Antes de tirar los libros viejos

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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“Para quienes se proponen ordenar la casa en el año nuevo, una palabra de advertencia. Tiren lo que quieran tirar […], pero no sus libros viejos. Nunca los libros viejos”. 

Así comienza un ensayo de Roger Rosenblatt, publicado en The New York Times el domingo 28 de diciembre. Se trata de una reflexión oportuna. Una idea ligada a la costumbre de desprenderse de lo viejo. Siempre con la ilusión de comenzar el año sin arrastres, sin desechos, sin ruido. 

Volver a los lugares que fuimos.

En el artículo, Rosenblatt escribe que “los libros son casas. Una vez dentro, te transformas y te conviertes en la casa a la que entraste”, y desarrolla su tesis a través de distintos ejemplos. Después de leerlo, no podría estar más de acuerdo. A partir de esa idea, la lectura me llevó a pensar en mi propia relación con los libros viejos. Con mis libros viejos. Y, casi sin proponérmelo, regresé a algunas de las casas que he habitado con ellos y a las que he vuelto más de una vez: una casa llena de espíritus, un monasterio benedictino en los Alpes italianos, un castillo en la isla de If. 

Pero las casas que se nos abren a través de los libros no siempre son estructuras reconocibles. La mayoría de las veces, esas puertas funcionan como el fondo del armario en la mansión del profesor Kirke. Por eso un libro viejo no es un objeto en desuso que deba acabar en la basura. Un libro viejo es un lugar donde hemos estado. Es memoria, es una versión de lo que fuimos alguna vez y también una de las razones de lo que somos hoy. 

Un libro viejo no es un objeto.

Los libros viejos en nuestro librero cumplen una función clara: nos permiten regresar a sus mundos cuando necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos. Con quienes fuimos al leerlos por primera vez y con quienes somos cada vez que volvemos a vivir en sus historias. 

Luego están los libros nuevos, relucientes. Sí, también importan, pero de otra manera. Un libro nuevo es un acertijo por resolver, una promesa más que una certeza. Frente a un ejemplar nuevo no somos nadie todavía, no existimos en él. Con un libro viejo, en cambio, la relación es distinta: íntima, cercana, casi confidencial. 

El libro que también nos lee.

Portada del libro 'El tábano' de Ethel L. Voynich, con un diseño desgastado y rasgado, mostrando un fondo negro y elementos gráficos en tonos claros y naranjas.

Frente a El tábano, por ejemplo, un lector que no conozca la novela de Ethel L. Voynich verá apenas la historia de un joven de buen corazón, religioso y confiado, que un día se descubre traicionado por quienes más amaba.

Yo, en cambio, frente a mi viejo ejemplar impreso en 1970, regreso a mi lectura adolescente y me reencuentro con quien fui entonces. Ese libro gastado, de páginas amarillentas y rasgadas, me habla de amistad, de lealtad y de traición. Y me transporta a un mundo poblado de personajes entrañables en el que yo soy otro yo, quizá más ingenuo. 

Como ocurre con Rosenblatt, mis libros me enseñan porque saben más que yo y, a la larga, me desean el bien. No despreciaría ni abandonaría ninguno de ellos, del mismo modo que no lo haría con un viejo amigo, mientras la fidelidad y la lealtad nos mantengan unidos. Y, en última instancia, un amigo puede fallar cuando más lo necesitas; un libro, jamás. 

Tal vez por eso deshacerse de un libro viejo nunca sea un gesto inocente. No se trata de acumular papel ni de oponerse al orden, sino de entender que algunos objetos no ocupan espacio: lo contienen. Un libro leído guarda una experiencia que no se repite y una versión de nosotros que ya no existe. Tirarlo es, en cierto modo, aceptar que esa parte de la historia no volverá a ser visitada. 


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