No suelo publicar artículos políticos en Media Rueda. Quienes me leen con regularidad lo saben: este blog navega otros mares, más personales, más existenciales, más íntimos. Y aunque mis opiniones políticas son firmes y definidas, he preferido mantenerlas al margen de este espacio. Sin embargo, hay momentos en que el silencio se parece demasiado a la indiferencia, y uno no puede seguir escribiendo sobre lo humano sin tocar lo urgente. La situación actual del país donde vivo —cada vez más alarmante, más cerrada, más autoritaria— me impulsa a hacer una excepción. Este texto nace de esa necesidad.
Hubo un tiempo en que creí, como muchos, que la protección era sinónimo de cuidado. Que un Estado que protege a su gente, a sus empresas, a sus productos, es un Estado que vela por los suyos. Hoy ya no lo creo. No por desilusión ideológica, ni por simpatías políticas. No. Lo he hecho por una razón más cruda: he visto lo que pasa cuando se confunde protección con encierro. Cuando se levanta un muro, no para resguardarse de un ataque real, sino para esconder los propios miedos, los propios fracasos, las propias mentiras.
He aprendido que toda política proteccionista sostenida en el tiempo lleva consigo una promesa falsa: la de que podemos vivir sin el otro.
El proteccionismo comienza con buenas intenciones. Una crisis económica, una amenaza externa, una competencia “desleal” que pone en peligro lo nuestro. El discurso es siempre seductor: cuidemos a la industria nacional, a los trabajadores, a nuestras tradiciones. Y es cierto que hay momentos donde es necesario el resguardo. Pero si el encierro se vuelve doctrina, si deja de ser un recurso puntual para transformarse en ideología, el precio que se paga es altísimo. Y, muchas veces, irreversible.
Japón, durante el periodo Edo, cerró sus puertas al mundo durante más de dos siglos. Casi nadie entraba ni salía. Lo llamaron sakoku, el país cerrado. Sobrevivieron, sí, pero al precio de un estancamiento brutal. Cuando finalmente se abrieron, el mundo les llevaba siglos de ventaja.
En el siglo XX, el nazismo abrazó la autarquía con fervor. Alemania debía producirlo todo, depender de nadie. La idea parecía patriótica, pero detrás se escondía otra ambición: conquistar nuevos territorios para abastecerse. El “espacio vital” no era una necesidad agrícola; era una excusa. Y la historia sabe bien, adónde llevó esa excusa.
Cuba, mi isla, mi herida, eligió el encierro por convicción. Y luego, por costumbre. Lo disfrazó de resistencia. De dignidad. De heroísmo. Y yo no niego que hubo en sus inicios una voluntad sincera. Pero el tiempo ha demostrado que el encierro no emancipa. Asfixia. Las fronteras cerradas empobrecen más que los bloqueos. Y el proteccionismo, sostenido durante décadas, ha producido generaciones que no saben competir, que no conocen otra forma de producción que la sobrevivencia, ni otra forma de discurso que el adoctrinamiento.
El problema no es solo económico. Es existencial.
Una nación que se encierra termina, tarde o temprano, persiguiéndose a sí misma. El otro ya no es solo el extranjero que no comprendemos; ahora es también el vecino que disiente, el colega que propone abrirse, el joven que pregunta por qué no. Y así nace la tiranía. No como un golpe, sino como una cadena de pequeñas decisiones que, una a una, fueron justificadas en nombre del bien común.
Y entonces empieza la conversión paulatina —pero implacable— en dictadura:
Se ataca a la prensa que no repite el discurso oficial. Se tilda de enemigo a quien opina distinto. Se vetan libros por considerarlos peligrosos o “ajenos a nuestra realidad”. Se obstaculiza la inmigración porque el extranjero se vuelve sinónimo de amenaza. Se recortan recursos a las artes, a la literatura, a la investigación científica, porque pensar, crear, dudar… se vuelve subversivo.
Cuando un gobierno se encierra, no solo clausura fronteras: cierra mentes, clausura preguntas, criminaliza la curiosidad.
Un país que levanta muros siempre acaba mirando con sospecha a quien propone derribarlos.
Recuerdo una frase que escuché alguna vez: “Cuando todo el mundo es enemigo, es que el enemigo está dentro.” Me parece una forma perfecta de describir lo que ocurre en las naciones proteccionistas que derivan en totalitarismos. El problema ya no es el mundo exterior: es cualquiera que no repita el mantra. Cualquiera que no acepte que estamos mejor así, solos, pero «puros».
He visto cómo los regímenes que empezaron hablando de justicia social terminaron vigilando a sus propios ciudadanos, como si la justicia solo pudiera imponerse con miedo. He visto cómo los gobiernos que prometieron dignidad acabaron acusando de traidores a los mismos aliados que los ayudaron a levantarse.
Y todo en nombre de proteger algo.
La paradoja es cruel: cuanto más se protege el Estado, más frágil se vuelve el ciudadano.
El proteccionismo crea industrias obsoletas, ideas inamovibles y discursos que ya no dialogan con nadie. Porque cuando se vive con las ventanas cerradas, el aire se vuelve rancio, y la gente se acostumbra a no respirar.
El encierro, incluso el que se justifica por amor a la patria, nunca redime. Lo sé. Lo hemos visto. Y, sin embargo, volvemos a tropezar con la misma piedra.
Hoy, cuando algunos defienden la fórmula mágica de cerrarse, endurecerse, protegerse del mundo, yo me pregunto: ¿qué estamos realmente protegiendo? ¿A quién beneficia el encierro?
Porque la historia, esa vieja maestra que nunca grita, pero siempre advierte, ya nos mostró cómo terminan los países que confunden soberanía con paranoia, identidad con cerrazón, patria con exclusión.
Yo no quiero un país que se encierre para protegerse. Quiero uno que se abra para fortalecerse. Que reconozca que crecer es también aceptar el riesgo de mirar hacia afuera, de intercambiar, de escuchar al otro.
Porque solo quienes se atreven a respirar, aunque el aire venga de lejos, pueden verdaderamente vivir.

Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.



