Es común encontrar lectores que se autodenominan de un tipo u otro: soy lector de novelas, soy lector de poesía, de ensayos, de historia. Lo mismo sucede con quienes opinan sobre estas cosas. Las etiquetas, como en casi todos los asuntos de la vida, también se aplican a esa práctica extraordinaria y poco explicable que es la lectura.
Hay quienes prefieren un enfoque más refinado, o al menos eso parece: no soy lector de género, dicen. La afirmación pone el acento en lo que no se lee y, de forma tácita, deja entrever lo que sí. Como si la identidad lectora se construyera mejor por descarte que por experiencia.
Con demasiada frecuencia yo mismo me he deslizado por esa pendiente. He dicho que soy lector de novelas. He aclarado que no leo ciencia ficción, o que la literatura romántica no me interesa demasiado. Frases dichas casi sin pensar, como si hiciera falta justificarse, como si leer fuera también una forma de presentarse ante los demás.
Hace poco, mientras pensaba en esto, caí en la cuenta de que hay algo profundamente equivocado en ese modo de definirse. No porque uno no tenga gustos o preferencias —eso es inevitable—, sino porque la etiqueta no dice nada esencial sobre lo que ocurre cuando leemos.
Yo no soy lector de nada en particular. Soy, simplemente, lector.
El tábano, Las aventuras de Sherlock Holmes, El infinito en un junco, Matar a un ruiseñor, El hombre en busca de sentido, Drácula, Los miserables, Hojas de yerba, El barril de amontillado, 1984, El mito de Sísifo, Historia de hadas para adultos, El señor de los anillos, Yo, Claudio, El psicoanalista, Madame Bovary, Los tres mosqueteros, 22/11/63, La Ilíada.
La lista es mucho más larga. En ella conviven la poesía y el relato, la novela negra y la de aventuras, la histórica y la biografía, los tratados de psicología, la política, la crítica literaria, la ciencia ficción, la fantasía, la historia y cualquier cosa que alguien haya sentido la necesidad de escribir.
Al final, eso es todo. Un lector. Sin apellido. Sin etiquetas. Y quizá ahí resida lo más interesante de la lectura: en que no nos define de una vez y para siempre, sino que nos descoloca un poco cada vez.

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