Globalización

En la ciudad de Miami, un cubano prepara una sopa con muelas de cangrejos de la costa sur de Chile. La cocina es sueca, la cazuela de acero alemán. Desde la bahía le llega el trompetazo de un crucero noruego mientras él se refresca con un Gin & Tonic a base de ginebra escocesa. Luego, en su mesa vietnamita, acompaña el caldo con un pulpo a la gallega que riega con abundante aceite de oliva español y colorea con paprika húngara. La cerveza es belga.

Después de la cena el calor ha menguado y el balcón invita a tomar un expreso italiano y a disfrutar de las vistas de la moderna Babel. Desde un parlante chino que está sobre una mesa filipina, salen las notas de un blues que interpreta B. B. King.

En su móvil coreano el hombre lee las declaraciones de un político que defiende un movimiento nacionalista.

El mundo está jodido, reflexiona y apaga el móvil.

A continuación, cala su puro de Nicaragua y suelta un chorro de humo espeso y picante que se pierde en la briza del Atlántico.

Un hombre sin sombra

Si yo no existiese hoy, no echaría de menos demasiadas cosas.

Por ejemplo, no recordaría nada sobre política actual, y no tendría idea de que se le ha abierto un agujero a una capa de un gas extraño que flota sobre nosotros. Si mi yo de hoy no estuviese aquí, no extrañaría las redes sociales, los teléfonos móviles, las series de Netflix, los coches modernos, la lista de compra, el precio del gas. Si yo faltase de este aquí y ahora, no me importarían los concursos literarios, la ropa de moda, la puntualidad, las dietas o la buena ortografía, y no recordaría que tuve un amigo que nunca lo fue.

Sin este presente todo perdería su significado.

Y, aun así, moriría a cada segundo sin el mar, sin ella y yo dentro del mar, sin su cara de niña hermosa y su sonrisa de payasita, sin sus ojos del color de la albahaca, sin su mantra conciliador cubriéndome de paz, sin sus manos de mágico ungüento calmando mis piernas y mi espalda. Si me arrancaran de aquí me faltaría nuestra pizarra de sueños, nuestro café en las mañanas, nuestra canción de Ana Belén, nuestra briza en el balcón, nuestra ciudad inundada de ilusiones.

Si me robaran mi hoy, para no quebrarme, seguiría recibiéndola en la puerta a las 4:30 de todas las tardes, seguiría leyéndole en voz alta, seguiría cantándole bajito y abrazándola al bailar en la cocina. Si me exiliaran de aquí, para sobrevivir, me aferraría al olor de su ropa de dormir, a la sazón de sus frijoles, al recuerdo de sus pies cuadrados y su geografía deliciosamente imperfecta.

Yo, sin mí aquí y ahora, sería un hombre sin sombra. Y, aun así, jamás conseguirían llevarme entero.

Mi mejor parte quedaría aquí, y nada podría impedirme regresar por ella.

Los cruceros no son lo mío

Miami es la capital de muchas cosas; algunas extraordinarias y otras, vergonzosas. Los cruceros son, sin que nadie pueda dudarlo, una de las grandes distinciones de la Capital del Sol (ya había dicho que se trataba de la capital de muchas cosas).

Para ponerlo en perspectiva: mientras España ha logrado la alarmante cifra de 810.000 cruceristas en apenas el primer trimestre del 2022; en 2017 ya Miami reportaba más de cinco millones de estos viajeros. Es por ello, y por otros curiosos datos que el de esta ciudad es considerado el puerto de cruceros con más actividad en todo el mundo. Y por si fuese poco, para fines del 2023 contará, además, con la mayor terminal de cruceros de Norte América, con capacidad suficiente para manejar 36.000 pasajeros diariamente mientras alberga a la vez hasta tres cruceros de última generación.

Era, entonces, casi imposible que después de veintiséis años de vivir en esta ciudad alguien no me convenciera para subir a una de esas maravillas de la ingeniería naval. Porque eso sí hay que decirlo: los cruceros son hermosos, impresionantes y alucinantes. Contemplar desde el balcón o desde el coche en la autopista uno de esos gigantescos milagros hechos por el hombre, es siempre, siempre, una experiencia extraordinaria.

