MY WAY

Hace poco leí un artículo de un amigo escritor, a quien respeto y de quien aprendo muchísimo, sobre la posible reacción (la de él) ante un supuesto cataclismo con desenlace fatal. La lectura me hizo reflexionar, como sucede siempre que uno lee algo que vale la pena, y terminé preguntándome, no qué haría frente a un desenlace inminentemente fatal, sino, qué lamentaría y de qué me sentiría orgulloso.

Lamentar, a lo mejor no mucho: no haber tenido el coraje de perseguir mi sueño más ardiente cuando era un adolescente, con seguridad. Algunas contestas hirientes a quienes no lo merecían, y haber perdido los amigos que durante unos años pensé que serían para siempre.

En cambio, agradecer o sentirme orgulloso, de eso si hay mucho: de que una mujer maravillosa me hiciese esperar diez meses antes de aceptarme y darme los mejores veinte años de mi vida, porque «todo sucede a su debido tiempo», de que una tarde de septiembre un niño con poco más de un año de edad me adoptara como su padre, y no me permitiera escapar de su lado nunca más, de arriesgarme a escribir lo que he escrito, con la valentía con que lo he hecho, de ser un inconforme insalvable, de soñar cada día de mi vida con más ganas y más fuerzas, de mi casi absoluta falta de hipocresía, de mi justicia, de los puros que he fumado con mi padre, de los besos que les he dado a mis hijos, del amor de mi madre, de la complicidad de mi hermano. Me enorgullezco de mi tenacidad y, por qué no, de mi tozudez por conseguir lo que quiero.

Me enorgullecería, en tan improbable escenario, de la amistad que he brindado, de las equivocaciones que me han traído hasta donde estoy, de las mujeres que amé y de las que amé mucho, de todo lo que he arriesgado, de mis horas de charla con mis abuelos, de haberle cortado la tripa del ombligo a mi hijo Diego.

Será que después de cruzar la Media Rueda uno se pone a pensar en estas cosas (mi amigo escritor también está en la otra mitad de la rueda). Lo cierto es que, si llegase el momento fatal en el que tendría que hacer balance de mis arrepentimientos y agradecimientos, con seguridad los últimos pesarían mucho más que los primeros.

Tal vez, frente al supuesto escenario, tendría que citar la estrofa de la canción de Paul Anka:

«Regrets, I’ve had a few
But then again, too few to mention
I did what I had to do
And saw it through without exemption»

Y concluiría, por supuesto, con la mejor frase jamás escrita para una canción:

«I did it my way»

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