Una lectura emocional de la novela de Daína Chaviano
Escribir sobre La isla de los amores infinitos, de Daína Chaviano, me produce tanto placer como resquemor. Lo del placer es fácil de explicar: es una novela extraordinaria. El resquemor, en cambio, llega porque sé que no conseguiré ninguna objetividad en este texto. Por eso —y porque casi siempre hago las cosas como me da la gana— no escribiré una reseña literaria. Esto será, más bien, la honesta confesión de un lector comprometido y, en este caso, reincidente.
Leí La isla de los amores infinitos poco después de aterrizar en Miami. No en esta ciudad que hoy me rodea, sino en aquella otra, la de hace casi treinta años. Cecilia, la protagonista de la historia, es también una emigrante cubana que llega a este norte brutal y revuelto en 1994, solo dos años antes que yo. Odia profundamente lo que dejó atrás y, al mismo tiempo, lo extraña como si fuese un órgano vital. Como si solo pudiera reconocerse como ser vivo cuando se enfrenta a esa ausencia.
Cecilia visita el bar Hoy como ayer —entonces fascinante, hoy un simulacro de sí mismo— mientras descubre con desgano, y no menor sorpresa, una ciudad mestiza, contradictoria, aburrida y milagrosamente viva. Si no fuera porque jamás crucé camino con Chaviano antes de leerla, diría que Cecilia era mi versión femenina. O casi.
Todo eso lo recordé cuando, muchos años después, volví a leer la novela. Esta vez lo hice buscando referencias para un proyecto personal, pero bastaron unas páginas para que el gancho volviera a engancharme (perdón por tanto pincho).
Antes de leerla, ya había oído hablar de Chaviano. Me decían que escribía ciencia ficción. Pero a mí eso no me gustaba —decía yo, sin saber. No tengo idea de por qué, con aquella referencia en mente, empecé a leer La isla de los amores infinitos. Solo sé que lo hice, y qué suerte, porque de no haberlo hecho no hubiera descubierto a una autora fascinante y hoy me lo estaría reprochando.
Esta no es una novela que pueda aprisionarse en un solo género. Para mí es histórica, romántica, costumbrista, mística, fantasiosa… entrañable.
He disfrutado cada una de sus oraciones. Sí, así de exagerado soy, ¿y qué? Cada personaje —muerto o vivo, negro o chino, en Cuba o en África— me resultó necesario. Todo me gusta de esa novela. Todo me mueve y me remueve esa isla que llevo dentro, aunque haga lo posible por ignorarla cada día. Aunque intente sepultarla en el olvido más cruel, porque me dolería demasiado aceptar que sigue ahí.
Pero La isla de los amores infinitos hace imposible ese olvido. Nos recuerda lo que fuimos. Nos obliga a recordar que hubo un lugar donde supimos amar, a pesar de todo. Que existe un malecón que guarda secretos, confesiones y esperanzas ahogadas en la brisa marina.
Esta es una novela para amar por siempre. Porque es dolor y es desarraigo. Porque es nostalgia, y también amor, y lucha, y traición, y sueños, y esperanza. Porque es historia. Nuestra historia. Lo que fuimos. Lo que aún somos. Aunque miremos para otro lado.
Related
Discover more from MEDIA RUEDA
Subscribe to get the latest posts sent to your email.





1 thought on “LA ISLA DE LOS AMORES INFINITOS”
Pingback: Por amor al arte: escribir sin esperar recompensa