LAS GAFAS Y LA MUJER BARBUDA

He extraviado las gafas de leer. No es la primera vez que ocurre, ya he perdido otros dos pares. Los primeros los dejé en un restaurante. Regresé veinte minutos más tarde, pero nadie supo darme señales de ellos. Tuve que comprar unos nuevos y, meses después, también los perdí en la playa.

La prescripción de mis gafas es complicada: tres medidas progresivas en un lente HD, con transición de tonalidades y protección antirreflejo. Son caros, y mi cobertura de seguro médico cubre el costo total solo una vez al año. 

Mi esposa recomendó que, para evitar otros accidentes similares, usara una cuerda de las que se acoplan a cada extremo de las patas de las gafas, y luego se colocan alrededor del cuello. Me negué porque me parece un artilugio que atenta contra la estética. Pero ya he perdido tres pares de gafas y la verdad es que las necesito para realizar todas las actividades en las que deba usar mis ojos a media y corta distancia, que es casi todo.

Mi esposa me ha dejado un par extra, que usa solo para leer en casa. La prescripción ni se acerca a la mía, pero con ellas al menos puedo ver lo que está en mi plato y leer más o menos durante una hora, antes de que comience a dolerme la cabeza. Son gafas de pasta gris aspeada en negro, estilizadas, femeninas, con una geometría que recuerda los ojos de los gatos. Cuando me las pongo hacen que parezca la mujer barbuda de cualquier circo ambulante.

A los dos días de haber ocurrido el accidente salimos a cenar con unos amigos. Pronto supieron lo que había sucedido porque me era imposible leer el menú. Nuestra amiga me recomendó una solución infalible, según ella debía colocar straps en las patas de las gafas. Mi mujer se rio ante la sugerencia. Yo me negué con determinación ante la idea de usar algo tan anticuado y feo.

Como no tengo mis gafas, se me ha acumulado lectura, he interrumpido la corrección del manuscrito de una nueva novela, escribo entradas mas cortas en mi diario, apenas leo las noticias…

Para escribir esto he utilizado otro ordenador, que no es el habitual, y he tenido que agrandar la letra a 24.

Durante mi cita con el oftalmólogo supe que la medida de graduación que requiero había cambiado desde la última revisión: En el ojo izquierdo ya no necesito ningún lente de aumento para ver a larga distancia, y en el derecho necesito muy poco, casi nada. Sin embargo, para la media y la corta distancia la medida aumentó en ambos ojos.

La chica de la óptica me avisó que el laboratorio tardaría quince días en enviar las nuevas gafas. Le rogué que hiciera algo que acelerara el proceso.

—Perdí mis gafas y no puedo ver prácticamente nada —le dije.

Ella revisó en su ordenador y verificó que las que había extraviado las había mandado a hacer hacía apenas seis meses.

—No son las únicas que he perdido —reconocí—. Las anteriores también las perdí.

Continuó revisando en su sistema y comprobó que aquellas también las había mandado a hacer seis meses antes de las últimas. Yo aseguré que si seguía revisando encontraría un patético patrón.

—No hay dudas de que soy un tipo que pierde gafas.

La empleada de la óptica me contó que el trabajo de su esposo le hace pasar de exteriores a interiores constantemente. Usa gafas polarizadas que debe quitarse cada vez que entra en un local y volver a colocarse cuando se expone a la luz solar. Después de haber perdido dos pares, encontró una solución al problema: empezó a utilizar un leash que se coloca alrededor del cuello.

—Esas cosas a mi no me gustan —respondí—. Hacen lucir viejo.

—Pues mi esposo las usa, y es más joven que tu —replicó ella—. Pero es tu decisión, y tu dinero —sentenció.

Mientras espero por las nuevas, sigo utilizando las gafas de mi esposa, las que me hacen lucir una mujer barbuda de circo ambulante. A veces me olvido de que las llevo durante demasiado rato y me atrapa un ensordecedor dolor de cabeza.

Ayer, antes de leer un rato en la cama, navegué un poco por Amazon buscando una posible solución para mi crónico comportamiento de perder gafas caras y descubrí algo que podría solucionar el problema de una vez por todas. Se trata de una cuerda que se acopla a cada extremo de las patas de las gafas y se coloca alrededor del cuello. Las hay de diferentes materiales y distintas longitudes. Las hay ajustables, de colores, gruesas, delgadas, lisas y trenzadas. No he decidido aún cuál de ellas compraré. Tal vez compre diferentes modelos, así podría intercambiarlos según sea la ocasión.

Me pregunto por qué nadie me había hablado antes de un remedio tan funcional.

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