Por supuesto que allí hubo mucho más que tan solo aburrimiento, pero de qué serviría intentar explicarlo ahora.
Bajo el único árbol del patio se reunía un grupo selecto de residentes. No se diferenciaban del resto por otra cosa que no fuese el país donde nacieron. Eran cubanos, y como tales, entre ellos abundaba una actitud de sabelotodo, crítica y autosuficiencia. Por aquellos días, el grupo estaba compuesto casi siempre por siete u ocho personas. Sin embargo, había otros tres o cuatro que se acercaban. Pasaban un rato bajo la todavía empobrecida sombra del árbol. En cuanto tomaba vuelo algún tema espinoso, se alejaban con indiferencia gatuna.
Mi estancia sería corta, pero la mayoría tendría que permanecer más tiempo, algunos demasiado. Fue uno de ellos quien me acogió, por decirlo de alguna manera. La cama que me asignaron quedaba frente a la suya. Éramos los únicos dos cubanos en aquel dormitorio lleno de boricuas. Enseguida hicimos conexión. Me paseó por las instalaciones explicándome las normas oficiales y extraoficiales. Me presentó al encargado de la lavandería. A este debía pagarle una tarifa mensual si quería que le dedicara atención especial al lavado de mi ropa. También me llevó a ver al barbero, este también cobraba por su servicio. Ambos eran boricuas. ¿Qué días trabaja la barbería? Le pregunté al Fígaro de Puerto Rico. Todos los días, respondió con una sonrisa afable en su cara de gordo bonachón. Todos menos los viernes. Los viernes se bebe, agregó.
A la hora de la cena sirvieron una pasta infame cubierta por un pegote de carne molida. Era una comida asquerosa. Lo primero que me vino a la mente fue la cena en mi casa durante la noche anterior. Había chipirones al ajillo, chorizo español salteado con pimientos y cebolla, pan italiano, y vino francés. Sonreí ante lo irónico del recuerdo.
A medida que pasaban los días, me fundía con mi entorno. Intentaba mimetizar con las rutinas y costumbres de aquel sitio. Aprendía los códigos ocultos, el lenguaje en clave, los horarios oficiales, las prohibiciones estandarizadas. Aprovechaba las horas muertas para observar la conducta humana.
Lo primero que se hizo evidente fue la división territorial. En la esquina noreste del patio se encontraba the Cuban’s tree con su tronco rodeado por sillas plásticas marcadas con nombres, y donde se reunía el mencionado grupo de cubanos. Este grupo podía dividirse en dos pequeños conjuntos. Los chicos malos, o los que se creían malos, o los que actuaban como si fueran malos. Y los que sabían que no eran malos. Los primeros eran tan predecibles como un Evangelio y tan falsos como unas nalgas de silicona.
Los boricuas solían reunirse frente al salón de las computadoras, en el extremo sur. Desde allí gozaban de una perspectiva mucho más amplia. Esta vista les dejaba controlar el panorama en caso de que necesitasen vigilancia para contrabandear. Además, el salón de las computadoras hacía las veces de escondite. Ahí se guardaban algunas cosas que era preferible mantener fuera de la vista.
Los negros, por su parte, se agrupaban frente a la fachada norte. Eran minoría y lo sabían, por eso apenas se hacían notar. Con el transcurso de los días, adopté la costumbre de ver con ellos el show de Steve Harvey cada noche. Lo veíamos en el televisor del pabellón del patio.
La rutina era opresiva. Cualquiera con un mínimo de interés y algo de observación podía anticipar dónde se encontraba. También podían anticipar qué estaba haciendo alguien según el momento del día. Sin embargo, a mí me costaba encontrar el ritmo. Antes me habían advertido que me alejase de las tres G: gangs, games, gays. Por eso, y porque suelo ser un tipo raro en muchos sentidos, no participaba de ningún juego. No jugaba Baloncesto. Tampoco jugaba Billar, Ajedrez, Ping pong o Racquetball. Tampoco me ejercitaba detrás de la cancha de Racquetball. Los forzudos habían improvisado unas pesas, a falta de alternativas, con tarros de mayonesa rellenos con arena. Me sentaba a la sombra del árbol, eso sí. Intentaba meditar. Trataba de reflexionar y pensar. Pero no pasaba mucho antes de que alguien interrumpiera mi momento de soledad con cualquier absurdo e insustancial tema de conversación. La mayoría de las personas no sabe vivir consigo misma y no concibe que otros sí sean capaces de hacerlo. La mediocridad necesita compañía.
Aquello era, en resumen, un espacio muerto en medio de un mundo vertiginoso y afiebrado, como una de esas áreas sin cobertura en donde mas de uno no conseguiría sobrevivir ni dos horas. El aburrimiento de algunos en alquel lugar olvidado de la mano de Dios era tan palpable que en ocasiones parecía que cargaran con él sobre los hombros, como si se tratase de un pesado mantón. Sin quererlo y sin darme cuenta, yo iba camino a lo mismo cuando por fin descubrí la biblioteca.
El local siempre había estado allí, pero por una de esas razones que nadie era capaz de explicar, había permanecido cerrado desde mi llegada hasta que por fin volvió a abrir sus puertas. No se trataba de una biblioteca elegante o sofisticada. Era más bien un pequeño cuarto con estantes de pino y cartón en las paredes y montones de libros mal acomodados. Había mucho de autoayuda y otro tanto de religión. Bestsellers con cubiertas brillantes y títulos con letras a relieve de color dorado, novelas de vampiros, libros de leyes, diccionarios de diversas lenguas, atlas geográficos, novelas de Corín Tellado y de Pablo Coelho, algunos libros de historia, tratados legales y constitucionales.
La gente entraba a leer el periódico, The Herald y El nuevo Herald, y a ver una película en el televisor que colgaba en la pared del fondo, y a conversar al amparo del aire acondicionado sin tener en cuenta que aquel era un lugar concebido para la lectura y el silencio.
Allí descubrí una sección más o menos interesante de literatura que pronto me brindó el respiro que necesitaba, y una ventana por donde extender las alas de mi imaginación y poder al fin volar.

