La melodía de la oscuridad

Daniel Fopiani sabe escribir, de eso no me queda la menor duda. Primero leí su más reciente novela, El corazón de los ahogados y ahora he leído la segunda, La melodía de la oscuridad. A estas alturas ya está claro que la obra de Fopiani la leeré en retrospectiva.

El corazón de los ahogados me pareció una buena novela, pero no como para merecer 5 estrellas. Sin embargo, con esta, su segunda obra publicada, me ha sucedido algo muy distinto.

Se trata de una novela corta, distribuida en capítulos también cortos y con un ritmo increíble. Un thriller al estilo de The bone collector, de esos que de ser llevados a la pantalla pondría a morderse las uñas a más de un espectador. Es una novela de crímenes muy bien narrada y con buen manejo del lenguaje, sin pretensiones ni aspavientos. Con magnificas descripciones físicas y sensoriales. Con una trama redonda. Con personajes creíbles, incluso los “increíbles”.

Una historia que convence, aun cuando en algún momento de la narración pareciera que dos de sus personajes principales intercambiaran su actitud y forma de actuar respecto al otro.

Me he divertido leyendo la novela, me ha entretenido, me ha atrapado su trama. La he disfrutado y no podría menos que felicitar al autor y recomendar la novela a todo el que guste de un thriller bien escrito al que no le sobran alardes.

Una novela negra encerrada en un paréntesis poético.

Leer a Fernando Ugeda Calabuig (Villena, 1961) es siempre un gusto. Su prosa consta de una indiscutible limpieza estética en donde, sin incurrir en recargas, el autor nos obsequia con un estupendo vocabulario abundante en buenos sustantivos, adjetivos puntuales y frases inteligentes.

Su novela más reciente, Canción de amor para un monstruo, publicada este año por Olé libros, además de lo dicho antes, cumple el principal e inalterable objetivo de cualquier narración: entretener. Es una novela de género negro distribuida en capítulos cortos, de fácil lectura, con una trama dinámica y redonda, y con personajes bien perfilados. Curiosamente las primeras y las últimas páginas de esta historia de crímenes violentos pertenecen al inconfundible mundo de la poesía, demostrando con ello una vez más que el lirismo es una característica presente en toda la obra de este autor.

Canción de amor para un monstruo es una novela para leer en dos o tres tardes, como suele decir un amigo escritor. Es una historia llena de violencia, de venganza y de sadismo, que, a pesar de ello, te arranca una sonrisa en su punto final.

No tengo más que recomendar esta novela, como he hecho con toda la obra de Fernando Ugeda. Por su buena narración, por su excelente manejo del idioma, por sus tramas redondas, por su buena escritura, este es un autor que merece ser leído.

Lecturas de noviembre

–       La alternativa del escorpión, de Fernando Ugeda Calabuig

Londres, tres de noviembre de 1899. Una chica irlandesa es encontrada tumbada en su lecho con un cuchillo clavado en el corazón. El inspector a cargo de la investigación no tardará demasiado en descubrir que el siniestro no pertenece al género de los crímenes de Jack ni a ninguno de los que investiga Sherlock. Esta vez se trata de otra cosa.

Me ha gustado el lenguaje que utiliza el autor durante toda la narración, aunque reconozco que al principio me molestó un poco la adjetivación y ese aire rimbombante con que los personajes hablan, pero pronto comprendí que no podría haber sido de otra manera pues se trata de un narrador personaje que vive y escribe en el adorable Londres, durante los últimos años de la era victoriana. Así hablaban en aquellos tiempos, según creemos por lo que nos dice la literatura y el cine.

