¿Y qué quieres que te diga si así me sentía? Yo estaba muerto. O peor, estaba muriendo, que no es lo mismo. Estar muerto es un estado definitivo, un punto final. Estar muriendo es otra cosa. Es caminar por un sendero que detestas, en dirección a un destino que rechazas, aferrándote a la esperanza de que, en cualquier instante, puedas cambiar el rumbo.
Desde aquí parece nada, claro. ¿Qué son unos cuantos meses? Pero en aquel morir constante, el tiempo se mide en minutos: las 9:16, las 9:17, las 9:23…
Bajo la única mata del patio, leía con fiereza. Imaginaba mundos y viajaba a otros tiempos en los que fui hereje, peregrino, alabarde, caballero, soldado, amante, anticuario, guerrero, explorador y poeta. Los libros fueron mis alas, es cierto. Pero la música… la música fue mi respiración.
¡Por supuesto que había música! Toda la que me permitía el espejismo.
Bonamassa y BB King, la Piaf y Aznavour, Dolly Parton y Julio Iglesias. También Beethoven, Bach, Mozart, Liszt y Rachmaninoff. Y, cómo no, Vivaldi y sus estaciones.
Sus pájaros de cuerdas resonaron en mis oídos durante interminables amaneceres. Sus hielos de violines se quebraron tantas veces en mi mente, que sería absurdo pretender contarlas.
¿Y todavía preguntas por qué lo de anoche?

¿Cómo explicar que, después de aquel morir en vida, por fin tocaran Las Cuatro Estaciones para mí? Sí, para mí, no te confundas. Aquí nadie habla de los cientos de espectadores que llenaban el recinto. Era yo, en primera fila, el único que importaba. Yo, los dos violines, la viola, el chelo y Vivaldi.
¡Era la reivindicación de un muerto resucitado!
Había que empezar por el principio, la Primavera, con su canto de pájaros y el renacer de la vida. Luego el Verano, sofocante y tormentoso. Después, el Otoño, con sus danzas de vendimia, su descanso y la caza en un paisaje otoñal. Y, al final, el Invierno.
¡Ah, Winter! Frialdad, introspección, resiliencia.
Chirriaban decrépitos en las cuerdas los vientos gélidos: mi deseo de escapar. Los resbalones sobre el hielo de los violines rápidos eran mi angustia, mi desesperación. Y los acordes oscuros del chelo, mi propio invierno.
¿Cómo se te ocurre preguntar por qué? ¿Acaso había una mejor manera de resucitar de una muerte lenta?
Era Vivaldi, por Dios. Eran las mismas Cuatro Estaciones que habían retumbado durante interminables horas en mi cabeza. Eran las cuerdas de los violines que añoré tanto tiempo. Era el viento bajo mis imaginarias alas, los trancos sobre alambradas, el sueño despierto de un condenado.
Era Vivaldi, ¿cómo te lo explico?
¡Y era para mí!
Entonces fui, al fin, feliz.
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