La Malasanta de Tocornal.

Para quienes leemos con curiosidad y avidez no es infrecuente tropezarnos, entre todo lo que pasa delante de nuestros ojos, con alguna asombrosa novela que luego reseñamos en Goodreads, valoramos en Amazon o comentamos y hasta recomendamos a los amigos. Lo extraordinario ocurre cuando, mediante uno de esos asombros, descubrimos a un autor que consigue sorprendernos siempre, con cada cosa que escriba. Tal es el caso de Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, España).  

Este escritor, que radica en Mallorca, ha escrito múltiples relatos que han sido premiados en algunos de los certámenes más prestigiosos en lengua española, entre los que se encuentran los premios «Gabriel Aresti», «Ignacio Aldecoa», «Gerald Brenan», «José Calderón Escalada» y «Ciudad de Mula-Francisco Ros». Hasta el pasado año también había publicado cuatro novelas, de las cuales tres han sido merecedoras de importantes premios literarios.

En 2022 se ha publicado su quinta novela, Malasanta, que también ha merecido un premio, en este caso el Premio de Novela Felipe Trigo y que desde su salida está recibiendo el más importante de todos los premios, la aceptación de los lectores.

En Media Rueda conversamos con el autor:

MR– Malasanta ha ganado el XLI Premio de Novela «Felipe Trigo». Pero este no es tu único premio como novelista. A excepción de tu primera novela, La ley de los similares, todas las demás han sido premiadas (Premio Vargas Llosa 2017, Premio Diputación de Córdoba 2018, y Premio Valencia 2020) Y no hablaremos de los premios a tus relatos porque no tendríamos para cuando acabar. Con seguridad muchos de los que nos movemos en el mundo literario consideramos admirable esta trayectoria. ¿Cómo lo ves tú? ¿Qué se siente ser y saberse un autor con tantos y tan importantes premios?

AT– Esa es una pregunta recurrente. El escenario ideal sería tener una editorial detrás lo suficientemente fuerte como para publicar todo lo que uno escribe y distribuirlo bien, y que le paguen a uno unos derechos que le permitan vivir de forma digna para poderse dedicar a escribir sin tener que recurrir a otros trabajos. En España eso es un privilegio al alcance de muy pocos. Lo de los premios es un plan de contingencia; una forma de poder publicar y de obtener una contraprestación justa por mi trabajo. Es también una lotería; uno nunca sabe si su obra va a poder pasar los primeros filtros de comités de lectura, o si en el caso de que llegue al jurado final, este va a optar por obras que se adhieran más a sus preferencias personales o que sean más políticamente correctas o que toque los temas de moda. Es cierto que en los últimos años he podido publicar algunas novelas tras haber sido premiadas, y que eso me ha permitido financiarme el tiempo que he necesitado para escribir las demás, pero ya te digo que lo preferible sería lo otro; uno no puede contar siempre con que su manuscrito va a ganar cada vez que se enfrente a cientos o incluso a un millar de competidores: muchos de ellos son muy buenos y seguro que mucho más vendibles.

MR– En tu primera novela narras lo que sucede con un funcionario sin carácter, «un pusilánime». Luego escribiste una magnifica novela sobre la bohemia parisina de un grupo de artistas con poco o ningún éxito. Seguiste con otra extraordinaria historia sobre una familia de emigrantes pelirrojos que irrumpe en un pequeño pueblo en el sur de España. Más adelante sorprendiste a medio mundo lector con la historia de un solitario y enajenado guarda faros en un islote. El broche de oro lo traes este año con Malasanta, la hija de una prostituta tuerta, condenada por nacimiento a continuar con el oficio de su madre. A mí me queda claro que el hilo conductor de tus novelas siempre son antihéroes ¿Hay alguna razón por la que prefieras escribir sobre ese tipo de personajes?

AT–   El catálogo de personajes reales e interesantes que nos rodean es vastísimo y maravilloso, pero los triunfadores me aburren. No se me ocurre qué podría contar de un triunfador sin aburrir igualmente al lector. Donde hay éxito no hay drama. Siempre me han atraído los personajes que están al borde del precipicio; aquellos a los que todo les sale mal. Con un tratamiento adecuado, se les puede dotar de cierta sofisticación que los haga humanos. Me gusta que mis personajes no sean maniqueos, sino que sean ricos en matices; que el lector los pueda llegar a odiar en una página, amar en la siguiente, y que al final del libro quede la sensación de que los comprende y los acepta con todas sus contradicciones. Muchos de ellos nacen de la observación de gente que me rodea, que me cruzo en un bar, en un autobús, o que veo por las noticias de la televisión. Gente normal viviendo historias normales.

MR– Decía Umberto Eco que lo que se define como «instancia de la enunciación» es cuando el autor interviene con un comentario personal para sugerir el sentido que pueden tener las palabras de uno u otro personaje. No estoy seguro si esa afirmación pueda extenderse a la narración o se deba someter exclusivamente al diálogo. De cualquier manera, a mí me ha parecido que tu novela Malasanta evita esa intención de narrador. O sea, el autor reprime su propio juego y deja en absoluta libertad al lector con una narración que hasta el propio Eco llamaría aséptica, donde no aparecen adjetivos sugerentes, como si pretendiera que únicamente el lector digiriera a su propio ritmo y manera lo que cuenta la historia. Es, a mi juicio, uno de los mayores logros de esta extraordinaria novela. Y, aun así, Malasanta revuelve el estómago del lector con los olores corporales de Dámasa la tuerta, con los muñones de Niño Truncado, con la verga embadurnada de Cándido Fogoso, con los dientes de Próspero el polilla… ¿Cómo se consigue un efecto tan asombroso?

