Bentham, Harari y dos casos reales para sostener que el derecho no existe y solo impera el poder.
De las muchas ficciones colectivas que hemos adoptado como sociedad una de las más manoseadas y aceptadas es el derecho: derecho al voto, derecho al aborto, derecho a portar armas de fuego, a ser felices, a expresarnos sin represión, al respeto ajeno. Derechos humanos.
¿Existe el derecho como objeto natural? No creo que nadie pueda demostrar que existe.
En todo caso, se trata de una construcción social operante. Que millones crean en algo vuelve a ese algo socialmente aceptado y hasta eficaz, pero nunca real. Dicho de otra manera, lo que existe es la creencia, no lo que se cree.
En 1796 el filósofo, economista y jurista inglés, Jeremy Bentham, llamó a los derechos naturales “disparate sobre zancos” o “sinsentido sobre zancos”, según la traducción que se consulte. Pero Bentham hizo distinciones de “derechos”. Liquidó de un plumazo los derechos naturales y conservó los legales; mi tesis es que el segundo grupo no se sostiene mejor que el primero. Yo soy más de creer lo que hace veinticuatro siglos dijo Trasímaco de Calcedonia, en La República: lo justo es lo que conviene al más fuerte.
Un ave no vuela porque tiene más derecho a hacerlo que un hombre o porque cree en su vuelo. Lo hace simplemente porque puede. Su poder, en ese particular, es superior al del hombre y como dueña de este lo ejerce.
Hay muchas maneras de ejemplificar que el derecho no existe más que en la mente de los hombres y que solo impera el poder. El padre que golpea a su hijo o a su esposa no tiene mayor o menor derecho a hacerlo, pero tiene el poder de hacerlo. De la misma manera que el policía tiene el poder de apresar a ese padre por su abuso o a la esposa por provocar la ira del hombre, según su propio criterio. El padre pega porque puede, el policía actúa porque puede.
A mediados de julio de 2026 el New York Times publicó una nota relacionada con un hombre “expulsado” del apartamento donde vivía. Se trataba de Mendel Uminer, estudioso y escritor judío, que dormía en un colchón en el suelo de su estudio en el Upper East Side de Manhattan. En un espacio de 56 metros cuadrados el inquilino acumulaba unos 10.000 libros. Una cantidad que posiblemente rondara las diez toneladas de papel. Según The New York Times, la administración del edificio le avisó que violaba una obligación de su contrato de arrendamiento al mantener el apartamento en condiciones de hacinamiento severo, permitir una sobreacumulación de libros y crear un riesgo de incendio. Mendel Uminer no atendió a la advertencia y pronto comenzó el proceso de desalojo. El hombre decidió pelearlo en tribunales, pero al final sintió que tendría que irse de todos modos.
Internet reaccionó —al menos entre los amantes de los libros— con apoyo y solidaridad al coleccionista y apelando, desde luego, a su “derecho” a tener cuantos libros quiera. Para muestra de ello basta con leer los comentarios en el post de Irene Vallejo en su página de Facebook el 17 de agosto.
Sin embargo, hay una pregunta que estos entusiastas no se hacen o por lo menos no responden: ¿qué hay del “derecho” del vecino de Uminer a no ser incinerado? ¿Qué hay del “derecho” del propietario del edificio o del apartamento a mantener el inmueble libre de la amenaza de semejante peso y del potencial incendio que estos libros puedan desatar?
Mendel Uminer no abandonó su estudio porque no tenía derecho a mantener en él su descomunal biblioteca. Se fue porque abandonó la batalla legal. Abandonó frente a un poder superior y para convencerse de que la decisión era personal dijo que no quería estar donde no lo quieren.
En Sapiens, Yuval Noah Harari sostiene que los derechos humanos forman parte de su lista de ficciones compartidas junto a los dioses, las naciones, el dinero y las corporaciones. En otras palabras, no existen derechos humanos, del mismo modo que no existen dioses ni naciones —salvo en la imaginación colectiva de los seres humanos. Tal vez el ejemplo más ilustrativo que utiliza para defender su posición el historiador, filósofo y escritor israelí es su lectura de la Declaración de Independencia: “todos los hombres son creados iguales” no es una verdad autoevidente sino un mito, porque la biología no reconoce igualdad ni derechos, solo organismos que evolucionaron.