Pero pasar cuatro días en uno de ellos es harina de otro costal.

Comencemos por lo que sí me gustó de mi experiencia en una de las formas de vacacionar más populares de estos tiempos:

  • Contemplar el mar en su plena inmensidad es algo que no tiene competencia. No importa si se le teme o si se es medio delfín o sirena, la belleza del océano es indiscutible y a bordo de un crucero se tiene las mejores vistas.
  • Luego está la cuestión estética. Ya he dicho que esos gigantes son hermosos desde fuera, por dentro lo son aún más, según el gusto de quien lo mire, pero sin dudas, son bellos. Sus bares, escaleras, pasillos, balcones y restaurantes compiten con el lujo de muchos de los mejores y más costosos hoteles del mundo.
  • El aspecto económico es relevante para la mayoría de las personas, por ello lo incluiré en la lista de cosas positivas. Por una fracción de lo que podría costar un viaje a Europa o del gasto que supondría una semana en New York o en San Francisco, se puede abordar un barco de Royal Caribean en Miami y pasar cuatro días navegando por el Caribe y visitando Bahamas.

Hasta aquí lo más relevante de lo «bueno». Ahora lo mismo de lo no tan bueno:

  • La aglomeración de personas es abrumadora.
  • La comida es mediocre, casi mala.
  • La piscina es «in-visitable» a no ser que lo hagas ignorando el riesgo antihigiénico que presupone sumergirte en uno de esos hervideros con otras 600 personas… o más (es asqueroso)
  • Las distracciones dentro del barco son limitadas y después del primer día casi todo se reduce a sentarse en una barra y adormecer los sentidos hasta terminar con una borrachera olímpica.

Fue el cumpleaños de mi hijo y él quiso que todos fuésemos de crucero para la celebración. Lo complacimos e intentamos ajustarnos a las condiciones y pasarla lo mejor que pudimos. Después de todo estábamos en familia y en medio del mar, qué otra cosa podíamos hacer que no fuese pasarla bien. Pero como destino, como vacaciones, un crucero ni se acerca a mis gustos. Yo viajo buscando todo lo que no encuentro en un crucero, todo lo que ese estilo de viaje no podría darme nunca.

Yo viajo buscando historia en los castillos, las iglesias y las murallas; buscando tropezar con gente de a pie, de quienes pueda aprender cosas propias de su cultura local; viajo persiguiendo la literatura, el teatro, los museos; viajo para descubrir nuevos sabores en las comidas de regiones distantes y ajenas a mi forma cotidiana de vivir. Yo viajo para conocer el mundo, no para alejarme de él. Un crucero es para descansar, comer mala comida, ver las mismas caras y aburrirse. Yo no quiero ninguna de esas cosas, las detesto. Prefiero cansarme hasta no poder más mientras subo y bajo las empinadas calles de Toledo; elijo entretenerme con la boca abierta como un tonto en un musical de Broadway en New York; busco sorprender el paladar con un Lobster roll o un Clam Chowder en Boston, con un Gulasch en Praga y un Chiquen Paprika en Budapest, con un Jambalaya o un Gumbo en New Orleans, con un Shepherd’s pie en Londres, con una tapa de Jamón ibérico, queso manchego y croquetas de calamares en Madrid.

Ya tendré tiempo para aburrirme como una ostra cuando las fuerzas no den para más. Entonces, tal vez, los cruceros sean parte de mi lista de prioridades turísticas. Pero hasta que ese día llegue, si es que llega, los cruceros no son lo mío.

El regalo de mi hijo

Hace veintidós años que soy padre de un hijo que no engendré. Tenía él un año y diez meses de edad cuando me miró por primera vez y me dijo papi. Tenía yo treinta cuando intenté, sin ningún éxito, que me llamara por mi nombre. Comenzaba entonces una historia increíble e inesperada.

Aprendí a cambiar sus pañales y a enseñarlo a que no los usara. Él aprendió a decir zapato, aunque se empeñaba en decir pie. Cambié las noches de juerga de hombre soltero por los cuentos antes de dormir y los noticieros matutinos se convirtieron en Cliffort the Big Red Dog, Curios George y Winnie The Pooh. Yo aprendí a hacer silencio a las nueve de la noche y él a jugar al base ball; yo cantaba El payaso Pongoloco e Itsy bitsy spider. Él las canciones de Michael Jackson y las de Julio Iglesias.

