ROSA MONTERO SE HA CONVERTIDO EN MI LOCA FAVORITA.

Hacía algún tiempo que venía añorando leer una novela que me atrapara, pero que me atrapara de verdad, y que no me soltara y que me arrancara emociones y ganas de que no termine nunca y, sobre todo, que provocara en mí el impulso a escribir más y a escribir mejor. La loca de la casa, de Rosa Montero lo ha conseguido, y vaya que sí lo ha hecho.

No es una novela, o tal vez sí, aunque se anuncia como un ensayo. En todo caso es un libro delicioso que trata sobre la literatura y sobre cómo los escritores nos enfrentamos a esta monumental necesidad de tener que contar historias y de cómo manejamos los miedos, las dudas, el éxito (quien lo tenga), el anonimato, las exigencias, la esquizofrenia propia del oficio, y el hambre insaciable de querer que, por sobre todas las cosas, nos lean. La loca de la casa es un libro lleno de sueños, pasiones y exquisitas mentiras que subraya en cada una de sus páginas la salvación que representa la escritura para la autora.

A Rosa Montero la he leído sin darme cuenta, quiero decir que ha sido de manera inconsciente que he buscado sus libros. Esta vez descubrí que he leído seis de ellos (curiosamente en retrospectiva), que no representa gran cosa en la vasta literatura de la autora española, pero me sorprende muchísimo que no fuera consciente de que había leído media docena de sus libros.

La loca de la casa es un guiso narrativo donde se mezcla análisis al mejor estilo de un ensayista consagrado, con ficción autobiográfica, y que nos regala un extraordinario surtidor de frases monumentales y de referencias literarias que obligarían a cualquiera a perder una buena suma en busca de los libros y autores que se nombran durante la narración. Yo he conseguido algo de control y apenas he anotado siete en mi lista de compras. Pero hay más, muchos más que bien valdrían la pena. Si releyera el libro en este mismo momento, recién terminado, seguramente esa lista aumentaría.

Montero concluye su maravilloso libro con un análisis sobre la perspectiva que debe mantener todo buen novelista —puerto que ambicionamos todos los que escribimos con algo de seriedad— respecto a la narración y para ello utiliza citas como estas:

“Los novelistas no escriben sobre sus asuntos, sino en torno a ellos”, dice Julián Barnes. Y Stephen Vizinczey redondea ese pensamiento con una frase precisa y luminosa: “El autor joven siempre habla de sí mismo incluso cuando habla de los demás, mientras que el autor maduro siempre habla de los demás, incluso cuando habla de sí mismo”

!Qué tremendas frases, que extraordinariamente bien dicho!

qué manera de enseñarme cuánto me queda por aprender como escritor.

La loca de la casa me pilló mientras termino de escribir el manuscrito de una novela precisamente de ficción autobiográfica. Las casualidades no existen, dicen algunos. Existen los duendes y los fantasmas de la literatura, dice Montero, aunque lo hace con otras palabras, y yo lo creo hoy más que nunca. Después de leer las locuras de Montero soy consciente de que mi novela de auto ficción deberá sufrir cambios, necesita más mentiras, mas “y si”, más desapego, más mirar al convento desde el balcón de Julia (esto se explica en el libro). Aquel manuscrito de novela corta que muy amablemente leyeron dos extraordinarios escritores para ayudarme a detectar fallos, es muy posible que termine convirtiéndose en un texto más extenso, con mayor distancia narrativa y, si tengo suerte y mis fantasmas no me abandonan, terminará convirtiendose en una mejor novela.

La loca de la casa, en resumen, es un libro formidable y necesario para quienes queremos aprender y mejorar como narradores. Pero también lo es para los lectores, puede que hasta con mayor importancia. Porque es un banquete de buena narración, de recursos literarios, de imaginación, de buen humor y de una exuberante habilidad para hacernos creer hasta en lo que no existe y para hacernos sentir felizmente engañados.

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