CODICIA – Primer capítulo

A mis cuarenta y cinco años, había llegado a aceptar que los hechos no sirven de mucho a quienes están dominados por prejuicios y temores. Dicho esto, podría asegurar que la falta de criterio se ha convertido en una epidemia de nuestros días y en uno de los rasgos más inquietantes del género humano. 

El mejor ejemplo lo encuentro en Elysium, el notorio club financiero donde se administran las inversiones de respetables empresarios y del cual soy miembro desde hace cuatro años. Los nuevos socios de gestión que ingresan a la asociación lo hacen bajo la creencia de que, en un periodo no mayor a cinco años, amasarán una fortuna que les permitirá vivir con mayor esplendor. Sin embargo, ni al gestor de cuentas más inexperto puede pasársele por alto la desproporción existente entre las expectativas y la realidad. 

La promesa de riqueza se contrapone al hecho de que, en nuestra agrupación, apenas el veinticinco por ciento de los agentes activos alcanza cierta distinción y solo el cinco por ciento consigue un capital importante. El resto obtendrá apenas migajas. No obstante, todos están tan habituados a esa situación, que la consideran normal, y no se cuestionan la veracidad de las palabras porque ello requeriría un esfuerzo de reflexión que no están dispuestos a hacer: prefieren depositar sus esperanzas en la utópica posibilidad de un golpe de suerte. Después de todo, ¿quién no alberga la ilusión de que algún día podría pasar algo que cambiase su vida? Sin dudas, la estupidez del hombre moderno es tan palpable que me cuesta creer que yo también sea parte de esa especie. 

Y a pesar de ello alterno mi trabajo de investigador privado en Leeson y Asociados con el de gestor de cuentas en Elysium, donde soy responsable de una cartera de clientes tan pobre que a duras penas consigue superar a mi lista de amigos. Entre estos últimos se encuentran Víctor y Helena Serval: dos hermanos, subdirectores de un departamento distinto al mío y que forman parte de mi flaco catálogo de aliados. Por supuesto que su amistad demanda retroalimentación. De cuando en cuando me piden que les redacte algún contrato con cláusulas un tanto confusas o que les legalice bajo sello notarial un documento que involucra a partes inexistentes. Yo he podido vivir con ello, incluso a sabiendas de que me consideran insignificante. Pero ya lo dijo Esopo hace siglos: «La insignificancia es siempre una garantía de seguridad».

Debido a esa situación, no me sorprendió que Helena me invitara a su residencia donde, junto con su hermano, me ofrecerían un negocio que, aseguraba, sería de mi interés. Esta no es la primera vez que recibo una invitación con esos términos y sé que los riesgos de la propuesta casi siempre superan al beneficio; no obstante, acepté. 

La mañana en cuestión dejé atrás el modesto edificio donde vivo y caminé por las calles bulliciosas mientras esquivaba a los peatones y a los vendedores ambulantes que ofrecían su mercancía con insistencia. Helaba, y la nieve se acumulaba en las esquinas y en los portales obligándome a prestar atención a mis pisadas.  Atravesé la plaza frente al Teatro Nacional, crucé la avenida con cuidado de sortear los autos, y entré por el estrecho callejón que conduce hasta la librería de segunda mano en Charles Street. Verifiqué la hora en mi reloj y comprobé que aún tenía suficiente tiempo antes de mi cita. Me detuve entonces a mirar la vitrina de la librería y descubrí un curioso ejemplar. En una nota junto al libro se leía que la obra ofrecía información desconocida sobre la influencia de las mujeres en la historia política de occidente. La autora, según la misma nota, se adentraba en la historia de la Iglesia entre los siglos IV y el XI, resaltaba el papel de la mujer en la Iglesia actual y su influencia a lo largo de todo este tiempo. Pensé que aquel texto podría enriquecer mis conocimientos sobre un tema que encierra tanta polémica. Historia y conflictos, sin dudas dos temas apasionantes. No lo pensé y terminé por entrar a comprar el libro. 