Luego viene la cuestión de la trama. Creía que me enfrentaba a una novela policiaca: asesinatos, detectives, investigación criminal, etc. Todo eso existe en la novela, es cierto, pero no la veo como policiaca. Cuando se desvela las causas reales de la muerte de Mary la historia toma un giro que la convierte en otra cosa. No sabría decir qué, pero otra cosa. Aunque no por ello pierde calidad, según mi parecer sucede todo lo contrario. La novela se crece con ese giro. Eso sí, la manera en que nos enteramos de lo ocurrido no me convence del todo. Esa confesión epistolar tiene un ligero gustillo a Deux ex machina. Yo habría intentado resolverlo de otra forma, de ahí que mi valoración sea de cuatro estrellas y no cinco.

Excelente las cavilaciones filosóficas a lo largo de toda la narración. Lo mismo digo de la crítica social y de credo religioso. Ese aspecto merece una A+. En general he disfrutado mucho de la lectura y la recomiendo. Todo el tiempo tuve la extraña sensación de que leía literatura de época. O sea, de “aquella época.”

Como dice la contraportada del libro: “Amistad, honor, traición, amor… Todo es conjugado hábilmente a lo largo de una historia que, como un juego de espejos, conducirá al lector a un insospechado final.”

–        La madre de Frankenstein: Episodios de una guerra interminable, de Almudena Grandes.

Esta es una novela que hace honor incuestionable a una parte de su título: “interminable”. Lo primero es que, en lugar de una novela literaria, esta tiene mucha más pinta de telenovela, o en mi caso, radio novela, porque la he escuchado en audio libro.

La historia presenta algunos capítulos interesantes y atractivos. Pero la mayoría de ellos son sumamente aburridos y desgastantes en su lectura (o escucha). La autora hace un uso desmedido e injustificado del recurso de repetición con sus porqués y otras palabras similares. Incluso la repetición aparece hasta en los discursos de personajes, pues al utilizar diferentes voces narrativas (4 en total), en ocasiones un personaje repite lo que ya otro ha dicho antes y los lectores tenemos que volver a pasar por el mismo pasaje más de una vez. Como si con una no fuera suficiente.

Uno de los aspectos más desconcertante de esta novela es el título. A mí se me antoja como el chicle que alguien se saca de la boca para pegar algo a una superficie. Es que La madre de Frankenstein, propiamente dicha, es un pretexto para contar una historia que no tiene nada que ver con lo que dicho título implica. Esto va más de la historia de un país en una época pos guerra, durante una dictadura, con una sociedad prejuiciada. Yo que sé, pero de madre y de Frankenstein esto no tiene nada. Las notas aclaratorias al final de la novela intentan justificar la elección del título. Según veo yo las cosas, no lo consigue.

Con todo esto no intento restarle el mérito que pueda tener una historia tan interesante, que lo es, claro que sí. Pero como literatura a mí me aburrió, me agobió y me pareció que, en todo caso y, sin intención de faltar al respeto sino solo con la idea de jugar con las palabras, la madre de Frankenstein sería la propia autora y su hijo esta gigantesca novela repleta de retazos de diferentes colores y formas.

La buena suerte, de Rosa Montero.

Me decidí a leer esta novela motivado por la valoración que hizo sobre ella, la escritora Marta Querol. En realidad, no la leí, sino que la escuché en audio libro, que no es lo mismo, pero es igual.

Un hombre misterioso toma una decisión aún más misteriosa y decide instalarse en un piso asqueroso y deprimente, en un pueblo perdido y medio muerto. A partir de esa situación el lector descubrirá un grupo de personajes extraordinarios con características muy individuales y voces propias. La intriga detrás de la extraña decisión de “aquel hombre” se irá dilucidando a medida que la trama nos permita adentrarnos en su psicología y sus motivaciones.

“Un libro humano, tierno, inquietante…” decía Querol en evidente referencia a la historia que se narra. Yo agregaría un par de adjetivos: desgarrador y punzante.

Es una novela escrita con pulcritud, con excelente manejo del lenguaje y con extraordinaria habilidad narrativa. Llama mi atención el recurso de estilo en cuanto a la voz narrativa: mientras los personajes que tienen algún peso en la historia hablan en primera persona, convirtiéndose en narradores, en lo referente al hombre misterioso, que pudiese ser el protagonista de la historia, o tal vez no, se utiliza un narrador omnisciente en tercera persona.