Cuidé de él. Aprendimos a querernos mientras crecíamos juntos.

El pecho casi me explotó el día que pidió llevar mi apellido: «Si mis abuelos son Alfonso, mis tíos también, mis primos, mi hermano y mis padres son Alfonso, ¿por qué yo soy Marrero? Yo también quiero ser Alfonso»

La jueza que aprobó la petición no conseguía entender que un padre biológico (para entonces ya casi un fantasma) aceptase que su hijo adolescente de trece años sustituyese su apellido paterno por otro que no le correspondía. La superó su escepticismo y su prudencia por lo que la orden firmada solo permitiría agregar Alfonso al nombre del niño. Se mantendría el apellido Marrero de manera que, si él quería, podría usarlo únicamente como la inicial de un segundo nombre. M.

Cuando le regalé su primer coche lloró, cuando se fue de mi casa a vivir su propia vida, lloré.

Se hizo un hombre, más fuerte y más alto que yo (mucho más alto—que tampoco es tan difícil conseguirlo). Se convirtió en mi amigo y yo en su confidente.

Cuida de mí. Ya sabemos querernos, hemos crecido juntos.

Fui el primero en saber que mi hijo se convertiría en padre. Yo iba a ser abuelo. ¡Abuelo, coño!

Me regocijo con egoísmo en la idea de que he hecho algo extraordinario y bueno.

El domingo 19 de junio de 2022 me tocó a mí ser el cocinero de la reunión familiar por la celebración del día de los padres. Hubo regalos, risas, bailes, mucha bebida, una Paella de calidad cuestionable y un aguacero de proporciones bíblicas.

Y hubo un regalo de mi hijo: la planilla de petición de adopción legal. «Para que sea oficial» me dijo. Y yo ya no pude hablar.

La melodía de la oscuridad

Daniel Fopiani sabe escribir, de eso no me queda la menor duda. Primero leí su más reciente novela, El corazón de los ahogados y ahora he leído la segunda, La melodía de la oscuridad. A estas alturas ya está claro que la obra de Fopiani la leeré en retrospectiva.

El corazón de los ahogados me pareció una buena novela, pero no como para merecer 5 estrellas. Sin embargo, con esta, su segunda obra publicada, me ha sucedido algo muy distinto.

Se trata de una novela corta, distribuida en capítulos también cortos y con un ritmo increíble. Un thriller al estilo de The bone collector, de esos que de ser llevados a la pantalla pondría a morderse las uñas a más de un espectador. Es una novela de crímenes muy bien narrada y con buen manejo del lenguaje, sin pretensiones ni aspavientos. Con magnificas descripciones físicas y sensoriales. Con una trama redonda. Con personajes creíbles, incluso los “increíbles”.

Una historia que convence, aun cuando en algún momento de la narración pareciera que dos de sus personajes principales intercambiaran su actitud y forma de actuar respecto al otro.

Me he divertido leyendo la novela, me ha entretenido, me ha atrapado su trama. La he disfrutado y no podría menos que felicitar al autor y recomendar la novela a todo el que guste de un thriller bien escrito al que no le sobran alardes.

Una novela negra encerrada en un paréntesis poético.

Leer a Fernando Ugeda Calabuig (Villena, 1961) es siempre un gusto. Su prosa consta de una indiscutible limpieza estética en donde, sin incurrir en recargas, el autor nos obsequia con un estupendo vocabulario abundante en buenos sustantivos, adjetivos puntuales y frases inteligentes.

Su novela más reciente, Canción de amor para un monstruo, publicada este año por Olé libros, además de lo dicho antes, cumple el principal e inalterable objetivo de cualquier narración: entretener. Es una novela de género negro distribuida en capítulos cortos, de fácil lectura, con una trama dinámica y redonda, y con personajes bien perfilados. Curiosamente las primeras y las últimas páginas de esta historia de crímenes violentos pertenecen al inconfundible mundo de la poesía, demostrando con ello una vez más que el lirismo es una característica presente en toda la obra de este autor.

