Una amiga me pidió ayuda con una asignación de la escuela de enfermería. Tenía que escribir un ensayo crítico sobre la película La forja (The Forge, 2024). Aunque ya había intentado verla antes y la había dejado a medio camino porque estaba muy lejos de mis preferencias cinematográficas, acepté ayudarla.
Me dispuse a darle otra oportunidad a la película dirigida por Alex Kendrick y, una vez más, tuve que abandonarla. Es un filme religioso. Digan lo que digan, la mayoría de estas películas son sosas, con argumentos predecibles y actuaciones inverosímiles. The Forge no es la excepción, al menos hasta donde logré aguantar.
Sinopsis: Un año después de graduarse de la escuela secundaria, sin planes para su futuro, un joven es desafiado por su madre soltera y un empresario exitoso a comenzar a trazar un mejor rumbo para su vida. A través de las oraciones de su madre y el discipulado bíblico de su nuevo mentor, empieza a descubrir que el propósito de Dios para su vida es mucho más de lo que podría esperar o imaginar.

Ese argumento se ha llevado al cine al menos un millar de veces, y siempre ha quedado mal, o mediocre en el mejor de los casos. La inverosimilitud es palpable desde el minuto cero: una madre soltera que regenta un salón de belleza con poca clientela y vive en una casa estupenda; un hijo recién graduado de high school que no tiene planes para su futuro (como la mayoría de los chicos de esa edad en la vida real) y que ella considera descarriado porque le gusta jugar videojuegos y baloncesto con sus amigos. ¿En serio? ¿Eso es estar descarriado en la sociedad del siglo XXI? Por último, un exitoso empresario, dueño de un importante centro de cultura física, acoge al chico que ha venido a pedir empleo y lo adopta casi como a un hijo, guiándolo por el camino del bien y de las enseñanzas del Evangelio… Jesús, ¿quién se cree eso?
Pero, claro, estas películas no están concebidas para ofrecer un argumento, guion o actuaciones memorables, todo aquello a lo que el buen cine nos tiene acostumbrados y que suele ser premiado tanto por la crítica como por el público. Estas son películas con un mensaje de adoctrinamiento que poco tienen que ver con el Séptimo Arte.
Por eso no merece la pena dedicar más tiempo del necesario a hablar de la calidad de la película. Además, ese no fue precisamente el motivo de este escrito. Lo que encuentro interesante, por no utilizar un término más peyorativo, es que, en una escuela de formación de enfermería, en el 2025, todavía se imparta una asignatura que exige a los estudiantes y futuros profesionales de la salud ver y escribir sobre producciones de este tipo.
Es un absurdo tan chirriante que no pude evitar escribir esta entrada.
—Voy a redactar dos ensayos —le dije a mi amiga cuando acepté ayudarla—. Uno para que lo presentes en clase y otro para colgarlo en Media Rueda, criticando la estupidez de obligar a los estudiantes a escribir sobre un tema tan absurdo y desabrido que no tiene nada que ver con la carrera que han elegido estudiar.
Ya sé que algunos dirán que, por supuesto, sí tiene que ver, que no hay mejor manera de alcanzar la empatía y la compasión en un enfermero que a través de la palabra y que bla-bla-bla. Digan lo que digan, es estúpido. ¿Qué pasaría con un estudiante ateo? ¿No se puede curar una herida o atender una fiebre sin creer que hay un dios en algún lugar que lo ve todo y lo controla todo?
Por suerte yo no estudié enfermería ni medicina en Estados Unidos. En las carreras de Administración de Negocios y Comunicación suelen ser un poco más prácticos con los temas que se estudian en clase. Recibir en la universidad una asignación como la de mi amiga habría disparado mi rebeldía y seguramente un debate sobre la fe que, sinceramente, ningún interesado en formar profesionales fuera de una iglesia o seminario quiere tener.
Al final escribí para mi amiga un ensayo tontorrón sobre una película que no terminé de ver y un tema que no me interesa en lo más mínimo. Al menos desde ese ángulo. Porque sobre el famoso libro y su aura de misterio he visto infinidad de documentales serios y he leído a más de un filósofo e historiador. Escribí, eso sí, un ensayo que quizá le permita cumplir con la absurda asignación y que probablemente el profesor a cargo no leerá con demasiado interés.
Pero así son las cosas en algunos lugares. Pequeñas anécdotas como esta me enseñan que Estados Unidos puede ser tanto un país estupendo, lleno de oportunidades que no se podrían encontrar en ningún otro lugar del mundo y con avances en casi todas las aristas del mundo moderno, como una aldea medievalista e ignorante, anclada en un pasado del que no sabe cómo desprenderse. Aunque, pensándolo bien, ¿no son todos los países iguales?
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