Helena de Troya. Ni negra, ni rubia, ni de Troya.

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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De La Odisea de Nolan han hablado hasta las once mil vírgenes. Fui a verla el día del estreno y tengo mi opinión, desde luego, pero hay tantas dando vueltas que dudo que alguien esté esperando una más. De lo que sí voy a escribir es de la controversia. De una de ellas, porque hay tantas como reseñas.

Lupita Nyong’o es Helena de Troya.

Aviso desde el principio: aquí no pienso ser políticamente correcto. Eso de la corrección política me resbala cada vez más.

Helena era espartana, no troyana

Primero lo primero.

Helena no era troyana. Era espartana, de la región de Laconia, en la Grecia continental. Si existió —lo más probable es que no, pero quién sabe—, habría pertenecido a los griegos micénicos, el pueblo aqueo del Bronce Tardío. La Guerra de Troya se sitúa en torno al 1200 a.C. La cultura dominante en el sur de Grecia era entonces la micénica. Un estudio de ADN antiguo publicado en Nature en 2017 encontró que los micénicos tenían una base genética mayoritaria, más del setenta y cinco por ciento, procedente de los primeros agricultores neolíticos del Egeo y Anatolia occidental, con aportes posteriores del Cáucaso, Irán y los pastores de la estepa euroasiática. Los frescos de la época apuntan en la misma dirección: gente de aspecto mediterráneo, piel bronceada o clara, pelo castaño o negro, ojos oscuros.

Eso deja un margen bastante estrecho de colores de piel. Ni muy muy, ni tan tan.

Homero no describe a Helena

Ahora lo interesante, y aquí voy a llevarle la contraria a media internet, incluida la mitad que defiende mi propia posición:

Homero no describe a Helena. No hay retrato físico de la mujer más famosa de la literatura occidental. El poema le concede apenas un puñado de adjetivos: de hermosos cabellos, de bellas mejillas, de brazos blancos, de largo peplo. Y «de brazos blancos» —leukolenos— no prueba nada: es una fórmula fija que se le aplica igual a Hera y a Andrómaca, encaja cómoda en el hexámetro y lo que señala es posición social, mujer que no trabaja bajo el sol. No es un certificado de pigmentación. Tampoco vale citar el «rubia» que anda circulando en las redes; ese epíteto es de Menelao y de Aquiles, no de ella. Homero la deja en blanco a propósito. Cada lector le pone la cara.

El caso de Memnón, el rey etíope

Entonces, ¿de dónde sale mi objeción? De Memnón. Con perdón por tanto “nón”

En su página de Facebook, la escritora Irene Vallejo recuerda al rey Memnón, guerrero etíope que peleó en Troya. Y tiene toda la razón: en el mundo griego hubo hombres y mujeres de piel oscura, y algunos fueron figuras mayores. Negarlo sería desconocer la historia. Pero la tradición marcó a Memnón. Registró su origen, lo puso en los relatos, lo pintó en la cerámica. Su procedencia era parte de quién era, y a nadie se le ocurrió borrarla.

Con Helena eso no ocurre. Aunque no aclara que era blanca, tampoco dice que fuese negra. Ni el texto, ni la iconografía, ni la genética, ni la geografía lo sugieren. Es un argumento de silencio y lo asumo como tal. Pero, tratándose de una cultura que sí anotaba la diferencia cuando la había, ese silencio dice bastante.

Los defensores de la decisión de Nolan tienen algunos puntos válidos. El primero, que además es gracioso: si aceptamos sin pestañear que Helena era semidiosa, hija de Zeus y de una mujer preñada por un cisne, no deberíamos tener mayor problema con el color de su piel. El segundo, más serio, es que un clásico está siempre a disposición de quien lo adapte. Nolan puede hacer lo que le dé la gana. Nadie discute eso. Lo que se discute es otra cosa.

No es la actriz, es el atajo

Creo que lo que molesta no es la actriz. Lupita Nyong’o es de una potencia enorme y sus aptitudes están fuera de debate. Lo que molesta es la percepción de una inclusión impuesta, cada vez más frecuente y cada vez más obvia, que sustituye el trabajo de contar historias nuevas por el atajo de repintar las viejas.

Con la Sirenita se puede discutir. Ariel es una sirena inventada por un danés en 1837; no tiene arqueología ni ADN, y ahí la conversación es de otro tipo. Precisamente por eso irrita que se metan todos los casos en el mismo saco, como si objetar una cosa obligara a objetar la otra.

Pero, una Helena de Troya —o, más propiamente, Helena de Esparta— negra me parece tan anacrónica como el Jesús rubio de buena parte de la iconografía cristiana, o como un T’Challa de ojos azules y melena dorada en Wakanda.

La historia está llena de hombres y mujeres de piel oscura que hicieron aportes extraordinarios a la épica y a la humanidad. No hace falta prestarles identidades ajenas para reconocer lo que fueron. Eso no solo es un fraude: es también una forma elegante de decirles que lo suyo no alcanzaba.

Reconstrucción de la posible apariencia de Helena de Troya en la Grecia micénica, con piel mediterránea, cabello oscuro y rasgos del Egeo de la Edad del Bronce.


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