Canción de amor para un monstruo es una novela para leer en dos o tres tardes, como suele decir un amigo escritor. Es una historia llena de violencia, de venganza y de sadismo, que, a pesar de ello, te arranca una sonrisa en su punto final.

No tengo más que recomendar esta novela, como he hecho con toda la obra de Fernando Ugeda. Por su buena narración, por su excelente manejo del idioma, por sus tramas redondas, por su buena escritura, este es un autor que merece ser leído.

Carta desde el acantilado

La segunda novela de Fernando Ugeda Calabuig es una vitrina llena de recursos literarios: lenguaje costumbrista, humor, lirismo, buenos diálogos y un poco de misterio son algo de lo mucho que el autor nos ofrece valiéndose de una extraordinaria narración que demuestra oficio. Por momentos el autor mima al lector con extraordinarias citas y frases sobre la literatura, sin conseguir, o sin querer conseguir desprenderse de una poesía que lo persigue durante toda la novela.

A destacar, por sobre todas las cosas y de forma muy positiva, la manera en que se presentan los constantes saltos temporales, como si de un simple y físico paso adelante y atrás se tratase. Un recurso que explota a su antojo y con la aparente comodidad de quien navega en aguas conocidas.

Los personajes son redondos y bien perfilados, y sus voces inequívocas. La trama, aunque culmina con una dosis de melodrama que sobrepasa mis preferencias, es compleja y trabajada, y cierra sin que quede ningún cabo suelto.

Se agradece el esfuerzo de Ugeda por hacer que los personajes que no son españoles (argentinos en este caso) hablen como lo hacen en sus países, algo que debería parecer lógico pero que también —según mi experiencia de lector— parece ser una cumbre empinada para muchos autores españoles.

En fin, esta es una buena y recomendable novela, narrada de manera excelente y con un magnífico manejo del lenguaje.

No defraudará a ningún lector.

La Malasanta de Tocornal.

Para quienes leemos con curiosidad y avidez no es infrecuente tropezarnos, entre todo lo que pasa delante de nuestros ojos, con alguna asombrosa novela que luego reseñamos en Goodreads, valoramos en Amazon o comentamos y hasta recomendamos a los amigos. Lo extraordinario ocurre cuando, mediante uno de esos asombros, descubrimos a un autor que consigue sorprendernos siempre, con cada cosa que escriba. Tal es el caso de Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, España).  

Este escritor, que radica en Mallorca, ha escrito múltiples relatos que han sido premiados en algunos de los certámenes más prestigiosos en lengua española, entre los que se encuentran los premios «Gabriel Aresti», «Ignacio Aldecoa», «Gerald Brenan», «José Calderón Escalada» y «Ciudad de Mula-Francisco Ros». Hasta el pasado año también había publicado cuatro novelas, de las cuales tres han sido merecedoras de importantes premios literarios.

En 2022 se ha publicado su quinta novela, Malasanta, que también ha merecido un premio, en este caso el Premio de Novela Felipe Trigo y que desde su salida está recibiendo el más importante de todos los premios, la aceptación de los lectores.

En Media Rueda conversamos con el autor:

MR– Malasanta ha ganado el XLI Premio de Novela «Felipe Trigo». Pero este no es tu único premio como novelista. A excepción de tu primera novela, La ley de los similares, todas las demás han sido premiadas (Premio Vargas Llosa 2017, Premio Diputación de Córdoba 2018, y Premio Valencia 2020) Y no hablaremos de los premios a tus relatos porque no tendríamos para cuando acabar. Con seguridad muchos de los que nos movemos en el mundo literario consideramos admirable esta trayectoria. ¿Cómo lo ves tú? ¿Qué se siente ser y saberse un autor con tantos y tan importantes premios?

