Ayer cumplí 55 años. La mayor parte del día la pasé solo, conmigo mismo. Hay que saber vivir con uno mismo. Ya sé, parece una frase hecha, algo trillada. Un lugar común, diríamos en literatura. Pero su fuerza es tal que resulta inevitable repetirla.
Un día diferente
Sabía que este cumpleaños sería diferente. No sería como los de los últimos cinco, seis o incluso diez años. Esta vez no habría viajes ni celebraciones extraordinarias. Mi mujer tampoco podría eludir su jornada laboral, así que me tocó disfrutar de mi propio tiempo.
Empecé mi día desayunando en Narbona, dedicando todo el tiempo necesario a mi té negro con leche. Luego, di un paseo por las calles de Coconut Grove y, como siempre, terminé entrando en Books and Books. No tenía intención de comprar libros, me había prometido bajar mi lista de lecturas pendientes antes de adquirir otro más. En el coche llevaba la última novela de García Márquez, En agosto nos vemos. No necesitaba ningún libro adicional.
Una mañana de tranquilidad
Dentro de la librería, un grupo de niños, no mayores de diez años, llamó mi atención. Parecían ser parte de un club de lectura organizado por su escuela. La guía les hacía preguntas y ellos, de manera asombrosa, respondían distinguiendo claramente entre biografía y autobiografía, ficción y no ficción, cuento y novela.
Uno de los chicos preguntó el precio de un libro que le interesaba, y al oír que costaba $22.99, soltó un silbido que lo decía todo.
Después de disfrutar escuchando a los niños y deambular por la librería, decidí marcharme. Al final, terminé llevándome El portero, de Reinaldo Arenas, y El arte de la novela, de Milan Kundera. Dejé los libros en el coche y saqué el de Gabo. El calor del mediodía estaba por volverse insoportable, pero en Coco Cigars and Lounge el clima era perfecto. Solo había un cliente, absorto en su móvil mientras fumaba. Elegí un cigarro maduro, pedí un expreso y me acomodé en una butaca al fondo.
Allí, me sumergí en la lectura de En agosto nos vemos mientras quemaba lentamente las hojas de mi puro. Pasaron las horas sin que me diera cuenta, hasta que terminé con ambos: el cigarro y el libro.

Un regalo para mí mismo
En Miami World Center decidí regalarme unos lentes hexagonales de Ray-Ban, con cristales polarizados y oscuros. Era mi día, después de todo.
En la tarde recogí a mi esposa en su trabajo. Al llegar a casa, me encontré con mi hijo y mi cuñada, quienes me esperaban con una botella de vino lista para ser servida. A medida que avanzaba la tarde, llegaron otros invitados y se abrieron más botellas. No faltaron las llamadas de amigos y familiares. Finalmente, el cumpleaños tomó su forma tradicional: la torta con velitas, los abrazos, las felicitaciones y el clásico «que cumplas muchos más».
Reflexión: vivir con uno mismo
Me alegró que vinieran los que vinieron y que llamaran los que lo hicieron. Pero, siendo honesto, mi cumpleaños habría sido igual de especial si nada de eso hubiera sucedido. He aprendido a disfrutar de mi propia compañía, a encontrar placer en las pequeñas cosas y a crearme un mundo a medida.
Hay que saber vivir con uno mismo, ya lo he dicho antes. Yo lo sé hacer. Y tú, ¿sabes hacerlo? Cuéntame…
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