Los Ronquidos

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Sagrario Gómez siempre había amado a su esposa. Se casaron cuando él tenía 32 años y ella estaba cerca de los 25, y durante dos décadas enteras no había apartado sus ojos de ella, como si el resto del mundo fuera una película desvaída en comparación. Cada tarde dejaba la oficina con una punzada de anhelo suspendida en su pecho: regresar a casa, cenar en silencio con su esposa y sumergirse en la familiaridad de la noche compartida.

Por las noches, se susurraban canciones al oído, bailando en una especie de trance, apretados el uno contra el otro después de la cena. Luego, Sagrario le leía un cuento de su colección de libros, acumulada con devoción, o veían juntos una película romántica que siempre desembocaba en lágrimas. Se dormían enredados en una madeja de brazos y piernas, aunque inevitablemente, al final, cada uno tomaba su lado de la cama, liberándose de ese abrazo fatigoso que al principio había parecido tan reconfortante.

Año tras año, Sagrario observaba cómo el cuerpo de su esposa se transformaba. Primero, sus medidas: después de tanto tiempo, ella ya no podría haber entrado en ninguno de los vestidos de cuando se casaron. Él encontraba extraño encanto en ese cambio, como si su piel misma fuera una metáfora que crecía con los días, moldeándose a la vida que compartían. Las libritas se acumulaban despacio, formando pequeños pliegues en su espalda y rollitos alrededor de sus axilas. La delgada mujer que conoció se había convertido en una figura robusta y vibrante, casi arrolladora. Era una metamorfosis que lo atrapaba y a él, eso le gustaba.

Con el tiempo, también llegaron las canas, al principio discretas, luego invasivas, Sagrario imaginaba que cada una le otorgaba una capa de algo invisible, quizás sabiduría o la apariencia de ella.

Entonces, llegaron los ronquidos.

La primera vez, le causaron una ternura inexplicable: apenas un rumor, un ronroneo suave, un sonido que, de alguna manera, le aseguraba que ella dormía en paz. Al principio, Sagrario disfrutaba quedándose en la cama, leyendo hasta tarde, confiando en la familiaridad de esos susurros cadenciosos. No se percató del cambio, al menos no conscientemente, hasta una noche en que la respiración de su esposa comenzó a sonar más pesada, como si la tranquilidad se hubiera transformado en un lento martilleo, regular y obsesivo. Intentó achacarlo a la gripe que rondaba esos días, algo pasajero. Pasaron semanas sin que mejorara, y él sentía la creciente imposibilidad de expresar su incomodidad.

Los libros, su refugio, se le hicieron ajenos; el ruido lo penetraba, le cortaba la concentración, y pronto empezó a perderse en cada página sin comprender palabra alguna. Decidió probar con tapones de goma, un intento de resistencia. Los guardaba en el cajón de la mesita, disimuladamente, como si su uso fuera una traición menor. Pero, a pesar de los tapones, el ruido se infiltraba, como algo vivo y constante que no podía contener.

Los Ronquidos: un relato kafkiano sobre la obsesión y la transformación

Una noche, Sagrario se sentó en la cama y observó a su esposa. Dormía de espaldas, la boca entreabierta y el rostro vuelto hacia él. La familiar imagen le pareció grotesca: su cabello entrecano caía sobre los ojos, y sus pechos de ama de cría formaban una montaña blanda y asfixiante que parecía aplastarla. El sonido, profundo y animal, emergía de su boca abierta, y Sagrario se sintió atrapado en la trampa de una realidad ineludible.

Durante las noches siguientes desarrolló la costumbre de poner una almohada de canto entre los dos, intentando levantar una muralla entre él y el ruido. Se cubría la cabeza con otra, pero ni siquiera eso lograba contener el eco que flotaba en el aire de la habitación. Cada vez que, en algún momento de la noche, una de las almohadas caía o se movía, los ronquidos lo golpeaban de nuevo, sobresaltándolo, como si un vendaval hubiera atravesado la casa.

Finalmente, en una noche cargada de silencio artificial, a Sagrario se le ocurrió una solución. Apenas tocó la cena, mientras su esposa comía tranquilamente. Cuando llegó la hora, ella le dio el habitual beso de buenas noches y se acurrucó a su lado, acomodándose en la cama. Sagrario esperó con la mirada fija, inmóvil, hasta que los ronquidos comenzaron de nuevo, cada vez más fuertes, cada vez más cercanos, como si el sonido lo cercara, robándole la cordura.

Esperó a que estuviera profundamente dormida y luego deslizó una almohada debajo de su rostro y su pecho. Con precisión mecánica, sacó la navaja que había afilado minuciosamente durante su almuerzo. Sin vacilación, trazó una línea precisa de lado a lado del cuello de su mujer, observando cómo la almohada absorbía la sangre que brotaba en silencio. Los ojos desorbitados lo miraban, impotentes, mientras ella intentaba mover las manos hacia la herida, pero él la sostenía con una fuerza ajena, como si obedeciera a una voluntad lejana y extraña. Por fin, llegó la quietud, y el silencio se instauró en la habitación, denso y absoluto como un manto.

Sagrario se acomodó en su lado de la cama, abrió el libro en la página marcada y retomó su lectura, ahora en un auténtico silencio que le permitía una concentración imperturbable, como si nada hubiera ocurrido, como si el mundo volviera a ser solo suyo.


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