A pesar de que no me gusta el uso de diferentes voces narrativas, reconozco que en este caso ha sido un toque delicioso que incluso, ayuda a identificar la psicología propia de cada personaje. ¡Muy bien por la autora!

Ha sido, en fin, una lectura que he disfrutado desde sus primeras líneas. En el caso del audio libro, la narración es de las mejores que he escuchado.

Sin dudas un libro 100% recomendable.

Pecado Original, de Karimn Slaughter.

Leer a esta escritora best seller es siempre un gusto. Su serie de novelas policiacas protagonizadas por el agente Will Trent contienen una intensidad y un dinamismo impresionantes. En el caso de Pecado Original, la historia tiene lugar en apenas treinta y seis horas y desde la página número tres la tensión se eleva sin mermar un solo segundo, hasta el punto final, sin que con ello la novela se convierta, ni por un instante, en una historieta de tiroteos y coches chirriando las ruedas.

Slaugter es capaz de describir los diversos aspectos de una investigación policial de manera magistral y las situaciones dramáticas, así como sus personajes, están fuertemente matizados con un trasfondo cargado de complejidad y psicología, donde siempre hay lugar para sorprender al lector (confieso que son estos aspectos que podría imitar en mis propias novelas)

Sin embargo, no podría decir que es la mejor novela de Slauther, pongo otras en lugar de preferencia. Tal vez sea porque, al haber leído los libros de la serie de manera desordenada, en este, que es el 2 de 5, no me sorprende demasiado la historia de Will y los demás personajes. De ser así, la culpa es mía.

Con todo, si te gusta la novela policiaca con mucha adrenalina, fuerte dosis de psicología y secretos tras bambalinas, Pecado original es el libro.

–        El crimen del señor Chase, de James Halloran

No recuerdo qué hizo que comprara este libro que no es más que un intento de thriller de misterio con muchas carencias.
El autor pretende, o eso parece, una imitación entre Poe, Cortazar y Conan Doyle, por increíble que esto suene. Por supuesto que no lo consigue. En cambio, este relato de 50 páginas termina siendo un thriller que parece haber sido escrito por un adolescente. Los personajes son planos, casi tontos. Las situaciones, traídas por los pelos, tampoco ayudan. Y el final no podría ser más simplista e infantil.

Ya a la venta

EL ZORRO Y LOS SABUESOS

El detective Alex Ramírez y la psiquiatra forense Rachel Robinson están a cargo de aclarar un asesinato ocurrido en la ciudad de Miami. Dicho crimen amenaza con convertirse en el primero de una larga lista de ejecuciones si no se atrapa pronto al supuesto responsable. El asesino, con habilidad e inteligencia, parece jugar con la Policía a través de una serie de pistas verdaderas y falsas que va dejando aquí y allá sin otro objetivo que despistarlos para poder dar por finalizada su macabra tarea.

El libro trata sobre un buen puñado de temas que nunca envejecen y se mantienen vigentes a lo largo del tiempo: la violencia intrafamiliar y de género, la amistad, la desesperación, los límites a los que se enfrentan quienes nacen en entornos desfavorecidos, el trabajo policial y detectivesco, y quizás por encima de todo, las razones de la venganza y su justeza.

Muy pronto…

Este verano saldrá a la luz un trepidante thriller que pondrá a prueba los principios del mas suspicaz de los lectores.

El zorro y los sabuesos promete adrenalina, emoción, acción y crimen.

¿Te atreverías a entrar al juego?