AT– Esa es una pregunta recurrente. El escenario ideal sería tener una editorial detrás lo suficientemente fuerte como para publicar todo lo que uno escribe y distribuirlo bien, y que le paguen a uno unos derechos que le permitan vivir de forma digna para poderse dedicar a escribir sin tener que recurrir a otros trabajos. En España eso es un privilegio al alcance de muy pocos. Lo de los premios es un plan de contingencia; una forma de poder publicar y de obtener una contraprestación justa por mi trabajo. Es también una lotería; uno nunca sabe si su obra va a poder pasar los primeros filtros de comités de lectura, o si en el caso de que llegue al jurado final, este va a optar por obras que se adhieran más a sus preferencias personales o que sean más políticamente correctas o que toque los temas de moda. Es cierto que en los últimos años he podido publicar algunas novelas tras haber sido premiadas, y que eso me ha permitido financiarme el tiempo que he necesitado para escribir las demás, pero ya te digo que lo preferible sería lo otro; uno no puede contar siempre con que su manuscrito va a ganar cada vez que se enfrente a cientos o incluso a un millar de competidores: muchos de ellos son muy buenos y seguro que mucho más vendibles.

MR– En tu primera novela narras lo que sucede con un funcionario sin carácter, «un pusilánime». Luego escribiste una magnifica novela sobre la bohemia parisina de un grupo de artistas con poco o ningún éxito. Seguiste con otra extraordinaria historia sobre una familia de emigrantes pelirrojos que irrumpe en un pequeño pueblo en el sur de España. Más adelante sorprendiste a medio mundo lector con la historia de un solitario y enajenado guarda faros en un islote. El broche de oro lo traes este año con Malasanta, la hija de una prostituta tuerta, condenada por nacimiento a continuar con el oficio de su madre. A mí me queda claro que el hilo conductor de tus novelas siempre son antihéroes ¿Hay alguna razón por la que prefieras escribir sobre ese tipo de personajes?

AT–   El catálogo de personajes reales e interesantes que nos rodean es vastísimo y maravilloso, pero los triunfadores me aburren. No se me ocurre qué podría contar de un triunfador sin aburrir igualmente al lector. Donde hay éxito no hay drama. Siempre me han atraído los personajes que están al borde del precipicio; aquellos a los que todo les sale mal. Con un tratamiento adecuado, se les puede dotar de cierta sofisticación que los haga humanos. Me gusta que mis personajes no sean maniqueos, sino que sean ricos en matices; que el lector los pueda llegar a odiar en una página, amar en la siguiente, y que al final del libro quede la sensación de que los comprende y los acepta con todas sus contradicciones. Muchos de ellos nacen de la observación de gente que me rodea, que me cruzo en un bar, en un autobús, o que veo por las noticias de la televisión. Gente normal viviendo historias normales.

MR– Decía Umberto Eco que lo que se define como «instancia de la enunciación» es cuando el autor interviene con un comentario personal para sugerir el sentido que pueden tener las palabras de uno u otro personaje. No estoy seguro si esa afirmación pueda extenderse a la narración o se deba someter exclusivamente al diálogo. De cualquier manera, a mí me ha parecido que tu novela Malasanta evita esa intención de narrador. O sea, el autor reprime su propio juego y deja en absoluta libertad al lector con una narración que hasta el propio Eco llamaría aséptica, donde no aparecen adjetivos sugerentes, como si pretendiera que únicamente el lector digiriera a su propio ritmo y manera lo que cuenta la historia. Es, a mi juicio, uno de los mayores logros de esta extraordinaria novela. Y, aun así, Malasanta revuelve el estómago del lector con los olores corporales de Dámasa la tuerta, con los muñones de Niño Truncado, con la verga embadurnada de Cándido Fogoso, con los dientes de Próspero el polilla… ¿Cómo se consigue un efecto tan asombroso?

AT–    En Malasanta intento anular al narrador. Intento ocultarlo, despojarlo de su personalidad y de su estilo hasta reducirlo a la mínima expresión, y de esa forma dejar que los personajes se vean con más claridad y que sean ellos mismos los que cuenten la historia sin ser molestados por las matizaciones del narrador-autor, que no es más que una herramienta necesaria. Lo fácil habría sido dejarlos hablar a ellos y llenar la novela de diálogos, pero habrás notado que en mis novelas apenas hay diálogos; es un recurso que no utilizo porque es demasiado fácil de tragar; tal vez me gusta complicarme la vida. He descubierto que desde la sombra es más interesante desplegar toda la potencia de los personajes y de la trama, ya que no hay piruetas estilísticas que distraigan al lector. Busco la narración desnuda y pura. Eso se consigue trabajando la precisión del lenguaje, pero requiere un gran esfuerzo e ir construyendo el texto sin prisas. Basta con romperse la cabeza en cada párrafo para encontrar la palabra precisa; si la encuentras, sobran los adjetivos, los adornos y casi las descripciones.