AT–    En Malasanta intento anular al narrador. Intento ocultarlo, despojarlo de su personalidad y de su estilo hasta reducirlo a la mínima expresión, y de esa forma dejar que los personajes se vean con más claridad y que sean ellos mismos los que cuenten la historia sin ser molestados por las matizaciones del narrador-autor, que no es más que una herramienta necesaria. Lo fácil habría sido dejarlos hablar a ellos y llenar la novela de diálogos, pero habrás notado que en mis novelas apenas hay diálogos; es un recurso que no utilizo porque es demasiado fácil de tragar; tal vez me gusta complicarme la vida. He descubierto que desde la sombra es más interesante desplegar toda la potencia de los personajes y de la trama, ya que no hay piruetas estilísticas que distraigan al lector. Busco la narración desnuda y pura. Eso se consigue trabajando la precisión del lenguaje, pero requiere un gran esfuerzo e ir construyendo el texto sin prisas. Basta con romperse la cabeza en cada párrafo para encontrar la palabra precisa; si la encuentras, sobran los adjetivos, los adornos y casi las descripciones.

MR– Sé de primera mano que aceptas manuscritos de otros escritores y que trabajas con ellos en la corrección de sus textos. Para alguien como tú, que manejas tan bien el lenguaje y que escribes con prosa y con estilo tan pulidos, consiguiendo novelas de estructuras impecables y libros técnicamente perfectos, como dijo Manuel Rodríguez Marcos a propósito de Malasanta, ¿cómo es el reto de trabajar con escritores que rara vez se acercan a tal grado de perfección y que la mayoría de las veces carecen de toda esa técnica que tu dominas tan bien?

AT–     Bueno, obviando el hecho de que Manuel exagera, parto de la base de que todo manuscrito, de forma independiente a sus cualidades artísticas, es susceptible de ser mejorado, y que tiene que ser el propio autor quien lo haga. Tengo muchísimo respeto por todo aquel que ha sentido la necesidad de enfrentarse al reto de escribir un relato o una novela, y me siento muy honrado cuando confían en mi criterio, me mandan sus manuscritos y se gastan su dinero para que yo intervenga en ellos. Intento encontrar las cualidades del escritor y que él mismo las potencie sin que se note mi mano, pero también le hago saber sin demasiados escrúpulos cuándo a mí juicio está metiendo la pata. Corregir un manuscrito largo es un proceso de meses. Mi labor no es mejorarlo, sino dar las herramientas al autor para que sea él quien lo haga. Cuando el autor tiene la humildad de aceptar buena parte de mis sugerencias y corrige su texto teniéndolas en cuenta, el resultado suele ser espectacular, y a menudo esos autores repiten. Sin embargo, si sospecho que el autor no se quiere involucrar o es perezoso o demasiado cerrado en sus convicciones, no acepto el encargo. Me gusta quedar en la sombra; de hecho, pido de forma expresa no ser mencionado en los agradecimientos si el manuscrito se llega a publicar, pero me gusta ver que, si lo consigue, el resultado es muy superior a sus borradores primitivos. Es muy satisfactorio ver docenas de libros en el mercado que serían diferentes de no haber pasado por mis manos en su proceso de edición. Creo que debe de ser algo parecido a la satisfacción del entrenador o del masajista de un atleta de élite cuando ve que este gana una competición y que tal vez sus cuidados han ayudado en algo.

MR– Por ultimo quiero que hablemos del lector. Se sabe que, a medida que un pintor trabaja en un cuadro, va tomando distancia a cada rato para estudiar el efecto con los ojos del que más adelante mirará el cuadro en una pared.  Podría decirse entonces que el artista pinta pensando en un determinado público. Lo mismo ocurre con la música y con la mayoría, sino con todas las artes. ¿En qué lector piensa Antonio Tocornal cuando escribe sus novelas? ¿Cómo sería el lector modelo que visualizas?

AT–     Respeto muchísimo al lector, y precisamente por eso no pienso en absoluto en él cuando escribo, porque no le quiero entregar un «producto procesado». Pienso si acaso en otros autores que admiro; en cómo resolvería una descripción o un giro tal o cual autor. O pienso en mí mismo como lector, en cómo recibiría yo determinado texto si lo leyese por primera vez. Creo que el escritor que se deja condicionar y que modifica su estilo natural o incluso sus temas para gustar a un determinado nicho de mercado o a un espectro de lectores está dando los primeros pasos para alejarse de la Literatura con mayúsculas y acercarse al mercado con minúscula, puesto que ya considera su obra no con ojos de artista, sino como un producto mercantil incluso antes de terminarla, por lo que inevitablemente nacerá muerta artísticamente hablando. Creo que hay que escribir como si uno estuviese solo en el mundo y como si el texto nunca fuese a ser leído por nadie. Como si el proceso de escritura no obedeciese a nada que no fuese un compromiso a vida o muerte con la literatura; a una búsqueda de conocimiento personal, a un camino vital.

Antonio Tocornal estudió Bellas Artes en Sevilla y vivió durante muchos años en Paris, antes de instalarse definitivamente en Mallorca. Se declara así mismo, ante todo lector, y considera la escritura como algo circunstancial. Desde hace algunos años se dedica únicamente a la literatura: «…a leer a tiempo completo; a escribir únicamente cuando tengo algo que contar, y a asesorar a otros escritores que confían en mi criterio para intentar mejorar sus manuscritos»

En su página de autor, https://antoniotocornal.com/, se pueden leer algunos de sus relatos, ver entrevistas, videos con reseñas y comprar sus novelas. Antonio Tocornal, como ya se ha dicho, ofrece sus servicios de corrector y asesor a autores que busquen pulir y mejorar sus textos. Dichos servicios también pueden contratarse a través de su página web.

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