Corrijo mis textos con la IA que destruyó los libros
BBC Mundo publicó esta semana un inquietante artículo sobre el Proyecto Panamá, el plan de Anthropic para entrenar su IA a costa de la destrucción de libros antiguos de los que se conservan muy pocos ejemplares.
Qué fue el Proyecto Panamá de Anthropic
El Proyecto Panamá era el plan secreto de la empresa Anthropic para escanear destructivamente todos los libros del mundo, revelado a fines de julio por documentos internos desclasificados en la demanda que le siguen varios autores. La nota de la cadena británica sobre este proyecto recoge el testimonio de Marçal Font, un librero de Badalona que recibió un pedido inusual el 30 de abril, quien teme que algunos de los ejemplares más raros del mundo desaparezcan para siempre. No obstante, hay otros que creen que la digitalización garantiza la conservación y perpetuidad de libros que, en definitiva, son muy escasos, frágiles y están al alcance de muy pocas personas.
Más que preocupación o tranquilidad por la digitalización de libros con ese fin, yo siento inquietud por lo que hacemos como sociedad.
Si una inteligencia artificial se alimenta con un apetito tan voraz que es capaz de consumir todo lo que el hombre ha escrito, llegará el momento en que pueda predecir y sustituir por completo la narrativa humana. No hay que ser demasiado inteligente para adivinarlo. Es fácil. Basta con leer lo que se publica actualmente: notas de prensa, artículos en blogs, publicaciones en muros personales, poesía gratis en redes sociales… en cualquiera de esos casos puede advertirse, cada vez con mayor frecuencia, un patrón con la inconfundible firma de una IA.
Cómo detectar un texto escrito por una IA
Un método infalible para detectarlo es usar la IA de manera personal, con la suficiente frecuencia y prestando la adecuada atención. Pronto se descubrirán cosas elementales. La primera y más recurrente es la negación antes de la afirmación, del tipo “No es que no sean grandes avances de la humanidad, es que las nuevas tecnologías pueden poner en jaque la creatividad del hombre”. Otra tendencia casi constante en estos impersonales y deshumanizados textos generados por la IA es argumentar siempre según la regla de tres. Si esto lo escribiera una IA, por ejemplo, ahora diría “No es que utilice cuatro o cinco ejemplos, es que siempre concentra la argumentación en solo tres ejemplos: la rapidez de ejecución, la eficacia en la entrega y la exactitud de los datos”. ¿Se entiende, verdad?
La IA que corrige mis textos aprendió con libros destruidos
En mi trabajo como escritor empleo muchísimo la IA. Primero fue ChatGPT, luego Claude. También uso Gemini, Synthesia, Luma y otras muchas herramientas similares que ofrecen distintas posibilidades.
Lo curioso de esto es que el Proyecto Panamá del que habla la nota de la BBC es de Anthropic, la misma empresa que hace Claude, y su propósito documentado era enseñarle a Claude a escribir bien. O sea que yo mismo corrijo mis textos con una IA que aprendió a escribir con los libros que destruyeron. Este artículo lo he escrito sin el uso de ninguna inteligencia artificial. Cuando por fin lo revise con una de esas herramientas para detectar fallas, la IA sugerirá cambios que, si los adopto, podrían alterar de manera considerable la esencia de mi artículo y mi voz de narrador. Ese es el riesgo: la deshumanización de la narración.
Como usuario frecuente de la tecnología temo que, si no estamos alerta frente a la IA, nos convirtamos en su instrumento, y no al revés. Claude, ChatGPT o la herramienta que uses se alimenta de lo que le vamos dando, de nuestro estilo, de las palabras que solemos usar, del tono con que escribimos y de nuestra visión de la vida. Al principio, sus observaciones y sugerencias nos parecen una bendición porque nos ahorran un montón de tiempo, trabajo y dinero. O eso creemos porque nuestros textos quedan siempre mucho mejor después de pasar por una revisión con IA. Sintaxis, ortografía, gramática, adjetivación, repeticiones de palabras, claridad en la narración. Todo lo que un corrector humano puede hacer con lo que escribimos, la IA lo hace por una suscripción de $20 al mes, siempre que sepamos hacerle las preguntas correctas, desde luego.
Lo que perdemos si bajamos la guardia
En un mundo donde casi todos buscan exposición inmediata por el camino del menor esfuerzo posible, la IA ofrece un pasaje seguro. De no prestar atención, y sospecho que la mayoría no lo hará, dentro de una década, o algo más, leeremos muy poco escrito de forma íntegra por un humano. Los textos serán todos iguales, con los mismos patrones narrativos, puntos de vista políticamente correctos y muy poco o nada desafiantes.
Existe algo más preocupante que la desaparición de un buen puñado de libros antiguos: que seamos nosotros los entrenados y no los entrenadores.
No es que la IA sea mala o que no podamos aprovecharnos de ella, es que no debemos ceder a las máquinas la principal característica que nos diferencia de ellas: la capacidad de imaginar mundos, de narrar historias, de comunicarnos mediante la palabra escrita.
¿Se entiende, verdad?
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