¿Cómo escribir la última entrada del año sin sucumbir al recuento de logros y fracasos?
Tal vez no exista una manera de hacerlo. O tal vez baste con decir lo que se atraganta cuando uno piensa en esas cosas: que el 2025 fue desastroso en la política de mi país. Que el futuro, en ese particular, no es menos incierto ni menos tenebroso que los últimos doce meses. Que la esperanza que nos queda a quienes pensamos como yo se parece más a un acto de fe que a un ejercicio racional. Que solo nos queda confiar en la resiliencia del pueblo norteamericano y en el discernimiento de sus ciudadanos.
Pero también habría que decir que, por lo demás, ha sido un año de puta madre.
Que mis hijos han sido felices y prósperos, y eso ya vale un mundo. Que en mi camino van quedando atrás las sombras y, poco a poco, empiezan a insinuarse nuevos horizontes. Que estoy enamorado de mi mujer, de la vida, de la literatura y de los sueños que me acompañan en cada momento.
Que muero de ganas de vivir.
Y que, si algo he entendido este año, es que quizá la mejor forma de despedirlo no sea hacer balance, sino reconocer que seguimos aquí, todavía de pie, todavía apostando por lo que importa. Y que eso, en tiempos como estos, ya es una victoria silenciosa.

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