Un escritor tiene un solo trabajo: escribir.
Ahí están los días lluviosos y los embotellamientos. Las noches de insomnio, los dolores de barriga, las reglas del consejo de vecinos.
No es un bicho raro. Es alguien corriente que también se estriñe si no come bien, que puede tener várices en las piernas y al que le gusta el fútbol, o no.
Cuida a los hijos y, llegado el momento, a los padres. Hace la compra, lava el coche, prepara desayunos que no siempre salen bien.
Se sienta a contar historias, sí, aunque no siempre llegue a fin de mes o tenga la luz atrasada.
A veces viaja. Va al teatro o a la playa. Compra ropa fina, bebe buen vino, cena en un francés con estrella Michelin.
Como diría el trovador: de vez en cuando, la vida.
Pero una madrugada cualquiera lo despierta una idea. Un discurso que parece venir de otro lugar. En su cabeza empiezan a surgir palabras sueltas que se agrupan, oraciones que se tensan, párrafos que se imponen.
Se levanta —o espera a que amanezca, da igual—, abre un documento vacío, sin título, sin márgenes, sin vida.
Entonces escribe.
Y lo que sale no es otra cosa que todo lo que ve, lo que escucha, lo que arrastra: deudas, temores, dolores, cuidados, anhelos, victorias y derrotas.
Porque un escritor tiene una sola función: escribir.

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