MR– Sé de primera mano que aceptas manuscritos de otros escritores y que trabajas con ellos en la corrección de sus textos. Para alguien como tú, que manejas tan bien el lenguaje y que escribes con prosa y con estilo tan pulidos, consiguiendo novelas de estructuras impecables y libros técnicamente perfectos, como dijo Manuel Rodríguez Marcos a propósito de Malasanta, ¿cómo es el reto de trabajar con escritores que rara vez se acercan a tal grado de perfección y que la mayoría de las veces carecen de toda esa técnica que tu dominas tan bien?

AT–     Bueno, obviando el hecho de que Manuel exagera, parto de la base de que todo manuscrito, de forma independiente a sus cualidades artísticas, es susceptible de ser mejorado, y que tiene que ser el propio autor quien lo haga. Tengo muchísimo respeto por todo aquel que ha sentido la necesidad de enfrentarse al reto de escribir un relato o una novela, y me siento muy honrado cuando confían en mi criterio, me mandan sus manuscritos y se gastan su dinero para que yo intervenga en ellos. Intento encontrar las cualidades del escritor y que él mismo las potencie sin que se note mi mano, pero también le hago saber sin demasiados escrúpulos cuándo a mí juicio está metiendo la pata. Corregir un manuscrito largo es un proceso de meses. Mi labor no es mejorarlo, sino dar las herramientas al autor para que sea él quien lo haga. Cuando el autor tiene la humildad de aceptar buena parte de mis sugerencias y corrige su texto teniéndolas en cuenta, el resultado suele ser espectacular, y a menudo esos autores repiten. Sin embargo, si sospecho que el autor no se quiere involucrar o es perezoso o demasiado cerrado en sus convicciones, no acepto el encargo. Me gusta quedar en la sombra; de hecho, pido de forma expresa no ser mencionado en los agradecimientos si el manuscrito se llega a publicar, pero me gusta ver que, si lo consigue, el resultado es muy superior a sus borradores primitivos. Es muy satisfactorio ver docenas de libros en el mercado que serían diferentes de no haber pasado por mis manos en su proceso de edición. Creo que debe de ser algo parecido a la satisfacción del entrenador o del masajista de un atleta de élite cuando ve que este gana una competición y que tal vez sus cuidados han ayudado en algo.

MR– Por ultimo quiero que hablemos del lector. Se sabe que, a medida que un pintor trabaja en un cuadro, va tomando distancia a cada rato para estudiar el efecto con los ojos del que más adelante mirará el cuadro en una pared.  Podría decirse entonces que el artista pinta pensando en un determinado público. Lo mismo ocurre con la música y con la mayoría, sino con todas las artes. ¿En qué lector piensa Antonio Tocornal cuando escribe sus novelas? ¿Cómo sería el lector modelo que visualizas?

AT–     Respeto muchísimo al lector, y precisamente por eso no pienso en absoluto en él cuando escribo, porque no le quiero entregar un «producto procesado». Pienso si acaso en otros autores que admiro; en cómo resolvería una descripción o un giro tal o cual autor. O pienso en mí mismo como lector, en cómo recibiría yo determinado texto si lo leyese por primera vez. Creo que el escritor que se deja condicionar y que modifica su estilo natural o incluso sus temas para gustar a un determinado nicho de mercado o a un espectro de lectores está dando los primeros pasos para alejarse de la Literatura con mayúsculas y acercarse al mercado con minúscula, puesto que ya considera su obra no con ojos de artista, sino como un producto mercantil incluso antes de terminarla, por lo que inevitablemente nacerá muerta artísticamente hablando. Creo que hay que escribir como si uno estuviese solo en el mundo y como si el texto nunca fuese a ser leído por nadie. Como si el proceso de escritura no obedeciese a nada que no fuese un compromiso a vida o muerte con la literatura; a una búsqueda de conocimiento personal, a un camino vital.

