Debió ser durante los primeros años del siglo. 2004 o 2005, a lo sumo. Los niños estaban aún pequeños. El menor no pasaría de los cinco.
Por aquella época estaban muy de moda las vacaciones en Punta Cana. Creo que siguen estándolo entre cierto grupo, pero hace mucho que no voy. En fin…
Los Bábaros eran la atracción del momento para los residentes de Miami. Una pareja que vivía de sueldos más bien bajos e intentaba sacar adelante una familia con dos niños pequeños encontraba el paraíso en aquellos resorts todo incluido.
Sería cosa de una semana, seguramente. Cinco días como mínimo. El paquete que compramos incluía acceso a tres hoteles interconectados y a todas sus instalaciones: piscinas olímpicas, palmeras, canchas de tenis, playas paradisíacas, tiendas de souvenirs, cigarros enrollados a mano, bares por todos lados, comida para reventar y mujeres morenas, rubias, pelirrojas, negras y de cuanto color se pueda imaginar.
¡El Caribe con todo su esplendor!
Un chico que representaba a una firma de Tiempo Compartido nos propuso asistir a una presentación. Nos negamos, sabedores de que no compraríamos ninguna membresía de esas. El chico insistió y le dejamos claro que no nos interesaba su producto. “Sin compromiso de compra”, aclaró el muchacho, y luego agregó que, por asistir a la presentación, nos entregarían una bolsa con obsequios, vouchers para la excursión que eligiéramos y un brindis con champán.
Esa tarde entramos los cuatro al salón de ventas de la firma de Tiempo Compartido. Los niños se aburrían, pero mi esposa y yo prestamos genuina atención a la presentación del vendedor que nos asignaron. Hicimos preguntas y recibimos respuestas, sopesamos los pros y los contras, y aclaramos dudas. Debatimos entre nosotros y, al final, reconocimos ante el vendedor que nos parecía interesante y que era algo que nos convenía.
¡Al tipo le brillaron los ojos!
Tras una señal suya, se acercaron a donde estábamos dos chicas morenas que vestían camisas con el logo de la firma de hoteles. Una le entregó a mi esposa una bolsa de playa que contenía toallas, crema protectora solar, loción para el cuerpo, jabones de olor y algunas otras baratijas. Además, le tendió los vouchers, explicando que podíamos utilizarlos para la excursión de nuestra elección. La otra chica traía una bandeja con sendas Coca-Colas para mis hijos y una botella de champán que descorchó ante nosotros para servir tres copas de flauta. El vendedor también brindó con nosotros después de entregarme el contrato de lo que creía era una venta concluida y cerrada.
Mientras bebía champán, tomé tiempo para leer el contrato y rellenar los espacios en blanco: nombre y apellido, dirección postal, número de teléfono de contacto, cantidad de personas que incluiría en el contrato y de lo cual dependía el paquete de Tiempo Compartido y su precio.
La botella llegaba a su fin cuando le devolví los documentos al entusiasta vendedor. “Falta la firma”, me dijo. “Y la forma de pago, desde luego”.
¿De qué pago hablará este?
Le dije que tendría que esperar a que regresara a Miami para enviarle el número de mi tarjeta de crédito, porque no la había traído conmigo. Me pidió otra forma de pago: una tarjeta de débito, un depósito en efectivo, algo, cualquier cosa. Pero yo no tenía nada de eso.
—¿Quién viaja sin efectivo o sin al menos una tarjeta de crédito? —explotó el tipo, mirando de soslayo la botella vacía y la bolsa de regalos en el hombro de mi esposa.
Pues nosotros viajamos así, le dije. Se trataba de un resort con todo incluido. ¿Qué necesidad tenía de traer efectivo o tarjeta de crédito?
El tipo no lo podía creer. Le ofrecí mi dirección de correo electrónico para que enviara los documentos por esa vía, asegurándole que los firmaría al regresar a Miami y le enviaría la información de mi tarjeta de crédito para efectuar el primer pago.
Los vouchers los usamos para un masaje frente al mar, bajo las manos de dos expertas morenas que embadurnaron nuestros cuerpos con aceites aromáticos y, casualmente, nos ofrecieron una botella de champán para que la experiencia fuese aún más placentera.
¿Qué pasó con el correo electrónico del vendedor? Ni idea. Luego recordé que equivoqué una letra en la dirección que le había entregado.
Sería por el efecto del champán.

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