Instrucciones para ocultar un crimen

Matar es fácil. Eso lo sabe todo el que ha cometido el acto o todo el que, al menos una vez en su vida, ha fantaseado con la idea. El problema consiste en eliminar el cuerpo después de terminado el asunto, si se diera el caso de que ese sea un aspecto fundamental. Podría sospecharse entonces, que es esa y no otra la razón por la que, hasta ahora, muchos no se han atrevido a materializar sus macabras fantasías. Existen, eso sí, múltiples teorías, estrategias y métodos que servirían de guía en dicha empresa. Pero se ha de ser cuidadoso a la hora de elegir alguna de esas recomendaciones, porque casi todas presentan fallos sustanciales que pondrían en aprieto al autor del acto. La sepultura, por ejemplo, es el método más utilizado, aunque también el más evidente y por ello, uno de los primeros puntos de enfoque en la investigación. Luego tenemos la simulación de un accidente o, en casos más arriesgados, la simulación de un suicidio. Frente a estas dos posibilidades ha de tenerse en cuenta, más que ninguna otra cosa, la escena del crimen. Los muertos hablan y nadie entiende su lenguaje mejor que la ciencia forense. En última instancia, estas opciones, como tantas otras similares, se refieren al acto del crimen en sí, no a la manera de deshacerse con eficacia del cuerpo, por lo que no se ha de ahondar en ellas para no desviar la atención del verdadero propósito.  Llegados a este punto, y después de un poco de análisis y reflexión, se descubre que las alternativas son considerablemente escasas. No obstante, aún hay esperanza:

Una vez colocado el cuerpo inerte en la bañera, se practican incisiones profundas y alargadas en el cuello, los antebrazos y las axilas. Una silla servirá para elevar los pies del muerto y conseguir que, bajo el chorro de la ducha, la sangre fluya en dirección a la cabeza hasta que, transcurridos algunos minutos, haya desaparecido por el tragante. Luego se seca con una toalla. En cuanto no presente riesgo de goteo de fluidos, se traslada hasta el hogar de la chimenea, y se coloca, dentro de una bandeja metálica (más adelante se verá porqué), sobre varios leños gruesos, previamente rociados con combustible acelerador. En esta fase es probable que surja una disyuntiva: el tamaño del hogar es suficiente para alojar el cuerpo sin dificultad, o no. Si se ha de enfrentar, como es casi seguro, el segundo escenario, será necesario colocar el cadáver sobre su espalda y atarlo, uniendo manos y pies sobre el vientre, hasta conseguir arquearlo y que quede sobre los leños simulando un cordero a punto de asarse. De ser necesario, como seguramente lo será, ha de fijarse el bulto para impedir que se desplace o ruede fuera del fuego. Para ello es recomendable un alambre que resista altas temperaturas, pero lo más seguro es que no se cuente con uno de esos así que apuntalarlo con uno o con varios atizadores puede solucionar el problema. Los leños servirán de base al fuego, pero no serán suficientes, por lo que se ha de agregar varios otros (muchos de ser posible) sobre la panza y alrededor del cuerpo. Después de rociar abundante combustible se ha de colocar la rejilla antes de lanzar la cerilla encendida.

El amasijo que resultará tras varias horas de fuego intenso no ofrecerá demasiada resistencia bajo el filo de una buena navaja. Separar los huesos desprovistos de tejidos y ligamentos será tarea fácil. La bandeja metálica habrá impedido que se esparza el contenido de los intestinos (la mierda no arde) por lo que no será difícil recogerlo. Luego se empaquetará todo en varias bolsas para basura y se lanzará en diversos lugares con vida salvaje para que los animales den cuenta de ello. A estas alturas deben estar cubiertos todos los posibles fallos que usualmente ocurren en este tipo de maniobra: huellas, rastros de tejidos o cabellos, olores corporales o cosméticos, coartada, etc.

Si se atiende a estos detalles durante la narración, es muy probable que se consiga escribir una historia con un crimen perfecto. Aunque todo dependerá del propósito del escritor, que siempre podrá crear a un detective capaz de descubrirlo todo. Pero para esto último habría que redactar otras instrucciones.