Antonio Tocornal estudió Bellas Artes en Sevilla y vivió durante muchos años en Paris, antes de instalarse definitivamente en Mallorca. Se declara así mismo, ante todo lector, y considera la escritura como algo circunstancial. Desde hace algunos años se dedica únicamente a la literatura: «…a leer a tiempo completo; a escribir únicamente cuando tengo algo que contar, y a asesorar a otros escritores que confían en mi criterio para intentar mejorar sus manuscritos»

En su página de autor, https://antoniotocornal.com/, se pueden leer algunos de sus relatos, ver entrevistas, videos con reseñas y comprar sus novelas. Antonio Tocornal, como ya se ha dicho, ofrece sus servicios de corrector y asesor a autores que busquen pulir y mejorar sus textos. Dichos servicios también pueden contratarse a través de su página web.

Malasanta

Si algo ha quedado claro en la literatura de Antonio Tocornal es su extraordinario manejo del lenguaje. No me refiero al uso de palabras rebuscadas o términos especializados, sino a la aparente comodidad con la que el autor se mueve entre frases puntuales, adjetivos precisos, metáforas tan dosificadas y efectivas como un medicamento controlado.

Malasanta, que es una novela de la que seguramente mucho se dirá, es el ejemplo más
reciente de la habilidad narrativa del autor de Bajamares, Pájaros en un cielo de estaño y La
noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie

Durante la primera parte del libro estuve, sin éxito, buscando un destino. Con algo de angustia el yo lector reconocía el camino que recorrían los personajes, pero no conseguía descifrar hacia donde se dirigían. Al llegar a la mitad de la novela, un punto de giro como un meridiano me hizo creer que por fin el héroe gobernaba la dirección de sus pasos. Me sentí más tranquilo. No obstante, pronto comprendí, o la novela me convenció de que el destino no podría ser otro que el propio comienzo, porque esta magnífica historia, por las características de los temas que aborda, solo puede moverse como lo hace un pez candela dentro de una pecera redonda, o como un feto nonato en un retrete en descarga. Siempre en círculos.

Malasanta es una novela —que muy bien podría ser un conjunto de relatos hecho novela— escrita con tan magistral arte que tal parece que no existiera narrador en ella, a pesar de que los diálogos se cuentan con los dedos. Esta contradicción se explica, creo yo, porque Tocornal consigue el raro efecto de escribir sin emoción sobre repugnantes y vetadas miserias humanas:

«Los clientes, por su parte, por lo poco que pagaban, tampoco se atrevían a poner reparos a los golondrinos que adornaban las sobaqueras de la tuerta […] a su aliento a tabaco negro y a repollo antiguo […] a lo mucho que había dado de sí y se había ido ajando su herramienta de trabajo…»

No existe en la novela un solo adjetivo sugerente, influyente y con ello el narrador se desvanece y deja al lector sin poder culpar a nadie más por sus propios retorcijones de estómago.

¡Un logro monumental!

He leído, del puño y letra del propio autor, que no le interesa demasiado lo que le cuenta un libro, sino cómo lo cuenta. Con Malasanta hace honor a su propio interés de lector. Esta es una obra que más que el qué, resalta de manera superlativa el cómo y para ello toma como pretexto a la hija de una prostituta tuerta, aunque el pretexto podría haber sido la cocinera de una fonda de barrio en un pueblo de Inglaterra o incluso una niña huérfana en una escuela industrial al norte de Florida. La historia no perdería un ápice de credibilidad y majestuosidad. 

Con una musicalidad que evoca a La familia de Pascual Duarte, ramalazos de lirismo, magníficos y siempre bien recibidos guiños a Bajamares y a Pájaros en un cielo de estaño y con una extraordinaria, imposible e inexplicable ausencia del narrador, Malasanta nos da la vuelta como lectores, nos vira de revés y nos deja frente a nosotros mismos sabiendo que las peores cosas de la vida, así como las mejores, viven dentro de cada uno de nosotros.

 «porque dentro de toda alma humana se esconde una contradicción»

¡BRAVO!

Catarsis

Hay vidas comunes.

