Una suegra en casa de un escritor

Mi suegra vino a pasar unos días con nosotros. Vive con mi cuñada, al otro lado de la ciudad, pero como ésta salió de viaje durante una semana, la trajimos a nuestra casa (a mi suegra).

Mi esposa cuenta que, de joven, su madre se parecía a las famosas “criollitas de Wilson”.  Sin embargo, al acercarse a los ochenta años, de la otrora escultural cubana apenas queda una mujer frágil que se ha consumido hasta alcanzar una estatura casi infantil, y requiere de ayuda para las cosas más elementales. Pero no solo su fortaleza física ha desaparecido casi por completo y su apariencia se ha transformado. Con los años su talante de matriarca transmutó en un rol más cercano al de quien obedece que al de quien ordena; a acatar las decisiones que toman otros, más que a organizar la vida familiar; a esperar, más que a imponer. Y yo, que creo tener mi mundo casi en orden, y ya no dispongo de la vida ni las acciones de nadie, me he tenido que ocupar.

Esta mañana mi esposa se fue al trabajo dejándome a cargo de la situación. Confieso que nunca he sido muy hacendoso en menesteres de esa naturaleza, así que hago lo que puedo. Desde la oficina la escuché trajinar en la cocina y me sobresalté al percibir que algo se le había caído de las manos. Disimulando mi preocupación me levanté fingiendo que tenía sed para poder espiar lo que había sucedido y, de ser posible, ayudar a mitigar las consecuencias. Por suerte no había sido nada grave, pero aproveché la ocasión y le pregunté a qué hora deseaba almorzar.

—A las doce —me dijo segura de sí.

—Pues a esa hora será —le respondí y enseguida le di a elegir entre dos recetas. Prefirió el pastel de maíz a la carne.

Después de un rato me descubrí frente al fogón preparando el almuerzo de la madre de mi esposa, de manera que me recordó el tiempo en que lo hacía para mis hijos cuando eran pequeños. Cuando estuvo listo le corté el pastel de su elección en trozos pequeños, luego lo regué con aceite de oliva para alivianar su textura y hacerlo más llevadero para su afectado sistema digestivo.

——Come despacio —le dije al ponerle enfrente el plato, los cubiertos y la servilleta —. ¿Ya tienes agua? —pregunté.

—Sí —me respondió—. Está suavecito —agregó al probar la comida.

—¿Quieres galletas o cualquier otra cosa? —pregunté, pero me dijo que no, que con el pastel era suficiente.

Cuando regresé a la oficina a continuar con mis tareas, mantuve una oreja atenta a lo que sucedía en el comedor. Al rato la sentí lavando los trastos.

—Deja eso —le dije alzando la voz. Ella respondió algo que no entendí.

—Yo lo hago dentro de un rato —insistí. Me ignoró y continuó en sus labores.

Mi teléfono emitió un sonido indicando la entrada de un mensaje de texto. Era mi esposa que quería saber cómo me iba con mi suegra.

—Todo está en orden —le dije—. Ya almorzó, ahora está viendo un vídeo de algo que tiene que ver con Cuba, lo sé porque la escucho desde aquí. Está tranquila.

Mi mujer me envió una carita amarilla con el gesto de un beso en los labios y un corazoncito rojo.

—Gracias mi amor —escribió después.

—¿Qué gracias ni gracias? —le respondí y le mandé otro beso—. ¿A qué hora vienes? —pregunté.

—Hoy termino temprano —me respondió ella.

Otro beso y otro corazoncito.

Desde donde estaba yo podía escuchar la conversación de mi suegra por su móvil en altavoz. Reconocí la voz de su cuñada (la de mi suegra). Hablaban de remedios, de centros clínicos, de las horas de desvelo, del glaucoma que padece un pariente que vive en no sé dónde.

Mi cronometrada rutina diaria de escritor solitario se había ido al diablo. Probablemente sucedería lo mismo durante algunos días más. Mientras tanto, yo intentaba escribir esto sin sospechar qué calidad podría tener, bastante suerte tendría si conseguía que saliera algo.

Concluí que la vida es una rueda con movimiento sinfín: unas veces cuidamos de otros y luego otros cuidan de nosotros.

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