Mientras reflexionaba sobre la mal llamada «lectura obligatoria», Borges aconsejaba que, si un libro nos resultaba tedioso, no lo leyéramos, pues eso significaba que no había sido escrito para nosotros. O, al menos, no para el nosotros que éramos en ese momento. Tal vez el libro en cuestión había sido escrito para un nosotros que aún no existía, uno futuro, que llegaría más tarde.
Puede que algo similar me ocurriera con El ruido de las cosas al caer, novela con la que Juan Gabriel Vásquez ganó el Premio Alfaguara en 2011. Lo compré en la Feria del Libro de Miami, el 19 de noviembre de ese mismo año. Me lo entregó el propio autor, firmado con un mensaje parco, genérico, pero amable:
«Para Rubén, con mi saludo cordial en Miami.»
Al llegar a casa, lo dejé en el librero, donde permaneció durante 12 años y dos meses sin que volviera a tocarlo. No es que me resultara tedioso, claro que no. Ni siquiera lo había hojeado. Estaba allí, tranquilo en su rincón, esperando el día en que apareciera el yo para el cual el libro había sido escrito.
Ese día llegó en febrero de 2025, después de ver en Instagram un fragmento de una entrevista a Vásquez sobre su más reciente novela. Recordé que tenía un libro suyo y, por fin, me decidí a leerlo.

«Este hombre no ha sido siempre este hombre», pensé. «Este hombre era otro hombre antes». Tan pronto conoce a Ricardo Laverde, el joven Antonio Yammara comprende que en el pasado de su nuevo amigo hay un secreto, o quizá varios. Su atracción por la misteriosa vida de Laverde, nacida al hilo de sus encuentros en un billar, se transforma en verdadera obsesión el día en que este es asesinado. Convencido de que resolver el enigma de Laverde le señalará un camino en su encrucijada vital, Yammara emprende una investigación que se remonta a los primeros años setenta, cuando una generación de jóvenes idealistas fue testigo del nacimiento de un negocio que acabaría por llevar a Colombia —y al mundo— al borde del abismo. Años después, la exótica fuga de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder, es la chispa que lleva a Yammara a contar su historia y la de Ricardo Laverde, tratando de averiguar cómo el negocio del narcotráfico marcó la vida privada de quienes nacieron con él. El ruido de las cosas al caer es la historia de una amistad frustrada. Pero es también una doble historia de amor en tiempos poco propicios, y también una radiografía de una generación atrapada en el miedo, y también una investigación llena de suspense en el pasado de un hombre y el de un país.»
Esto dice la contraportada del libro.
En efecto, la novela narra una amistad frustrada, una historia de amor y el retrato de una generación. Es una obra muy bien escrita, con altos y bajos, todo sea dicho. Su narración está llena de simbolismos, desde el título hasta la reflexión final del protagonista. Las descripciones son extraordinarias y el manejo del lenguaje es excelente.
“Vásquez lo ha dicho en las innumerables entrevistas que le han hecho desde marzo pasado, cuando ganó el premio Alfaguara. En una de ellas, publicada en El País, sostiene que el libro buscaba responder dos preguntas: «¿cómo marcó a una generación ser contemporánea de ese negocio?, y aún más interesante, ¿cómo lo hizo con quienes no tenían nada que ver, pero coincidieron en el mismo espacio geográfico con el negocio?». La respuesta salta a la cara del lector a cada vuelta de página de la novela”
Así aparece escrito en una reseña de Fernando Urueta en razonpublica.com. Y tiene razón. Estas y otras respuestas, explícitas o implícitas, saltan a la cara del lector durante toda la narración. Tal vez eso es lo que hace que una novela gane un premio. Yo, sin embargo, me intereso por otras cosas.
Borges decía en la misma reflexión sobre la lectura obligatoria a la que hice referencia al comienzo de este escrito, que «…La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir—, yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer.»
Yo me mantengo fiel a su creencia. La lectura es una forma de felicidad, un goce: la lluvia resbalando por el lomo del hipopótamo, las razones de Aura, las ganas de no dormir sola de Maya, los billares de la calle 14 con Laverde en la mesa del fondo, el ingenuo romanticismo de Elaine, la cobardía de Yammara. Todo en una narración deliciosa, con pinceladas de humor y destellos de coloquialismo.
Eso, eso es lo que produce goce. Y una cierta forma de felicidad.
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