Julio Iglesias: el ídolo que también fue mío

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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En Mediarueda.blog suelo escribir reseñas de los libros que leo, pero en esta ocasión no voy a escribir sobre un libro. Lo haré sobre el personaje. Sobre el ícono de la música popular romántica que ha roto todos y cada uno de los récords imaginables para alguien con sus características artísticas.

Se trata de una reveladora y extensa biografía de Julio Iglesias, escrita por Óscar García Blesa y publicada por Penguin Random House en 2019. ¿El título?
Julio: La biografía.
¿Cuál otro podría haber sido?

Portada del libro 'Julio: La biografía' de Óscar García Blesa, con el título en letras doradas sobre fondo blanco y una imagen de Julio Iglesias con una expresión reflexiva en un traje oscuro.

En 2020, mi esposa me regaló un ejemplar en tapa dura por el Día del Padre. A pesar de la curiosidad que siempre me ha generado la vida y carrera del cantante español más popular de la historia de la música, no fue hasta cinco años más tarde que, por fin, comencé a leerlo.

Para escribir de Julio —o sobre él— debo comenzar diciendo que mi admiración empezó hace más de medio siglo. Tendría yo unos cuatro años (1973 o 1974) cuando vi La vida sigue igual. Desde entonces, Julio se convirtió en mi cantante favorito, y no faltaron ocasiones durante mi niñez en que interpretara sus canciones en actos escolares, ni años de adolescencia en que soñara con ser un cantante como él, aunque nunca me atreví a intentarlo en serio. Me faltó temple para enfrentar mi timidez.

Lo que sí sucedió con Julio —o con sus canciones— es que estuvieron muy presentes en todas, o casi todas, mis primeras conquistas. Ya fuera cantándolas yo mismo, en un tono lastimero e íntimo con el que enamoré a más de una chica, o mediante una grabación con la voz del artista, con el mismo tono, pero mucho más afinado, romántico y —a todas luces— más eficiente para mis propósitos.

Julio nació el 23 de septiembre de 1943, y yo el 1 de octubre de 1969. Cualquiera que crea en las coincidencias astrológicas notará que compartimos signo: Libra, que es también el título de un disco suyo de 1985. La vida sigue igual, película que impulsó lo que sería la carrera más extraordinaria de un artista latino se estrenó en 1969, el mismo año en que nací. La primera vez que asistí a un concierto de Julio Iglesias fue en Sunrise, Florida, el 29 de julio de 2003. Yo tenía 33 años —como el título de una de sus canciones más representativas—. Por si estas coincidencias fueran pocas, mi esposa y yo comenzamos nuestra relación un 23 de septiembre, día del cumpleaños del cantante, por lo que nuestro aniversario coincide con el de Julio.

Hace algunos años, Julio Iglesias visitó una emisora de radio en Miami, como tantas otras veces. Mi esposa, que en aquella época trabajaba muy cerca de la emisora, fue a conocer al artista. Después del programa se tomó fotos con él y le pidió que me saludara mediante una llamada telefónica.

—Espera, que te va a hablar Julio Iglesias —me dijo mi mujer cuando respondí al teléfono mientras aparcaba el coche frente a mi oficina.

—Hola, guapa —dijo él—. Me da mucho gusto saludarte. Gracias por tu fidelidad con mi música —concluyó.

Yo solo conseguí decir un “hola” que posiblemente Julio no escuchó. Además, me había dicho “guapa”, seguramente pensando que se dirigía a una chica. Pero a mí nada de eso me importaba. Julio Iglesias me había hablado. El ídolo de mi niñez se había tomado el trabajo de saludarme por teléfono.
¡Aquello era la gloria!

Viví mis primeros 27 años en un país donde hasta soñar era censurable. En la mente de un joven que no sabía qué hacer sin música a su lado, y que además era fan de un artista internacionalmente famosísimo, la idea de ver a su ídolo delante quedaba relegada precisamente a eso: un sueño imposible, pero recurrente, perenne, hiriente. Por eso, años después, ya en un país libre, cuando asistí por primera vez a un concierto de Julio Iglesias, no permití que nadie de quienes me acompañaban me hablara durante el espectáculo. Creo que casi no pestañeé por no perder un solo segundo de aquel sueño imposible con el que había vivido toda mi vida.