Leí con la intensidad con que no lo había hecho antes, acumulando con ello en mi repertorio lector una gran cantidad de títulos:
- Los cuatro acuerdos
- Perspectiva desde el puente
- Dr. Jekyll y Mr. Hyde
- Esperando el diluvio
- Los misterios de La Habana
- Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar
- Cuatro mil semanas
- La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada
- El turno del escriba
- Codicia
- 1984
- Las intermitencias de la muerte
- El francotirador paciente
- Rojo y Negro
- Proust
- Gata encerrada
- La multitud errante
- Muerte del inquisidor
- El rey Lear
- Hombres buenos
- Pompeya
- La misteriosa llama de la reina Loana
- El observatorio
- El coronel no tiene quien le escriba
- La casa verde
- El hereje
- Basura
- La piel del tambor
- La sospecha
- La breve y maravillosa vida de Oscar Wao
- Visitantes inesperados
- Cien años de soledad
- La hojarasca
- Rayuela
- El sastre de Panamá
- La balada de la reina descalza
- El clan de los insomnes
- Norwegian Wood
- Bajo las ruedas
- Trópico de cáncer
Cuarenta títulos que no dicen mucho fuera del contexto en que fueron leídos. Cuatro decenas de libros. Dos o tres que ya había leído. Unos que no merecía la pena leer. Otros que no sé cómo no los había leído antes. Una pequeña montaña de papel y tinta me permitió atravesar paredes de bloques y franquear alambradas. Libros que me infundieron sueños, independencia, paz mental y libertad.

Fueron obligados meses de retiro y de reflexión en donde conocí a personajes de todo tipo. Algunos de ellos muy interesantes y que probablemente utilizaré en las ficciones que suelo escribir. Otros insignificantes personajillos que nada aportaron y nada merecen. A los menos de todos los recordaré con agrado. A la mayoría los olvidaré en cuanto deje de escribir estas líneas. Recordaré, seguramente siempre, los amaneceres que disfrutaba a diario sosteniendo en mis manos una improvisada taza de café. Recordaré el canto de los sinsontes que anidaban en las ramas del árbol del patio. Las horas de reflexión y el inmenso anhelo que me invadía todo el tiempo. El rugido de los leones del Zoo que llegaba hasta donde estaba al amanecer y antes de anochecer. La briza de las tardes en que contemplaba un sol anaranjado enterrandose en el horizonte. Con un té en las manos y pensando en ella. Siempre en ella.
Por supuesto que allí hubo mucho más que tan solo aburrimiento, pero de qué serviría explicarlo ahora. Qué objetivo tendría hablar de peligros. De miserias. De trampas, de abuso de poder, de malas condiciones, de injusticias, de insalubridad, de desengaños, traiciones, abandono, tristeza, incertidumbre… Ya habrá tiempo para escribir sobre eso. Por el momento es mejor recordar que conocí a algunos hombres buenos y bien intencionados. Que hablé con ellos de ilusiones y de planes futuros. Que la separación impuesta me unió aún más a quienes más quiero. Y que recordaré, sin lugar a dudas, la salvación que me dieron los libros, la literatura, la magia. Y la libertad que ofrecieron las miles de páginas que pasaron ante mis ojos durante ese período.
Es por ello que puedo decir una vez más, que la literatura me salvó. Aunque esta sea una frase trillada, y en mi caso, otra de las tantas maneras de decir en vano lo que en vano trato de decir.

Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.




3 thoughts on “HAY MUCHAS FORMAS DE DECIR EN VANO LO QUE TRATO EN VANO DE DECIR.”
Excelente relato. En definitiva la vida se hace eterna cuando pasa a ser literatura. Eso has hecho.
Una etapa de la vida que sirve para afianzar convicciones, principios, aspiraciones y sueños ,apreciar más lo lindo del amor verdadero y aferrarse a la belleza de la vida
Pingback: La Redención En Cuatro Estaciones: Vivaldi Y El Renacer Del Alma. - MEDIA RUEDA