Es sabido por muchos —o al menos repetido hasta el cansancio— que las sociedades tienden a deteriorarse. Lo dicen los viejos, una y otra vez, con un puñado de frases que se transmiten de época en época, de generación en generación: “En mis tiempos eso no pasaba”, “La juventud está perdida”, “Ya no es como antes”, “Estamos muy mal si así son los jóvenes de hoy”.
En estos años de reguetón, redes sociales, mala educación y una apabullante ignorancia, las cosas parecieran estar peor que nunca. Atrás quedaron aquellos días en que cualquier estudiante de secundaria podía nombrar los continentes del mundo, mencionar al menos tres presidentes internacionales y ubicar media docena de capitales y ciudades importantes. Duran Duran, U2, Phil Collins, Elton John y tantos otros han sido sustituidos por Bad Bunny y una camada de artistas que, más que diferenciarse, parecen reproducirse con exactitud. Comparten una misma marca: una mediocridad musical de pésimo gusto y sin ninguna estética.
No es de extrañar, entonces, que en un mundo donde las niñas de doce años están más interesadas en que sus padres les regalen un implante de senos que unas vacaciones en Roma, y los chicos prefieren jugar Fortnite o Call of Duty toda la noche antes que corretear a una chica, la lectura sea un animal desconocido para las nuevas generaciones.
Y, sin embargo, este fin de semana ocurrió algo que acaso renueve la esperanza que creía perdida.
Nos visitaron unos familiares, acompañados por una pareja de amigos y su hija de catorce años. Gente común, con gustos populares y un modo de actuar muy acorde con las tendencias actuales. Son buenos amigos de mis parientes y, aunque nos conocíamos desde hace algún tiempo, era la primera vez que venían a mi casa.
—Mira, mamá… ¡cuántos libros! —dijo la niña al entrar al salón y ver el librero que cubre una de las paredes.
No fue un comentario casual. Se detuvo frente a los estantes y empezó a recorrer con la vista los lomos, sin atreverse a tocar ninguno.
—¿Tú los has leído todos? —me preguntó, con una mezcla de asombro y desconfianza.
—Casi todos —le respondí con una sonrisa—. Algunos más de una vez. Otros los tengo pendientes. Y hay unos pocos que están ahí solo como parte de mi colección.
Asintió en silencio, como quien se enfrenta por primera vez a algo que no entiende del todo pero intuye importante. Al fin pasó el dedo por un lomo: Crimen y castigo. Luego sonrió un poco, seguramente al reconocer algún título.
—¿Te gusta leer? —le pregunté, y ella asintió.
La madre me aseguró que la niña leía muchísimo. Lo dijo con cierto orgullo, como si fuera algo que quisiera mostrar al mundo. El padre le dijo a su hija que soy escritor, y entonces la niña me miró con ojos brillantes… o eso quise creer.
—¿Y qué lees? —volví a preguntar—. ¿Qué tipo de libros te gustan?
—De vampiros —respondió.
—Pues muy bien —le dije—. Sigue leyendo, y antes de que te des cuenta verás que ya has leído muchos más libros de los que he leído yo.
Le compartí una frase que Irene Vallejo escribió en su libro El infinito en un junco, y sonrió con una mezcla de timidez y entusiasmo.
En ese momento, mientras nos dirigíamos al balcón, mi prima —la que los había acompañado— se acercó y, casi en susurro, me dijo:
—Mi hijo también lee.
Era como un reclamo. Como si dijera: “¡Ey, yo también estoy aquí!”. El niño, de mejillas redondas y mirada inquieta, me observaba esperando mi reacción. Le hice la misma pregunta que a su amiga:
—¿Y tú qué lees, campeón?
—Libros de superhéroes —respondió sin titubear, con una seguridad que me enterneció.
—Eso está muy bien —le dije—. Sigue leyendo todo lo que te guste. Los libros son como portales secretos: uno nunca sabe a dónde pueden llevarte.
Asintió con una sonrisa que parecía esconder una pequeña misión personal.
Entonces sí, con el alma un poco más liviana, me dediqué a hacer de anfitrión. Pasamos la velada en el balcón, al fresco de la noche. La niña no volvió al estante, pero antes de irse, mientras los despedía, le repetí la frase de Vallejo y la animé a seguir leyendo. A mi primito también le dije que lo hiciera.
No sé si lo harán. Tal vez, con el paso del tiempo, lo olviden, ahogados entre TikToks, influencers y música repartera cargada de groserías y mensajes que empequeñecen a la mujer. Pero por un momento, al menos por un instante, vi en sus ojos lo que alguna vez vi en los míos: la intuición de que hay algo más allá. Más allá del ruido, más allá de la moda, más allá del algoritmo. Una promesa muda que espera entre las páginas. Y con eso, por ahora, me basta.
¡Tal vez no todo esté perdido!

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