Julio estaba ahí, frente a mí. Cantando las canciones que me sabía casi mejor que él. Repitiendo los movimientos que yo conocía al dedillo: el micrófono sujeto con la mano izquierda para mostrar su perfil derecho (el bueno), la otra mano en la boca del estómago como si le doliera cantar, los ojos cerrados o entreabiertos seduciendo al público, el mentón ligeramente elevado y aquel inimitable “oea” con el que adornaba ciertas frases.

Fue el primero de los tres conciertos de Julio a los que he asistido, todos en la ciudad de Miami o sus alrededores. En el último habló con el público casi todo el tiempo en inglés, y muchos se quejaron de que, en una ciudad como Miami, donde predomina el uso del español, Julio utilizara el inglés. A mí me daba igual que hablara en inglés o mandarín. Era Julio Iglesias, y eso lo justificaba todo.

Durante muchos años creí conocer la biografía del cantante de Me va, me va. Sabía que le asusta viajar en avión (aunque no lo crean), que es supersticioso y le teme a las tijeras y a los gatos negros. Conocía el nombre y apellido de sus padres, de su hermano, de su esposa Isabel y de los tres hijos que tuvieron. Sabía cuál es su perfil bueno, su signo del zodiaco, su fecha de nacimiento, el título de todos sus discos con el año de lanzamiento. Incluso, al escuchar cualquiera de sus canciones podía asegurar a qué disco pertenecía y en qué año había salido al mercado.
¡Era un crack!

Pero mis fuentes de información eran escasas. Alguna entrevista o comentario de la radio americana en frecuencia FM, cuando conseguíamos sintonizarla desde la orilla de la playa de Varadero, o un ejemplar de ¡Hola! que alguien había conseguido quién sabe cómo y me había prestado para que leyera sobre mi ídolo de siempre.

Al fin, con la biografía escrita por Óscar García Blesa descubrí muchísimas cosas que ignoraba de la vida del artista latino más popular que haya existido. Sobre todo en lo referente a su carrera, su extraordinaria disciplina y su incansable perfeccionismo. Tras más de medio siglo de haber vivido admirando hasta el ridículo a Julio Iglesias, ahora lo hago con mucha mayor intensidad… o con mayor claridad.

A pesar de lo que muchos puedan pensar, Julio no siempre la ha tenido fácil. Ha sido un hombre con suerte, desde luego, y con una capacidad extraordinaria para tomar las decisiones correctas en el momento preciso. Eso, junto a su inquebrantable disciplina, lo ha llevado a alcanzar un éxito descomunal. Pero no todos los días han sido soleados para él. Deberían leer el libro para descubrir los momentos más álgidos de su vida, los errores —que también hubo muchos—, los desengaños, las traiciones, el rechazo que a veces sufrió y hasta la falta de confianza en sí mismo:

Todo lo que canté hasta ahora era pura mierda.

Respecto a sus colaboraciones con las grandes voces de la canción, Julio era modesto en la época:

«He tenido la oportunidad de cantar con los mejores cantantes del mundo. A su lado yo solo aprendo, aprendo y aprendo.»

En aquellos años, Julio dudaba de sus habilidades como cantante, diciendo que en los setenta cantaba muy mal, “como el culo”. En una entrevista, contaba que cuando Stevie Wonder vino a España, la prensa le preguntó:

—¿Ha cantado ya con Julio?

A lo que Stevie, con mucha desenvoltura, respondió:

El día que aprenda.

Sin embargo, Fernán Martínez —quien fuera jefe de prensa y relaciones públicas del cantante durante los años 80, y que contribuyó a posicionar a Julio como una figura mediática global— pensaba diferente:

“Julio Iglesias es uno de los cantantes más afinados que existen. Su melodía es universal. No entra nunca antes ni después: siempre en el momento preciso, y nota enseguida si un instrumento de la orquesta desafina.”

Pero a todo se repuso Julio, incluso a sus propias dudas. Como un buen Quijote. Y por eso conquistó el mundo como nadie más lo ha logrado hacer.

Julio Iglesias ha cantado en cada rincón del planeta. Ha hecho dúos, o ha compartido escenario, con las figuras más relevantes de su época: Willie Nelson, Frank Sinatra, Charles Aznavour, Vicente Fernández, Lola Flores, Plácido Domingo, Eros Ramazzotti, José Luis Rodríguez, Dolly Parton, Diana Ross y sí, Stevie Wonder también cantó con Julio.

La lista es solo inferior a su extensa suma de éxitos.
En 2019, cincuenta años después de haber ganado el festival de Benidorm que abrió las puertas a su carrera, las canciones de Julio Iglesias eran escuchadas en algún lugar del mundo cada 30 segundos.

