El barbero y el escritor

Bienvenido a la página web del escritor Rubén Alfonso Jr.

Rubén nació en Cárdenas, Cuba en 1969. Emigró a Estados Unidos durante los últimos días de 1996. En Miami estudió Administración de Empresas en la universidad Carlos Albizu (CAU) y más adelante obtuvo una Maestría en Comunicación Masiva de la Escuela de Periodismo de La Universidad Internacional de La Florida (FIU).

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Una de esas tardes en la oficina, sin mucho que hacer, decidí llamar a mi peluquero para pedir una cita. Estaba de vacaciones en México y no volvería a Miami por un tiempo. Ante el inconveniente, opté por ir a una barbería cercana que ya conocía de antes. Como no tenía cita, temí que tendría que esperar, así que llevé un libro conmigo.

Al llegar, tomé asiento mientras esperaba que el barbero que me había atendido en otra ocasión terminara con su cliente, y me dispuse a leer. «Tú eres el escritor», me dijo el barbero después de mirarme un par de veces. Se acordaba de mí, y en cuanto despidió al otro, me hizo sentar en el sillón.

—¿Cómo te va con eso? —preguntó.

No sabía qué responder. ¿Me preguntaba si aún escribía? ¿Si había publicado? ¿Si mis libros se vendían? ¿Si gustaban? ¿Si seguiría escribiendo? ¿Si vivía de mis ventas? ¿Cómo se responde a una pregunta tan vaga? Escribo todos los días, y luego tiro lo que escribo porque me parece una mierda. Mis novelas gustan a quienes las leen, pero ese «quienes» es un grupo reducido: unos cuantos lectores despistados, mi mujer y algunos amigos. Y no sé si en verdad les gustan o solo lo dicen por compromiso. ¿Cómo demonios iba a vivir de la venta de mis libros? Pero claro que seguiré escribiendo. Lo haré hasta en un trozo de papel higiénico si no tuviera otra cosa. Escribiría en la arena, en las paredes, en el plato del desayuno, hasta en mis propias heces si fuera necesario. Probablemente, moriré escribiendo, porque es lo único que me da verdadero placer. Escribir es la única actividad que me ha hecho sentir algo real. Tal vez acabe como un orate, ciego y decrépito, rodeado de libros polvorientos y apolillados, con callos en los dedos de tanto golpear el teclado. Y, ¿sabes qué? Me importará un carajo si mis libros se vendieron o no. Al final, habré hecho lo que me gusta y seré feliz. Me habré vengado de todo y de todos en mis textos. Y lo más importante, habré sido libre. Eso es más de lo que muchos podrán decir. Así que no me preguntes cómo me va con eso, como si hablaras de un remedio para el estreñimiento. Nunca le preguntes a un escritor cómo le va con eso, porque es como preguntarle cómo le va con la vida. ¿Quién confiesa abiertamente que su vida es una mierda?

—Ahí vamos —le respondí al fin, con una sonrisa forzada.

Sin que yo preguntara, me recordó que era músico. Aunque no me interesaba, me enseñó fotos de unos timbales nuevos que quería comprar. También me mostró videos de él tocando en lo que parecía ser el cuarto de una casa. Los que quería eran dorados y caros.

—Es que la caja de esa marca es más compacta —explicó, simulando golpear un tambor invisible—. Suena mejor para baquetear.

Para él, lo único que importaba era el sonido. «Uno desarrolla el oído», dijo, como si me estuviera revelando un gran secreto. «Es como ustedes, los escritores. Siempre deben tener el teléfono a mano para anotar ideas, ¿no? Yo sé de eso, leo libros de música y escribo. Entiendo cómo es la vaina de escribir. No toco con ninguna banda, pero he pensado en irme a la playa y tocar allí. Cada vez que lo hago, la gente me graba con sus teléfonos. Me voy a preparar un buen repertorio, llevaré los timbales y un speaker decente. Estoy seguro de que algo saldrá de eso, una fiestecita privada, lo que sea. Todo es cuestión de perseverancia».

En su opinión, los mejores percusionistas del momento eran colombianos, de Cali. Mencionó nombres que nunca había oído. Todos vivían en Miami y tenían discográficas aquí. «Les escribí por Instagram. A todos. Algunos me respondieron. Hasta ahora no ha salido nada, ni siquiera una clase, pero al menos me contestaron. ¿Has escuchado tocar al hijo de Tito Puente? No es tan bueno como el padre, para nada. Tito Puente no era tan grande como la gente dice; mucho show, pero los hay mejores. A ese también le escribí. No a Tito, claro, ese lleva muerto un montón de años. Al hijo. Yo interpreto muy bien y sé leer música, pero una clase con uno de esos sería una maravilla».

—Listo, campeón. Son cincuenta dólares.

¿Cincuenta dólares por un corte normal, más la propina? Este timbalero no me vuelve a ver.

Esa noche, después de cenar, me preparé un gin tonic y me fui al balcón. Acomodado en mi sillón, encendí un puro y abrí un documento en el ordenador. Con el episodio del barbero aun rondando en mi cabeza, me dispuse a hacer lo único que sabía y quería hacer: escribir.

El barbero y el escritor


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