sabe que leer y viajar suelen ser curas infalibles para la ignorancia y la rigidez del pensamiento. Nacionalismo, racismo y fascismo son frecuentemente identificados como síntomas de esta condición.
Sin embargo, todo tiene matices y conviene profundizar en el concepto que envuelve la frase.
Leer y viajar curan. No hay dudas en eso. Pero, leer qué y viajar cómo y a dónde.
Ilustremoslo con algunos ejemplos:
Un amigo defiende con convicción la tendencia separatista y nacionalista que ha tomado su país en los años más recientes. Lee, a veces, y viaja con frecuencia.
Sus esporádicas lecturas suelen rondar el campo de la economía capitalista y algunas biografías de personajes selectos a los que el amigo admira. En sus viajes, en cambio, además de contar con muchísima mayor frecuencia que sus lecturas, acostumbra a enfocar su interés en la cocina del país que visita y en una inevitable comparación con el modelo socioeconómico del lugar donde vive.
¿Proporciona este tipo de lecturas y de viajes un remedio contra el nacionalismo?
No lo sé.
Otro amigo también lee y viaja de manera moderada. Literatura contemporánea, clásicos, poesía del Siglo de Oro español. En sus viajes este amigo ni compara ni fotografía la miseria ajena, se mimetiza con su entorno y busca conexión con la naturaleza. Sin embargo, nada de eso suaviza su inflexibilidad frente a quienes piensan diferente a él.
Los ejemplos anteriores son ficticios, aunque alguien pueda pensar que adivina la identidad de los amigos. Todos conocemos a alguien así. Podrían exponerse otros ejemplos, muchos. Ficticios o reales, similares o diametralmente opuestos. La respuesta siempre sería la misma: no sé si esas lecturas y esos viajes “curan” esa “enfermedad”. A fin de cuentas, leer el periódico del oficialismo y viajar para visitar la tumba de un dictador, es leer y viajar. Pero leer solo a Karl Marx o la Biblia y viajar al Amazonas también lo es.
Lo que sí sé, o creo saber, es que con mucha frecuencia está más enfermo quien no practica estas actividades. Y que quizás el remedio esté en lecturas que incomoden y confronten. Que obliguen a razonar con mayor profundidad y que empujen al pensamiento crítico. Y en viajes que nos expongan y reten nuestras creencias más arraigadas sobre raza, ideología, identidad, derechos y pertenencia.
O tal vez sea otra la solución. ¿Quién podrá decirlo?
Lo que sí parece que podríamos concluir sin temor a la equivocación es que resulta saludable leer y viajar. No leer cualquier cosa, desde luego. Ni viajar solo por decir que lo hemos hecho. La “cura” posiblemente está en leer y en viajar para entender el mundo, para conocer y abrir nuestras mentes, para hacer cada vez más flexible y maleable nuestro pensamiento y nuestra tolerancia. Quizás, al final, eso sí nos proteja contra el fascismo, nacionalismo y racismo. Y contra otros tantos ismos igual de dañinos.
Y nos permita entender algunas citas que, por muy bien que suenen, se apoyan en un trasfondo menos simplista. Porque comprender el contexto y leer con cuidado también pueden prevenirnos de creer las mentirillas que esconde una frase verdadera.
Lo que enseña Cervantes sobre la credulidad
Leer con ese cuidado podría, por ejemplo, ayudarnos a entender que don Quijote, en su tan popular frase, no representa más que a un personaje engañado congratulándose de su propio criterio justo antes de seguir siendo engañado. No es una sentencia serena sobre la apertura mental: es ironía cervantina sobre la credulidad.
«Ahora digo —dijo a esta sazón don Quijote— que el que lee mucho y anda mucho, vee mucho y sabe mucho.»
Don Quijote de la Mancha, Segunda Parte, Capítulo XXV.
Han pasado más de cuatrocientos años. Y mientras entendemos todo esto, seguimos como autómatas compartiendo en redes o repitiendo hasta el cansancio citas sin firma verificada, porque nos hace sentir importantes y cultos, y porque encontramos en ellas lo que ya queríamos escuchar.
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