Repitamos eso:

2019: cada medio minuto, en algún lugar del mundo, suena una canción de Julio Iglesias.

Cada vez que su carrera tocaba un punto en el que parecía haber llegado al tope, Julio se arriesgaba más, se exigía más, se estiraba más. Para lograrlo, muchas veces se unió a figuras relevantes y talentosas que vieron en él el impulso necesario para sacar adelante proyectos que rompieron récords y crearon magia.

Uno de los muchos ejemplos es La carretera, un disco de Columbia/Sony Music lanzado en 1995, que vendió cien mil copias el primer día y convirtió a Julio en el primer artista en alcanzar el disco de platino en solo veinticuatro horas. Solo en España —que jamás fue su mercado más favorable— vendió medio millón de discos y ocupó el primer lugar en las listas durante semanas, superando incluso al HIStory de Michael Jackson. Todo esto con un artista que cantaba canciones de amor, con un estilo meloso y tristón, y que llevaba veintisiete años recorriendo el mundo.

Pero si algo ha definido la carrera de Julio Iglesias ha sido precisamente su capacidad de arriesgarse sin abandonar su estilo.

Por eso, al año siguiente se aventuró con un disco de tangos titulado, simplemente, Tango. Fue una apuesta osada, apoyada por Ramón Arcusa, Donato & Estéfano, Manuel Alejandro y Roberto Livi. Mezclando el sonido de bajo electrónico, batería e instrumentos clásicos, logró un efecto distinto al tango tradicional, y el resultado fue un material excepcional. Tango alcanzó los seis discos de platino en España con más de 600,000 copias vendidas. En Argentina, la repercusión fue tal que el diario La Nación relacionó el incremento del turismo en Buenos Aires con el disco:

“La enorme publicidad que se está realizando sobre el disco de Julio Iglesias ha provocado un enriquecimiento de información sobre Argentina. Los turistas que llegaron el último año a la capital marcaron un récord de ocho millones, mientras que el año anterior la cifra fue de cuatro millones.”

Los riesgos y aciertos de Julio Iglesias son tantos que sería absurdo intentar resumirlos aquí. Sigue siendo el artista latino más internacional, el más premiado y el que más records ha implantado. Pero contarlo está lejos de lo que pretende este escrito. Para eso existen otros libros, y existe —por supuesto— la biografía que me impulsó a escribir esto. Una biografía que presenta a Julio no solo como la indiscutible e inigualable estrella internacional que es, sino como un ser humano. Con defectos, temores, anhelos y secretos.

Su relación con Enrique, el hijo menor de su matrimonio con Isabel. La complicidad y el amor hacia su padre. Las mujeres —incontables— que pasaron por su vida. Las noches de insomnio. Los éxitos mundiales. Sus opiniones políticas. Su olfato empresarial. Sus problemas de salud. Sus amigos influyentes. Su temor al paso del tiempo. Su dedicación al público y a su carrera. Sus arrepentimientos, desalientos y añoranzas.

Estas y muchas cosas más se exponen en el libro de Óscar García Blesa y hacen que la leyenda Julio Iglesias se nos muestre como lo que es: un ser humano de carne y hueso. Alguien que se equivoca, pero que acierta mucho más. Alguien que teme, que llora, que sufre, y se siente un hombre solo… a veces. Pero que no se rinde, que lucha, que sabe muy bien lo que quiere de la vida y tiene las agallas para exigírselo, para peleárselo… y finalmente, para arrebatárselo.

Hace ya cerca de cincuenta y tres años que admiro al artista más grande que haya dado la música latina.
Desde ahora, también admiro al hombre.
Al padre que no siempre lo hizo bien.
Al esposo infiel que amó profundamente, a pesar de todo.
Al empresario, al visionario, al hijo devoto, al soñador romántico, al truhán… y al señor.

¡Al Quijote de un tiempo que no tiene edad!

Hoy, Julio ya no canta en grandes escenarios como antes, pero su figura permanece intacta en la memoria de millones. Su legado no necesita más giras ni discos: está grabado en las vidas que tocó, en las historias de amor que acompañó, en las emociones que aún despierta.

A él va este escrito, como tributo a una vida llena de éxitos.
Como quien devuelve un regalo a quien le ha hecho soñar y vivir a través de sus canciones y su música.

Bravo, Julio… eres el mejor.

Porque nos hiciste creer que el amor podía cantarse. Y porque, aunque el tiempo pase, tu voz seguirá sonando… cada treinta segundos, en algún rincón del mundo.


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