Algo tenía que salir mal.
Las señales no dejaban lugar a la duda: el fallo en la alarma del teléfono, el mensaje doble con fechas erróneas para la cita, el Uber que me dejó en la dirección equivocada.
Cuando por fin estuve en el recibidor del centro de diagnósticos, rellenando las planillas de admisión, me sentí aliviado. Tras devolverle a la chica de la recepción el “cuéntame tu vida” completado, me dispuse a leer mientras esperaba a que me llamaran para hacerme el MRI.
En una pared de la sala de espera había un televisor encendido con uno de esos programas de remodelación de casas. El típico show en el que una pareja de inversionistas gasta cientos de miles de dólares con pasmosa facilidad para comprar y reformar propiedades que luego revenden con sustanciosas ganancias. La mujer de la pareja tenía una voz chillona e impertinente. Hablaba sin parar.
Haciendo un esfuerzo por bloquear el volumen elevado del aparato, intenté concentrarme en la lectura. Enseguida llegó otro paciente: un señor mayor que venía a hacerse una radiología, según dijo. Hablaba a gritos. Le indicaron que tomara asiento y lo hizo justo al lado mío. Se puso a mirar un video en el móvil. Presumiblemente algo gracioso. A todo volumen.
La mujer de la tele no se callaba.
Una pareja recién llegada se acercó a la ventanilla de recepción. Ella era gorda, y él, que tenía cara de pescado, preguntó dónde estaba el café mientras su esposa entregaba la identificación.
No había café.
Se sentaron frente al televisor con la ensordecedora inversionista chillando. Ella se puso a rellenar las planillas de admisión y él se metió en el móvil.
Yo repetía la misma línea del libro una y otra vez sin lograr conectar con la lectura.
La chica de la recepción me pidió la identificación para sacarle fotocopia. Mientras me dirigía a la ventanilla, se me adelantó una señora que acababa de entrar. Venía a hacerse un CT scan. La recepcionista le preguntó si era alérgica al marisco, por aquello del yodo. La mujer respondió que sí. Pero luego agregó que no lo sabía, que hacía mucho que no comía mariscos y no recordaba si era o no alérgica.
Me aparté un poco. La mujer despedía un aliento asqueroso, como si al hablar destapara un cenicero.
Volví a ocupar mi asiento y una vez más intenté leer. El video del señor a mi izquierda parecía interminable. El marido de la gorda le contaba todo lo que veía en el móvil, y ella iba una y otra vez a la ventanilla para aclarar dudas sobre el formulario que intentaba llenar. La vieja fumadora aseguraba que sí comía mango, pero insistía en que no comía mariscos. La puñetera mujer de la tele no se callaba, y a mí se me partía en dos la cabeza porque estaba en ayunas y ni siquiera había tomado café.
Se abrió una puerta y una mujercita que parecía un pájaro llamó mi nombre.
¡Por fin!
La seguí hasta un cuarto con una enorme máquina de resonancia magnética marca PHILIPS. Tuvo que ayudarme a quitarme la cadena del cuello porque yo no conseguía abrir el cierre. Dejé la cadena con el resto de mis pertenencias sobre una silla: el reloj, el anillo, la billetera, el cinturón, el móvil y el Kindle, que a esas alturas ya me parecía haber traído por gusto.
El pájaro me pidió que me acostara en la camilla. Me cubrió con una manta y luego me pidió que me bajara los pantalones hasta medio muslo. Me dio unos tapones de goma que me introduje en los oídos, y luego ella me colocó unos cascos para mayor protección.
El primer estudio no estuvo tan mal. Casi me quedo dormido durante el proceso.
Para el segundo se requería inyectar una sustancia en las venas para generar contraste. En el brazo izquierdo fue imposible encontrar una vena. Con el derecho no hubo mejor suerte. Al final, se decidió por una vena gorda en la muñeca. Yo pensaba que si seguía agujereándome, terminaría derramando como un colador cualquier cosa que me inyectaran.
El jeringuillazo entró como un chorro a presión. Enseguida el pájaro volvió a meterme en la máquina. Con las prisas, había dejado fuera del alcance de mi mano la perita de llamada de auxilio para casos de emergencia.
Lo que fuera que aquel pajarraco me había metido en las venas iba a salir por un lado o por otro.
Primero aparecieron las náuseas.
Una bola me subía hasta la garganta y yo creía que iba a explotarme en la boca. Seguía sin poder encontrar la cabrona perita por ningún lado. Aquello no podía terminar bien. Respiraba hondo, con los ojos cerrados.
Mente en blanco. Respiración lenta… y aquella cosa subiendo y bajando del estómago a la garganta.
Al fin se calmaron las náuseas y creí que lo peor había pasado.
Solo quedaba aguantar unos minutos más el TRUCUTUM, TRUCUTUM, TRUCUTUM de la PHILIPS y podría irme a casa.
Pero, al fin de cuentas, algo tenía que salir mal.
Las señales no dejaban lugar a la duda.
Lo que no consiguió salir por arriba encontró menor resistencia por abajo.
¡No avisó!
Fue un sonido similar a la explosión de una cañería atascada.
Entonces la humedad caliente, la certeza de que aquello era una cagada olímpica, la fetidez casi instantánea, la vergüenza anticipada por lo que pasaría cuando regresaran a sacarme de la máquina. Imaginé un pájaro muerto cayendo de una rama.
Y luego llegó el alivio.
Ya no sentía náuseas ni nada, y sinceramente, a esas alturas, me daba igual lo que viniera después.

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