Al salir de la tienda me rugió el estómago. Acostumbro a tomar el desayuno en el bar frente al bufete donde trabajo. Pero ese día no iría a la oficina, por lo que tomé un café y una empanada en un carro ambulante y continué mi trayecto. 

Avancé por las calles con el libro bajo el brazo, y a merced de un aire gélido impregnado con el aroma de perros calientes y hamburguesas que competía con el humo de los coches y el vaho de las alcantarillas. Unos minutos después, el portero del Paramount Tower me dio los buenos días tocándose la visera del sombrero mientras me permitía el paso. Subí al fin en el elevador, llamé a la puerta del departamento de Helena, y la empleada del servicio me condujo de inmediato hasta la sala donde los hermanos me aguardaban frente a una agradable hoguera. 

Helena estaba sentada en una silla de tapiz florido. Llevaba el cabello atado a la nuca con una graciosa colita y un flequillo le caía con descuido sobre una ceja. Su hermano, de pie junto a la chimenea, sonrió con franqueza al verme. Ambos tenían una apariencia impecable, aun en horas tan tempranas. La lozanía de la piel blanca y tersa junto a los cabellos rubios les otorgaba una belleza similar a querubines.  

—¡Que magnífica puntualidad! —exclamó Víctor que enseguida salió a mi encuentro—. Y siempre con un libro a cuestas —agregó después de notar el ejemplar que traía bajo mí brazo—. ¿De qué se trata esta vez?

—Según lo que se lee en la contraportada, es un ensayo histórico sobre las mujeres que gobernaron la iglesia durante los siglos más oscuros del catolicismo — expliqué estrechándolo con mi mano enguantada. 

—¿Mujeres que gobernaron la iglesia? No puedo creerlo.

—Ten cuidado de no justificar ese pensamiento con la imagen de fragilidad de la mujer —dije despojándome del abrigo y los guantes—; recuerda las palabras de Voltaire.

—¿Qué dijo Voltaire? —Quiso saber Helena, que hasta el momento había guardado silencio.

«El primero que comparó a la mujer con una flor, fue un poeta; el segundo, un imbécil». —Besé su mano con una aparatosa reverencia y vi que se le iluminaban los ojos.

—¡Nuber Faloons, el hombre que puede memorizar todas las citas del mundo! —acotó Víctor y regresó junto al hogar.

—No tantas, no tantas —Todos sonreímos y me acomodé en una silla junto a la mayor de los hermanos—. Pero tal vez sí pueda predecir el futuro. Quizás veo una nueva directora en nuestro club —agregué, y creí ver que el rostro de Helena se ensombrecía.

La ocasión ofrecía la oportunidad de conocer la posición de mis amigos frente a un espinoso asunto que había ocurrido en Elysium y había producido cambios sustanciales en su estructura, por eso lancé el señuelo de la predicción. Pero los Serval nunca han disimulado su lealtad incondicional hacia Mathew Serecas, el director de su departamento. Pronto pude darme cuenta de que esta vez no sería una excepción. Al instante y sin mostrar reservas, reconocieron que Serecas tenía la intención de fundar su propio grupo financiero, apartado de Elysium, y que ellos, fieles seguidores de los pasos de su líder, se le unirían. Por el tono de sus voces y la forma tajante que emplearon, fue evidente que no me permitirían ahondar en el asunto, de manera que zanjaron el tema y dirigieron la conversación hacia otra dirección.

—Tomará algún tiempo antes de que todo eso comience a funcionar —dijo Helena sin alterar la posición en que se encontraba—; hasta entonces, nuestras finanzas se verán afectadas, ya que las regalías por jerarquía, adicionales a las cuentas que manejamos, se otorgan solo a quienes pertenecen a algún departamento. Hace apenas unos días nos ha llegado una propuesta que nos dejará dividendos atractivos y comprenderás que es una oportunidad que no podría llegar en mejor momento. 

—Ya lo creo —respondí y, en un arranque de vanidad ante aquellos preciosos ojos verdes, acomodé con los dedos mi escaso cabello.

