Hace poco, conversaba con un par de amigos sobre los libros que tengo en la mesita de noche. Hablabamos de mis gustos de lectura en general, y sobre todo, sobre leer ficción. Uno de ellos soltó una frase que aún rechina:
—Leer novelas de ficción es puro entretenimiento. Es como ver películas de ciencia ficción… cosas irreales, fantasiosas, pura evasión.
De hecho, mo era la primera vez que escuchaba un comentario así. A lo largo de los años he notado una especie de menosprecio tácito hacia la ficción. Como si leer novelas fuera una actividad menor, un pasatiempo para quienes no quieren enfrentarse a “la vida real”. Como si leer una historia inventada fuese perder el tiempo.
Y, sin embargo, nada más lejos de la verdad.
¿Leer novelas? ¿Para qué?
Leer ficción no es un acto de evasión, como cree mi amigo, sino un episodio de inmersión. No es huida, sino búsqueda. En cada novela que nos atrapa, nos enfrentamos a lo que somos —o a lo que podríamos ser—. Porque, aunque el argumento sea inventado, hay algo real en las novelas. Los conflictos y las emociones. Los dilemas morales, y las decisiones difíciles. La culpa, el deseo, la vergüenza, la rabia o la ternura que atraviesan a los personajes… todo eso es real.
La ficción no se limita a ampliar el vocabulario, como ocurre con cualquier tipo de lectura. Además, la buena literatura de ficción —la que se escribe sin fórmulas, con honestidad narrativa, con carne y alma— abre la mente. Leer ficción nos entrena el pensamiento crítico (algo cada vez más escaso en estos tiempos). Y nos da herramientas para entender la complejidad humana en toda su riqueza de matices.
En una novela podemos recorrer el interior de un personaje con más profundidad de la que muchas veces logramos en la vida real. Podemos entrar, por ejemplo, en las dudas de un joven ruso que se debate entre el crimen y el castigo. En el sufrimiento de una madre irlandesa en plena posguerra. En las contradicciones de un dictador en su ocaso. En la ternura de un niño que se inventa una realidad alterna para sobrevivir al horror. Las posibilidades son infinitas.
Y también —¿por qué no decirlo?— la ficción nos da contexto. Las novelas son espejos de época. Son ventanas al clima sociopolítico en el que fueron escritas. En múltiples ocasiones, aplicable a nuestro propio tiempo. No hay mejor manera de entender una época que leyendo su literatura. ¿O acaso no comprendemos mejor el siglo XIX francés a través de Balzac, Zola o Flaubert? ¿No palpamos el desencanto del siglo XX en las páginas de Orwell, Camus o Salinger?
Pensamiento crítico en tiempos de consignas
Leer ficción es, en cierto modo, un acto de empatía. Nos obliga a salir de nosotros mismos para habitar la vida de otros. A mirar con otros ojos. A aceptar que la verdad nunca es una sola. Que cada historia tiene múltiples capas. Que lo humano —como bien lo supo Dostoievski— es contradictorio por naturaleza.
Las novelas son reflejo de los errores humanos y guía para nuestro camino individual. Se ha dicho muchas veces: conocer nuestra historia nos exime de volver a cometer los mismos errores. O algo similar.
En otras palabras, leer ficción no es un escape ingenuo, sino una forma de entrar en lo más profundo de lo humano.
Digamos, solo por mencionar algunos ejemplos, que al leer 1984, de Orwell, uno podría ser capaz de identificar la manipulación de los líderes ocultos tras el dogmatismo institucionalizado. O que, en otro ejemplo, El color púrpura o Matar a un ruiseñor nos muestran una realidad histórica que deberíamos tener en cuenta antes de emitir ciertos juicios extremadamente prejuiciados sobre la negritud y su conducta.
Es en estas páginas —en apariencia ficticias— donde se nos revela lo más incómodo: que muchos seres humanos prefieren el grito fácil del caudillo carismático a la complejidad del pensamiento libre. Que resulta más cómodo repetir consignas que leer entre líneas. Que hay una peligrosa fascinación contemporánea con figuras que, disfrazadas de salvadores, nos conducen al borde del abismo. Y lo peor: que ese borde nos resulta, incluso, familiar.
Quizás leer ficción sea, en última instancia, el remedio más eficiente contra la ignorancia y la vulnerabilidad frente a los caudillos de nuestra época, y la manera más radical de cortar los hilos de marioneta que nos atan en esta sociedad repleta de información e ignorancia, a partes iguales. El pensamiento crítico que exige la lectura seria es lo opuesto al fervor ciego que hoy se disfraza de patriotismo, de fe o de sentido común.
Ficción y contexto histórico: más vigente que nunca
Por eso, no, amigo mío. Leer novelas no es como ver películas de ciencia ficción. O mejor dicho: ojalá lo fuera. Ojalá las películas de ciencia ficción tuvieran la densidad, la carga simbólica y la complejidad emocional que muchas novelas logran.
De los dos amigos con los que hablé aquel día, estoy seguro de que uno no leerá este artículo. No es su estilo, y lo entiendo. Pero el otro —el que comparó la ficción con la fantasía sin sustancia— tal vez sí lo lea. Y si lo hace, espero que le haga pensar. No para que cambie de opinión por mí, sino para que se cuestione la suya con un poco más de rigor. A veces, solo eso basta para que la lectura haya cumplido su propósito.
Por eso, entrañable amigo, quizás deberías intentarlo con más frecuencia. No sé… Puede que El reino de este mundo, Otra vez el mar, Casa de muñecas, Los miserables, Rebelión en la granja, La peste, El rojo y el negro o Crónica de una muerte anunciada te resulten reveladoras. Podría ser que tú —que eres una persona con una extraordinaria capacidad de aprendizaje, a la que erróneamente llamamos inteligencia— descubras lo vulnerable que eres a la hora de emitir juicios y dejarte seducir por propagandistas elocuentes.
Así es, querido amigo. Leer novelas de ficción es ahondar en la naturaleza humana y conocerse a uno mismo dentro de un universo absurdo donde no es saludable bajar la guardia ni abandonar el pensamiento crítico. Porque, en todo caso, si algo nos enseña la buena ficción, es a dejar de lado los juicios rápidos. A cuestionar nuestras certezas. A entender que hay más de una manera de mirar el mundo.
Y si eso no es un acto profundamente real, no sé qué lo sea.

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