Estaba condicionado para no hacer nada. Quiero decir, no hacer nada que no fuese por decisión propia. Nada que no resultase de un deseo personal, de una auténtica motivación egoísta: Leía, fumaba puros, tocaba la guitarra, preparaba cócteles exóticos y platos internacionales, y a veces, escribía. Algunas tardes bajaba a la playa con una botella de vino y esperaba a que el sol se ahogara en la lejanía del mar.
Mientras la mayoría se dejaba esclavizar a cambio de unos pesos con los que costear una vida de mierda que no satisfacía el anhelo de libertad, yo vivía con lo justo gracias a la modesta renta que me proporcionaba una inversión previsora, efectuada a tiempo.
La vida era simple.
Aquella mañana había visto en internet una entrevista a un expresidente que gozaba de cierta popularidad, más por su filosofía de vida que por su carrera política. Le envié a una amiga un fragmento de la entrevista, con lo que decía el personaje sobre autoesclavizarse a cambio de unos mangos y vivir regidos por el mercado de consumo. No reaccionó como esperaba: que si a ella le gustaba su trabajo, que si la satisfacción que encontraba en lo que hacía a diario no se podía comparar con una vida inútil, que si ella no pensaba en el dinero, que ya querría verme ella a mí sin la renta esa que ganaba sin hacer nada, que todos no tenían la suerte que tuve de comprar propiedades que les generaran ganancias mensuales.
Lo siento, le dije, y no volví a responder a otros mensajes que me envió y que preferí no leer.
Por la noche encontré sobre la mesa del salón la novela que había estado leyendo durante los últimos días. Marcada en el capítulo ocho, el penúltimo, me la llevé hasta la biblioteca, y me senté en el sillón orejero, de espaldas a la puerta de la terraza entreabierta. Con la mano izquierda acariciaba el mullido cuero marrón mientras sostenía el libro con la derecha. Pronto me ganó la historia que leía y, poco a poco, me fui desligando de mi entorno, con la cabeza arrellanada en el acolchonado respaldo. La voz de la heroína se mezclaba con el arrullo del mar que se colaba por la oquedad de la puerta. La disyuntiva era intensa: la herencia del avaro tío pasaría a manos de la mujer. El testamento que encontró en el cajón del escritorio así lo decía. Pero el viejo no se moría nunca y ella ya no esperaría más.
Mis ojos recorrían agitados las páginas con la reflexión de la protagonista y presentía que ya todo había sido decidido. Hasta la taza de té estratégicamente colocada sobre la mesilla de noche, el somnífero que le entregó la sirvienta, la silueta marcada sobre la cama. Nada había sido olvidado para dejar constancia de su presencia en aquel lugar y a aquellas horas. Y, sin embargo, todo evocaba la abominable destrucción de otro.
No miró atrás al salir. Tomó el camino de la playa. Los pies descalzos dejaban apenas sus huellas sobre la hierba húmeda que brotaba en la arena. No había cerca por el lado que daba al mar, y la casona se ofrecía como un pastel. Con el revólver quemándole el pecho, se abrió paso entre los setos y llegó a la terraza. El murmullo del océano le susurraba palabras inteligibles al oído y la brisa le izaba el batín de cama como una vela.
Dos escalones. Pisó la loza fría del porche, una puerta siempre entreabierta a esa hora, y luego la biblioteca, con libros que apestaban a humedad y a encierro. Entonces, la respiración sostenida como un acorde en fa mayor. El revólver firme en la mano. La luz tenue de una lámpara de pie recortaba el contorno del sillón orejero de cuero marrón. Y allí, la cabeza de un hombre que leía.

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