CAJONES ABIERTOS

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Escribir sobre ella nunca ha sido tarea fácil. Sería fácil caer en la cursilería o en la adulación. Incluso, no sería extraño sucumbir a la banalidad de frases hechas, repetidas hasta el cansancio en novelas románticas o poemas insustanciales. No, escribir así sobre ella sería una injusticia.

Mejor decir la verdad.

Decir, por ejemplo, que acostumbra a dejar los cajones entreabiertos. Que a menudo, cuando rodeo la cama siguiendo mi planificado esquema corporal, me golpeo la espinilla con el cajón de su lado. Que jamás recuerda bajar la cortina del ventanal, donde el sol de mediodía se cuela sin piedad. Que me cuesta encontrar los cuchillos en su lugar porque siempre los deja en el lavavajillas. Y que pocas veces recuerda repostar gasolina antes de regresar a casa. Escribir así es ser objetivo y sincero. Es hacerle honor a una mujer de carne y hueso, que ya no es la jovencita que conocí en sus veinte, pero que sigue siendo tan real y auténtica como siempre.

Su figura no es la de antes, por supuesto. Hoy no cabría en aquel ceñido vestido gris que tanto me gustaba. La madurez de su cuerpo revela años de ilusiones y esfuerzo. Es una mujer que ha recorrido un largo camino. Sensualmente madura y atractiva. Una mujer con curvas que no pretende disimular con artificios. La firmeza de su piel es un testimonio de todas sus victorias y derrotas.

Pero escribir sobre ella con la verdad por delante también significa contar que es el alma de mi casa. Que cuando ella enferma, el techo parece caerse. Que cuando enfermo yo, si ella no está, no hay salvación.

Hablar de ella es hablar de amor: esposa, madre, abuela… amante.

Su mirada sigue siendo clara, como faro en los momentos oscuros. Sus manos, siempre tibias, son un refugio seguro. Y su risa, mi alegría. Con su voz siempre encuentro el consuelo, la certeza de que “todo va a estar bien”.

Escribir verdades sobre la mujer con la que he estado 24 años significa decir que cuando todo se ha vuelto oscuro, ella ha empujado el carro conmigo. Hombro con hombro. Sueño con sueño. Miedo con miedo. Su paciencia ha moldeado mi carácter, su optimismo ha curado mis dudas, y su ilusión ha sido mi salvación.

Ella ha hecho suyas mis batallas perdidas y ha abrazado mis cicatrices como si fueran propias. Yo me he alimentado de su energía, de su felicidad, de su equilibrio. Ella me ha dado ilusiones, y yo le he confiado las riendas de mi existencia.

Ya lo ven. Escribir sobre ella nunca ha sido tarea fácil. Se podría caer en la cursilería y la adulación.

Han pasado casi dos décadas y media desde aquella noche en Café Iguana. ¿Por cuánto no habremos pasado desde entonces? Aun así, nuestras tardes siguen siendo una celebración: un Martini, un queso, un baile en la sala, una canción susurrada al oído:

“Lía con tus brazos
Un nudo de dos lazos
Que me ate a tu pecho, amor”.

No, claro que no somos los jóvenes de antes. Sin embargo, somos mejores amantes. Las marcas en nuestros cuerpos nos recuerdan que hemos cruzado juntos el fuego y hemos salido adelante, siempre unidos.

Pronto celebraremos un nuevo aniversario. Lo haremos a nuestra manera, sin convencionalismos ni premeditación, con la libertad de siempre y la certeza de que será solo uno más entre muchos por venir.

¡Feliz aniversario, grande amore mio! Que la vida siga premiándome con tu presencia. Que el mundo continúe girando sin detenerse, porque, a fin de cuentas, el mundo no sabe cuánto te amo.

¿Qué va a saber el mundo?

¿Qué podría saber de nuestras noches de insomnio, de nuestros sueños inconclusos? ¿De nuestros amaneceres, de nuestros errores, de nuestros pequeños triunfos, de nuestras cartas de amor…?

No cambiaría un solo segundo de nuestra aventura. Ni siquiera los cajones abiertos. No cambiaría una sola cortina sin plegar, ni un solo tanque de gasolina vacío, ni un solo cuchillo en el lavavajillas. No lo haría, porque hacerlo sería cambiarte a ti. Sería entonces, renunciar a tu risa, a tu pelo suelto en mi hombro, a tus ojos verdes como el mar y a tu amor infinito.

No, amore. No cambiaría nada de lo que hemos vivido. Pasarán los años y envejeceremos juntos. Nuestros cuerpos cambiarán, y nos cansaremos de tanto andar por la vida. Pero al final del camino, nos tomaremos de las manos, y sin necesidad de palabras, nos lo diremos todo.


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