Vidas sensatas, planificadas, organizadas y predecibles como un monje benedictino. Hay vidas con planes, con peros, con límites, con culpas. Vidas que sueñan vivir o que alardean de vivir lo que nunca, o pocas veces han vivido.

Hay vidas insatisfechas como ostras de Alaska en una bañera.

Hay documentos de Excel con relaciones detalladas de cada centavo gastado o por gastar. Hay pizarras con planes, con sueños, con metas. Hay cuentas bancarias y cuentas que rendir. Hay reuniones de familia, acuerdos de familia, planes de familia, falta de familia… familia que no es familia.

Hay huérfanos con chequeras vacías y coches nuevos.  Hay padres más huérfanos que Adam.

Hay alarmas para despertar, tiempos cronometrados entre el aseo y el viaje al trabajo, almuerzos programados, tardes aburridas, sillas de choferes de Uber vacías en las mesas de la cena, falta de sexo, telenovelas y libros malos. Hay desgano y rutina. Hay sexo oral, espontáneo y violento, sobre encimeras, en elevadores, en el rincón oscuro de algún bar. Hay masturbaciones bajo luces de semáforos, hay coitos en escaleras y en aviones.

Hay quienes no hablan de sexo y quienes viven para el sexo… o de él.

Hay maneras muy aburridas de morir y maneras muy vividas de aburrirse.

Hay hijos tatuados, hijos artistas, hijos tramposos, hijos bobalicones, hijos drogados, hijos feos, hijos lindos, hijos que lloran en las noches, hijos que se fueron del hogar, hijos que no se van del hogar, hijos con los que soñar e hijos que quitan el sueño. Hay hijos que te abandonan e hijos que no dejas ser libres.

Hijos que no son hijos, hijos que son más que hijos.

Hay padres fracasados… culpas que no son propias, ganas de ser mejor.

Hay trabajos insoportables, ganas de triunfar, ganas de no hacer nada, ganas de olvidarlo todo, ganas de comerse el mundo, ganas de una oportunidad, ganas de matar… o de escribir sobre matar.

Hay ansiedad.

Hay horizontes lejanos, brillantes y peligrosos como arcos de soldadura. Hay ganas con ojos de pescado muerto. Hay certezas que caminan sobre aguas pantanosas.

Hay encrucijadas: ser para otros o ser para uno.

Hay creencias, tradiciones, viajes, religiones, dioses, playas, compromisos, responsabilidades, amaneceres en Miami Beach, contratos, cumpleaños, acuerdos, deberes, Versalles, restaurantes caros, globos en Capadocia, normas, reglas, leyes, librerías, política, emigración, el Danubio azul, homofobia, tías beatas, racismo, patriotismo, la Mona Lisa, puritanismo, dietas, yoga, anillos de compromiso, cuñados pesados, abogados, hipotecas, las ruinas del Coliseo, flores marchitas, peajes, semáforos, poemas de Bécquer, calorías, básculas, redes sociales, las canciones de Serrat, semana santa, colesterol, menú vegano, navidad, reglas de ortografía, capa de ozono, Jesús Cristo, dictadores, atardeceres en Granada, examen de próstata, perlas de Tahití, la Torre de Londres…

Hay cerebros que se aburren como esponjas en el Louvre.

Hay biblias, koranes y babalaos de barrio.

Hay pesos que aplastan.

Hay American Airlines, hay Amazon, Broadway, Netflix y Barnes & Noble.

Hay internet con un TV Sony de 75 pulgadas por $1.298 y con una versión de Don Quijote de la mancha de 1897 por €105.

Hay conciertos de Farruco y Bad Bonny en Miami, teatro negro en Praga, ópera en Paris y en el Teatro Nacional de Múnich bailan Coppélia.  

Hay Pablo Coelho y Harper Lee.

Hay quien no entiende nada y quien cree entenderlo todo. Hay quienes bailan, quienes ven bailar y quienes critican el baile. Hay la opción de culpar a otros por lo que no somos.

Hay quienes no leen, quienes escriben cosas que ganan premios y aplausos, y quienes escriben catarsis que seguramente a pocos interesará.

Hay algo en lo que le ganamos a Dios: la libertad de pensar.

https://www.picassomio.com/teresa-carbonell/107373.html