CODICIA – Primer capítulo

A mis cuarenta y cinco años, había llegado a aceptar que los hechos no sirven de mucho a quienes están dominados por prejuicios y temores. Dicho esto, podría asegurar que la falta de criterio se ha convertido en una epidemia de nuestros días y en uno de los rasgos más inquietantes del género humano. 

El mejor ejemplo lo encuentro en Elysium, el notorio club financiero donde se administran las inversiones de respetables empresarios y del cual soy miembro desde hace cuatro años. Los nuevos socios de gestión que ingresan a la asociación lo hacen bajo la creencia de que, en un periodo no mayor a cinco años, amasarán una fortuna que les permitirá vivir con mayor esplendor. Sin embargo, ni al gestor de cuentas más inexperto puede pasársele por alto la desproporción existente entre las expectativas y la realidad. 

La promesa de riqueza se contrapone al hecho de que, en nuestra agrupación, apenas el veinticinco por ciento de los agentes activos alcanza cierta distinción y solo el cinco por ciento consigue un capital importante. El resto obtendrá apenas migajas. No obstante, todos están tan habituados a esa situación, que la consideran normal, y no se cuestionan la veracidad de las palabras porque ello requeriría un esfuerzo de reflexión que no están dispuestos a hacer: prefieren depositar sus esperanzas en la utópica posibilidad de un golpe de suerte. Después de todo, ¿quién no alberga la ilusión de que algún día podría pasar algo que cambiase su vida? Sin dudas, la estupidez del hombre moderno es tan palpable que me cuesta creer que yo también sea parte de esa especie. 

Y a pesar de ello alterno mi trabajo de investigador privado en Leeson y Asociados con el de gestor de cuentas en Elysium, donde soy responsable de una cartera de clientes tan pobre que a duras penas consigue superar a mi lista de amigos. Entre estos últimos se encuentran Víctor y Helena Serval: dos hermanos, subdirectores de un departamento distinto al mío y que forman parte de mi flaco catálogo de aliados. Por supuesto que su amistad demanda retroalimentación. De cuando en cuando me piden que les redacte algún contrato con cláusulas un tanto confusas o que les legalice bajo sello notarial un documento que involucra a partes inexistentes. Yo he podido vivir con ello, incluso a sabiendas de que me consideran insignificante. Pero ya lo dijo Esopo hace siglos: «La insignificancia es siempre una garantía de seguridad».

Debido a esa situación, no me sorprendió que Helena me invitara a su residencia donde, junto con su hermano, me ofrecerían un negocio que, aseguraba, sería de mi interés. Esta no es la primera vez que recibo una invitación con esos términos y sé que los riesgos de la propuesta casi siempre superan al beneficio; no obstante, acepté. 

La mañana en cuestión dejé atrás el modesto edificio donde vivo y caminé por las calles bulliciosas mientras esquivaba a los peatones y a los vendedores ambulantes que ofrecían su mercancía con insistencia. Helaba, y la nieve se acumulaba en las esquinas y en los portales obligándome a prestar atención a mis pisadas.  Atravesé la plaza frente al Teatro Nacional, crucé la avenida con cuidado de sortear los autos, y entré por el estrecho callejón que conduce hasta la librería de segunda mano en Charles Street. Verifiqué la hora en mi reloj y comprobé que aún tenía suficiente tiempo antes de mi cita. Me detuve entonces a mirar la vitrina de la librería y descubrí un curioso ejemplar. En una nota junto al libro se leía que la obra ofrecía información desconocida sobre la influencia de las mujeres en la historia política de occidente. La autora, según la misma nota, se adentraba en la historia de la Iglesia entre los siglos IV y el XI, resaltaba el papel de la mujer en la Iglesia actual y su influencia a lo largo de todo este tiempo. Pensé que aquel texto podría enriquecer mis conocimientos sobre un tema que encierra tanta polémica. Historia y conflictos, sin dudas dos temas apasionantes. No lo pensé y terminé por entrar a comprar el libro. 

