Malasanta

Si algo ha quedado claro en la literatura de Antonio Tocornal es su extraordinario manejo del lenguaje. No me refiero al uso de palabras rebuscadas o términos especializados, sino a la aparente comodidad con la que el autor se mueve entre frases puntuales, adjetivos precisos, metáforas tan dosificadas y efectivas como un medicamento controlado.

Malasanta, que es una novela de la que seguramente mucho se dirá, es el ejemplo más
reciente de la habilidad narrativa del autor de Bajamares, Pájaros en un cielo de estaño y La
noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie

Durante la primera parte del libro estuve, sin éxito, buscando un destino. Con algo de angustia el yo lector reconocía el camino que recorrían los personajes, pero no conseguía descifrar hacia donde se dirigían. Al llegar a la mitad de la novela, un punto de giro como un meridiano me hizo creer que por fin el héroe gobernaba la dirección de sus pasos. Me sentí más tranquilo. No obstante, pronto comprendí, o la novela me convenció de que el destino no podría ser otro que el propio comienzo, porque esta magnífica historia, por las características de los temas que aborda, solo puede moverse como lo hace un pez candela dentro de una pecera redonda, o como un feto nonato en un retrete en descarga. Siempre en círculos.

Malasanta es una novela —que muy bien podría ser un conjunto de relatos hecho novela— escrita con tan magistral arte que tal parece que no existiera narrador en ella, a pesar de que los diálogos se cuentan con los dedos. Esta contradicción se explica, creo yo, porque Tocornal consigue el raro efecto de escribir sin emoción sobre repugnantes y vetadas miserias humanas:

«Los clientes, por su parte, por lo poco que pagaban, tampoco se atrevían a poner reparos a los golondrinos que adornaban las sobaqueras de la tuerta […] a su aliento a tabaco negro y a repollo antiguo […] a lo mucho que había dado de sí y se había ido ajando su herramienta de trabajo…»

No existe en la novela un solo adjetivo sugerente, influyente y con ello el narrador se desvanece y deja al lector sin poder culpar a nadie más por sus propios retorcijones de estómago.

¡Un logro monumental!

He leído, del puño y letra del propio autor, que no le interesa demasiado lo que le cuenta un libro, sino cómo lo cuenta. Con Malasanta hace honor a su propio interés de lector. Esta es una obra que más que el qué, resalta de manera superlativa el cómo y para ello toma como pretexto a la hija de una prostituta tuerta, aunque el pretexto podría haber sido la cocinera de una fonda de barrio en un pueblo de Inglaterra o incluso una niña huérfana en una escuela industrial al norte de Florida. La historia no perdería un ápice de credibilidad y majestuosidad. 

Con una musicalidad que evoca a La familia de Pascual Duarte, ramalazos de lirismo, magníficos y siempre bien recibidos guiños a Bajamares y a Pájaros en un cielo de estaño y con una extraordinaria, imposible e inexplicable ausencia del narrador, Malasanta nos da la vuelta como lectores, nos vira de revés y nos deja frente a nosotros mismos sabiendo que las peores cosas de la vida, así como las mejores, viven dentro de cada uno de nosotros.

 «porque dentro de toda alma humana se esconde una contradicción»

¡BRAVO!

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