La tesis del israelí es que Homo sapiens domina el mundo no por una cuestión de derecho sobre el resto de los seres vivos, sino por simple poder. Un poder que ha ganado por ser el único animal capaz de cooperar en masa alrededor de ficciones compartidas que nadie ha visto.
Las ficciones que nos creamos como sociedad permiten que millones de desconocidos cooperen y, por lo tanto, se fortalezcan como conjunto. Un grupo de tortugas no se inventa una bandera así como una manada de elefantes no se inventa una declaración de derechos internacionales.
Harari llama a estas creencias asociadas a los sapiens ficciones compartidas; yo creo que ese nombre es demasiado amable. El derecho es una idea que creemos que es un hecho. Una ficción que se ignora a sí misma no es una ficción, es una mentira.
Uno de los numerosos casos que así lo demuestran es el de Mario Costeja González.
Mario Costeja González fue un ciudadano español que en 2010 exigió ejercer el “derecho al olvido” y a la protección de datos personales frente a la indexación permanente en motores de búsqueda.
Con su pleito Costeja González sentó un precedente al recibir una sentencia, en 2014, que obligó a Google a retirar enlaces obsoletos con sus datos y estableció el criterio para toda la UE. Pero el caso en sí mismo demostró la fragilidad del derecho: exigió cuatro años de batallas legales contra una corporación transnacional para borrar un anuncio de subasta por deudas ya saldadas.
Costeja pudo pelear. Pudo aguantar. Pudo ganar. Pero para la inmensa mayoría de los ciudadanos que no cuentan con la capacidad o los recursos de Costeja, la omnipresencia técnica de los algoritmos y la recopilación automatizada de datos vuelve prácticamente inalcanzable el ejercicio efectivo de ese mismo derecho. Derecho que, por su propio nombre, no podría ser más abstracto e imaginativo.
Todos los días vemos cómo los “derechos” que hemos inventado son pisoteados por el poder tangible y eterno. Ha sido así desde siempre, posiblemente desde que dos o más homo erectus se reunieran. La historia se ha encargado de demostrarlo con los feudos, las monarquías, la esclavitud, la inquisición religiosa, las dictaduras, los ejércitos, empresas, familias y todas y cada una de las formas de gobiernos que han existido.
Sin embargo, si adoptamos la idea de que el derecho que tanto defendemos no existe más que en nuestra imaginación, debemos aceptar también la creencia de que tampoco el agravio existe. Esto es, quizás, la más escabrosa e incómoda de las verdades.
Sin derechos reales la esclavitud no fue una violación de ningún derecho. Dejó de existir para dar paso a poderes mayores: religiosos, dictatoriales, corporativos, políticos. La abolición total no ocurrió por el descubrimiento de una verdad sino por cambios de poder y por variaciones en el equilibrio de fuerzas a nivel mundial. Ningún esclavo fue liberado por respetar su derecho sino porque al poder no le interesaba más.
La propia historia subraya mi tesis con el ejemplo ilustrativo del autor de Sapiens, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. En el segundo párrafo del documento aprobado el 4 de julio de 1776, en su versión original dice:
“We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.”
Sin embargo, el poder de aplicar con arbitrariedad esta sentencia a blancos y negros seguía en manos de quienes la redactaron.
La solución, creo, es adoptar algo de las teorías de Camus: vivimos en un universo absolutamente indiferente y caótico.
Nosotros, sin embargo, nos empeñamos sin éxito en moldear dicho universo a nuestra imagen y semejanza. No aceptamos que la vida es un instante en el presente y no la idea que nos hacemos de ella. De ser así, su propósito es momentáneo y espontáneo. Efímero.
Camus se detuvo justo antes de llegar a esta conclusión de que en un universo indiferente todo es posible. Yo no veo la razón para detenernos y pienso que ocurre lo contrario. Todo pasa, siempre que el poder lo respalde. La historia así lo demuestra.
En un universo con esas características es imposible que exista ningún derecho.
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