Al salir de la tienda me rugió el estómago. Acostumbro a tomar el desayuno en el bar frente al bufete donde trabajo. Pero ese día no iría a la oficina, por lo que tomé un café y una empanada en un carro ambulante y continué mi trayecto. 

Avancé por las calles con el libro bajo el brazo, y a merced de un aire gélido impregnado con el aroma de perros calientes y hamburguesas que competía con el humo de los coches y el vaho de las alcantarillas. Unos minutos después, el portero del Paramount Tower me dio los buenos días tocándose la visera del sombrero mientras me permitía el paso. Subí al fin en el elevador, llamé a la puerta del departamento de Helena, y la empleada del servicio me condujo de inmediato hasta la sala donde los hermanos me aguardaban frente a una agradable hoguera. 

Helena estaba sentada en una silla de tapiz florido. Llevaba el cabello atado a la nuca con una graciosa colita y un flequillo le caía con descuido sobre una ceja. Su hermano, de pie junto a la chimenea, sonrió con franqueza al verme. Ambos tenían una apariencia impecable, aun en horas tan tempranas. La lozanía de la piel blanca y tersa junto a los cabellos rubios les otorgaba una belleza similar a querubines.  

—¡Que magnífica puntualidad! —exclamó Víctor que enseguida salió a mi encuentro—. Y siempre con un libro a cuestas —agregó después de notar el ejemplar que traía bajo mí brazo—. ¿De qué se trata esta vez?

—Según lo que se lee en la contraportada, es un ensayo histórico sobre las mujeres que gobernaron la iglesia durante los siglos más oscuros del catolicismo — expliqué estrechándolo con mi mano enguantada. 

—¿Mujeres que gobernaron la iglesia? No puedo creerlo.

—Ten cuidado de no justificar ese pensamiento con la imagen de fragilidad de la mujer —dije despojándome del abrigo y los guantes—; recuerda las palabras de Voltaire.

—¿Qué dijo Voltaire? —Quiso saber Helena, que hasta el momento había guardado silencio.

«El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil». —Besé su mano con una aparatosa reverencia y vi que se le iluminaban los ojos.

—¡Nuber Faloons, el hombre que puede memorizar todas las citas del mundo! —acotó Víctor y regresó junto al hogar.

—No tantas, no tantas —Todos sonreímos y me acomodé en una silla junto a la mayor de los hermanos—. Pero tal vez sí pueda predecir el futuro. Quizás veo una nueva directora en nuestro club —agregué, y creí ver que el rostro de Helena se ensombrecía.

La ocasión ofrecía la oportunidad de conocer la posición de mis amigos frente a un espinoso asunto que había ocurrido en Elysium y había producido cambios sustanciales en su estructura, por eso lancé el señuelo de la predicción. Pero los Serval nunca han disimulado su lealtad incondicional hacia Mathew Serecas, el director de su departamento. Pronto pude darme cuenta de que esta vez no sería una excepción. Al instante y sin mostrar reservas, reconocieron que Serecas tenía la intención de fundar su propio grupo financiero, apartado de Elysium, y que ellos, fieles seguidores de los pasos de su líder, se le unirían. Por el tono de sus voces y la forma tajante que emplearon, fue evidente que no me permitirían ahondar en el asunto, de manera que zanjaron el tema y dirigieron la conversación hacia otra dirección.

—Tomará algún tiempo antes de que todo eso comience a funcionar —dijo Helena sin alterar la posición en que se encontraba—; hasta entonces, nuestras finanzas se verán afectadas, ya que las regalías por jerarquía, adicionales a las cuentas que manejamos, se otorgan solo a quienes pertenecen a algún departamento. Hace apenas unos días nos ha llegado una propuesta que nos dejará dividendos atractivos y comprenderás que es una oportunidad que no podría llegar en mejor momento. 

—Ya lo creo —respondí y, en un arranque de vanidad ante aquellos preciosos ojos verdes, acomodé con los dedos mi escaso cabello.