—Es ahí donde necesitamos de tu valiosa colaboración —prosiguió ella—. Por supuesto que recibirás una remuneración acorde a tus servicios.    

—Agradezco de antemano que pensaran en mí. ¿De qué se trata? 

En ese momento la empleada doméstica trajo una bandeja de plata con una tetera y tres tazas, que dejó sobre una mesita.  

—Es un asunto que debemos tratar con extrema discreción —prosiguió

Helena—. Víctor y yo pensamos que nadie mejor que tú se acopla a ese requisito. 

—Será un placer —dije esforzándome por disimular el hastío que me producía tanta falsedad—. No dilatemos y cuéntenme de una vez.

—Se trata de bienes raíces. Tenemos la oportunidad de adquirir una magnífica propiedad, pero necesitamos tu ayuda.

—Explícate —le pedí después de un sorbo del té que enseguida entibió mi garganta. 

—Querido Nuber —intervino Víctor con su voz melosa y su tono bajo—: la propiedad en cuestión pertenece a un señor que pronto abandonará esta vida y dejará un patrimonio sin reclamar. Un conocido nuestro asegura ser su bisnieto y único pariente vivo, pero no tiene manera de demostrarlo, pues el anciano entró a este país hace unos setenta años valiéndose de una identidad falsa.  Tu cometido en todo esto se limita a reelaborar la documentación que ayude a nuestro amigo a recuperar lo que le pertenece —Nos dio la espalda y avivó el fuego con un atizador que tomó de un estante vertical antiguo y elaborado, que estaba en la esquina de la chimenea—. Helena y yo no dudamos que seas capaz de llevar a cabo una tarea tan sencilla y, por supuesto, confiamos en tu discreción. 

—Eso es un f… —balbucí. 

—Quede claro que no se trata de una fabricación falsa —me interrumpió mientras devolvía el atizador a su sitio—. No nos atreveríamos a proponer semejante desfachatez. Entiéndase que esto es la reproducción de un documento extraviado. Una falsificación es otra cosa. 

—Discúlpame Víctor, no alcanzo a ver la diferencia.

—Pongamos una muestra, y perdona lo burdo del ejemplo —Caminó hasta donde estaba y apoyó una mano sobre el respaldo de mi silla—. Imaginemos que por alguna razón pretendiésemos redactar un acta de nacimiento que dijera que has nacido en algún burdel de poca monta. Eso no solo sería una falsificación, sino casi un crimen, pues estaría basado en una tosca mentira. Sin embargo, si alguien quisiera reclamar una parte de lo que te pertenece e intentara hacerse pasar por hermano tuyo y tú supieras con exactitud que tus padres no son los suyos, nosotros no tendríamos a menos procurar la reproducción de un documento que acredite el verdadero origen del impostor —Hizo una pausa, dio unos pasos y fue a sentarse en otra de las sillas de la sala—. De esa manera salvaríamos a nuestro amigo de un parentesco pernicioso, indeseado y por demás falso —prosiguió—. Con eso probaríamos lo que ya es sabido por todos como verdad absoluta. 

—Qué ejemplo tan rimbombante —dije al tiempo que quitaba una pelusa imaginaria de mi pantalón—. No obstante, mantengámonos en él, pues lo importante no son los adornos y aspavientos del discurso, sino su esencia. Díganme, ¿cómo podrían asegurar ustedes que el supuesto pariente no es en verdad mi hermano?

—Nos lo dirías tú, por supuesto —respondió Víctor—. ¡Tú lo conocerías bien! 

—¿Y ustedes me creerían sin más ni más? 

—¡Desde luego! Eres nuestro amigo. 

—¿Y si después de todo yo mintiera? 

—En ese caso el pecado sería solo tuyo. Nosotros no mentiríamos, sino tú, y nuestra conciencia estaría en paz. Claro que, si nosotros pensáramos que nuestros amigos son capaces de mentirnos, entonces no tendríamos ninguno. ¿A quién le sirve un amigo embustero? 

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