—Es ahí donde necesitamos de tu valiosa colaboración —prosiguió ella—. Por supuesto que recibirás una remuneración acorde a tus servicios.    

—Agradezco de antemano que pensaran en mí. ¿De qué se trata? 

En ese momento la empleada doméstica trajo una bandeja de plata con una tetera y tres tazas, que dejó sobre una mesita.  

—Es un asunto que debemos tratar con extrema discreción —prosiguió

Helena—. Víctor y yo pensamos que nadie mejor que tú se acopla a ese requisito. 

—Será un placer —dije esforzándome por disimular el hastío que me producía tanta falsedad—. No dilatemos y cuéntenme de una vez.

—Se trata de bienes raíces. Tenemos la oportunidad de adquirir una magnífica propiedad, pero necesitamos tu ayuda.

—Explícate —le pedí después de un sorbo del té que enseguida entibió mi garganta. 

—Querido Nuber —intervino Víctor con su voz melosa y su tono bajo—: la propiedad en cuestión pertenece a un señor que pronto abandonará esta vida y dejará un patrimonio sin reclamar. Un conocido nuestro asegura ser su bisnieto y único pariente vivo, pero no tiene manera de demostrarlo, pues el anciano entró a este país hace unos setenta años valiéndose de una identidad falsa.  Tu cometido en todo esto se limita a reelaborar la documentación que ayude a nuestro amigo a recuperar lo que le pertenece —Nos dio la espalda y avivó el fuego con un atizador que tomó de un estante vertical antiguo y elaborado, que estaba en la esquina de la chimenea—. Helena y yo no dudamos que seas capaz de llevar a cabo una tarea tan sencilla y, por supuesto, confiamos en tu discreción. 

—Eso es un f… —balbucí. 

—Quede claro que no se trata de una fabricación falsa —me interrumpió mientras devolvía el atizador a su sitio—. No nos atreveríamos a proponer semejante desfachatez. Entiéndase que esto es la reproducción de un documento extraviado. Una falsificación es otra cosa. 

—Discúlpame Víctor, no alcanzo a ver la diferencia.

—Pongamos una muestra, y perdona lo burdo del ejemplo —Caminó hasta donde estaba y apoyó una mano sobre el respaldo de mi silla—. Imaginemos que por alguna razón pretendiésemos redactar un acta de nacimiento que dijera que has nacido en algún burdel de poca monta. Eso no solo sería una falsificación, sino casi un crimen, pues estaría basado en una tosca mentira. Sin embargo, si alguien quisiera reclamar una parte de lo que te pertenece e intentara hacerse pasar por hermano tuyo y tú supieras con exactitud que tus padres no son los suyos, nosotros no tendríamos a menos procurar la reproducción de un documento que acredite el verdadero origen del impostor —Hizo una pausa, dio unos pasos y fue a sentarse en otra de las sillas de la sala—. De esa manera salvaríamos a nuestro amigo de un parentesco pernicioso, indeseado y por demás falso —prosiguió—. Con eso probaríamos lo que ya es sabido por todos como verdad absoluta. 

—Qué ejemplo tan rimbombante —dije al tiempo que quitaba una pelusa imaginaria de mi pantalón—. No obstante, mantengámonos en él, pues lo importante no son los adornos y aspavientos del discurso, sino su esencia. Díganme, ¿cómo podrían asegurar ustedes que el supuesto pariente no es en verdad mi hermano?

—Nos lo dirías tú, por supuesto —respondió Víctor—. ¡Tú lo conocerías bien! 

—¿Y ustedes me creerían sin más ni más? 

—¡Desde luego! Eres nuestro amigo. 

—¿Y si después de todo yo mintiera? 

—En ese caso el pecado sería solo tuyo. Nosotros no mentiríamos, sino tú, y nuestra conciencia estaría en paz. Claro que, si nosotros pensáramos que nuestros amigos son capaces de mentirnos, entonces no tendríamos ninguno. ¿A quién le sirve un amigo embustero? 

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